¿Dónde está tu hermano?
20 de enero de 2022
Por: Arleison Arcos Rivas
En Bogotá, esta semana hemos visto el desenlace de uno de los acontecimientos más perturbadores que, entre cientos de formas de violencias, hayamos padecido: con total cinismo y descaro, luego de la actuación persecutoria de la Fiscalía, ocurre la confesión por el asesinato de la madre y el hermano de un individuo que, meses atrás, había dado declaraciones mediáticas sin ningún atisbo de rubor o inculpación.
El confeso asesino, cuyo nombre evitaré para no darle inmerecida fama, cometió primero un feminicio al asesinar en estado de indefensión a su madre Marleny, y luego a su hermano Mauricio; hechos que admitió ante el ente acusador, obligándose a pedir perdón “y a comprometerme que jamás volver a acontecer”.
De nuevo, pende sobre este sujeto el reclamo bíblico, “¿Dónde está tu hermano?”, con el que la estirpe de Caín cargará de manera sempiterna. De nuevo, se confirma la escena escalofriante con la que son cometidos los asesinatos entre familiares, y los motivos más banales que se esconden tras los mismos; en este caso, la cifra de una herencia.
En Andagoya, Chocó en el fragor de los enfrentamientos ocasionados en el corregimiento de Dupurdú, una bala disparada por integrante del Clan del Golfo hirió de gravedad a una niña afrodescendiente, mientras se refugiaba para evitar su muerte, la cual ocurrió estando en un centro de asistencia urgente. Sumado a este hecho, un niño indígena fue asesinado en Buenos Aires, Cauca. Luego nos enteramos de su activismo como ambientalista en su comunidad, con lo que su pérdida se hace aún más grande.
Como si se necesitaran mayores confirmaciones, estos hechos evidencian que Colombia sigue siendo un país que mata a sus niños y niñas. Los infanticidios sumaron 580 en el 2020, a la espera del consolidado para el 2021, dibujando un panorama abiertamente desolador en el que la guerra y otros factores sociales alimentan el escándalo de los cuerpos diminutos traspasados por las balas o víctimas de violencias que desdicen de un país bien ordenado; el que no somos.
En el país, la semana anterior contábamos cuatro. Apenas ayer llegó a ocho el número de masacres ocurridas y conocidas en el país en lo que poco que lleva el año. Al parecer, la cifra de las que no son contadas como tales es mucho mayor, bien por impericia en los levantamientos, por interpretación de los agentes responsables de dicho procedimiento o porque los cuerpos no aparecen en el mismo lugar, luego de su asesinato.
En sumas superiores a tres muertes, cada masacre es una herida abierta en la dignidad de un país que no ha afianzado ninguno de los monopolios del estado, incluido el de la fuerza. De hecho, al paso que vamos, en 2022 será mucho mayor la cifra de 335 personas que cayeron en 96 masacres sumadas el año anterior, de acuerdo con las cifras del Observatorio de Derechos Humanos y Conflictividades, del Instituto de estudios para el desarrollo y la paz (Indepaz); mientras el gobierno nacional poco o nada hace para contener este desangre mayoritariamente en contra de líderes sociales y firmantes de la paz.
La estirpe de Caín, aquella a la que le preguntan ¿Dónde está tu hermano? Ha de empezar a responder, con los ojos abiertos y mirando a la tierra, por los mil y un actos tenebrosos que permite día a día, mes a mes y año tras año contra las y los de su propia especie. El acumulado de asesinatos, feminicidios, parricidios, infanticidios, juvenicidios, y demás formas especiales de muerte sobre generaciones, géneros, poblaciones y sujetos inermes, a cuya muerte asistimos con contador en mano, constituyen un llamado para que volvamos a revisar el sustento mismo de nuestra existencia como sociedad.
Un país acostumbrado a “ver caer y ver morir”, es un país inviable. Si vivir en sociedad se justifica porque en el estado de naturaleza ni la vida misma está asegurada, ¿qué sentido tiene seguir acumulando muertes de manera indolente? Si el fundamento de la vida social es la contención “de la guerra de todo hombre contra todo hombre”, el afianzamiento de las condiciones para que se deponga toda intención violenta tras la descomposición generalizada nos impele, como quiera que constituye el germen y cimiente de una sociedad en la que nadie hace lo que no quiere que le hagan.
Dónde está tu hermano? Es una pregunta por el desescalamiento del dramatismo de la muerte y la desactivación de la guerra. Ojalá todavía podamos contribuir a que semejante propósito sea posible, antes de que cuenten nuestra propia muerte.

