Si; esta vez sí se trata de elegir, y ojalá se pueda
A pocas horas para que el país conozca a quien ocupará la Casa de Nariño los siguientes cuatro años, queda bastante claro que, en esta ocasión y como debería serlo en todas, la neutralidad y la liviandad del elector abstencionista tendrá un fuerte impacto en la manera como el país pueda ser conducido en el siguiente periodo presidencial, lo que demanda una masiva participación en las urnas de modo que se logre disminuir el alto nivel de abstencionismo en elecciones presidenciales.
Más allá de las tradicionales malquerencias y odios que alimentan la sensación de que vivimos entre permanentes polaridades o extremos, las tres candidaturas con mayor intención de voto se distancian sustancialmente en sus concepciones de país, en sus apuestas económicas y en la proyección social que pretenden concebir y ejecutar.
Contra el espíritu circense que ocupa las preocupaciones de los medios corporativos y programas de entretenimiento racial y televisivo, asuntos serios y de grueso calado dejan de ser considerados, siendo que deberían concentrar la atención de la ciudadanía, tales como el fortalecimiento educativo, la garantía de paz y seguridad, la incidencia e impacto social, la conducción de la economía, el desarrollo tecnológico, la soberanía alimentaria, la sostenibilidad y sustentabilidad ambiental, la protección de la salud, las relaciones internacionales y multilaterales, la estabilidad laboral y la solidez pensional, principalmente.
Prometer es de políticos en campaña, tanto como incumplir es de gobernantes frustrados. Pese a la debilidad institucional y a la complejidad presupuestal que pueda afectar el avance significativo en las propuestas encausadas por un determinado gobierno, el examen juicioso de las formulaciones defendidas en una u otra campaña tienen en común que no logran ser significativamente identificadas por el elector promedio, acosado permanentemente por provocaciones dirigidas a exaltar la emocionalidad, antes que a acompañar su capacidad decisional.
De ahí que las propuestas y programas de gobierno sean virtualmente desconocidas, privilegiando aspectos relacionados con la moralidad en sus opiniones personales, el seguimiento a antecedentes escandalosos, el cuestionamiento a las procedencias partidistas, las referencias a posturas valorativas, o la afición por una práctica o un pasatiempo; asuntos que suelen convertirse en la comidilla de medios y redes poco interesadas en evidenciar con seriedad las distancias de las candidaturas en torno al núcleo estructurante del quehacer político, económico y social de un país.
De repeso, las firmas encuestadoras traicionan los principios de objetividad, imparcialidad y neutralidad con la que deberían proceder en favor de la maduración de la opinión pública, cediendo el rigor metodológico a las veleidades e intereses de los contratantes. Los serios sesgos que se han denunciado en la deliberada distorsión de sus guarismos debilitan la deliberación pública y mina la confianza ciudadana en este instrumento, que debería servir para sopesar el valor de las posturas, comparar alternativas programáticas, aportar insumos decisionales y fortalecer la calidad democrática del proceso electoral.
Ante las urnas, pareciera que la de Iván Cepeda podría ser una campaña ganadora en primera vuelta, frente a Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella. Si el juego sufragista resulta transparente, la masiva confluencia a eventos públicos y privados, la adhesión de fuerzas políticas y sociales de amplio reconocimiento, y el encause de la creciente popularidad del actual gobernante, parecen fortalecer la sensación de mayor aceptación que se percibe en diferentes sondeos. Sin embargo, el pan se quema en la puerta del horno, dicen las abuelas, por lo que en los últimos días esa candidatura deberá concentrarse en afianzar una tendencia favorable que capture una marcada proporción de votos en la población todavía indecisa.
Las demás candidaturas, especialmente la de Valencia y de la Espriella, no han logrado alcanzar una percepción de victoria semejante a la de quien ha liderado los sondeos, las encuestas y las opiniones mediáticas. No obstante, el desenlace de esta campaña no está cantado todavía.
Al cierre de este proceso electoral, que podría extenderse en una convocatoria a segunda vuelta, manifiesto abiertamente mi voto por una candidatura progresista, que plantea una visión integral de las complejidades sociopolíticas del país, por lo que apunta a provocar tres grandes y revolucionarias transformaciones ética, socioeconómica y política que venzan las constantes de la megacorrupción en el país. Una propuesta que pretende gobernar poniendo primero a la gente, especialmente a las mujeres, a la juventud y a las comunidades rurales, fomentando derechos fundamentales a la salud y a la educación, garantizando la vida, procurando avanzar hacia la paz con justicia social, con una política tributaria justa, que estimule la inversión privada y pública orientada a enfrentar inequidades.
Considero que el país debe apoyar una aspiración a gobernar en pro de una economía con una agenda ambiental contraria al extractivismo depredador, respetuosa de la territorialidad afrodescendiente, campesina e indígena, con mayor inversión social, que afiance la revolución agraria, que consolide la producción solidaria y haga justicia a las víctimas. Si esta vez sí se trata de elegir, y no solo de cambiar un presidente, mi voto está cantado y espero que se pueda.

