Otra oportunidad perdida para consolidar un electorado afrodescendiente

Por Última actualización: 26/02/2026

Las cifras tan nutridas de aspirantes a ocupar dos curules en la circunscripción afrocolombiana son perturbadoras. Si bien una amplia participación en dicha justa podría emocionar al evidenciar el marcado interés de diferentes organizaciones, procesos y consejos comunitarios en recuperarla para el movimiento social afrocolombiano, el que cada vez más aspirantes por partidos políticos las pretendan, siendo incluso mestizos, preocupa sobremanera.

La política popular ha sido esquiva a las pretensiones del pueblo afrodescendiente por contar con una mayor presencia y visibilidad en los escenarios de influencia, incidencia y trámite institucional, en buena medida por enfrascamientos fraccionantes que anteponen rencillas personales, regionalismos, faccionalismos e intencionalidades de bloqueo, antes que apoyo, cooperación y procesos de articulación que ganen espacios decisionales acordes con el tamaño y caudal electoral posible de representar.

Pese al número crecido de mujeres y hombres afrodescendientes aspirantes a curules, tal como estudia la meticulosa analista Licenia Salazar, estamos en deuda de encausar un electorado propio, de raigambre afrodescendiente con hambre y vocación de victoria en las urnas.

De acuerdo con los datos que ha acopiado, cuya fuente es la Registraduría, para la circunscripción especial del pueblo afrodescendiente en Colombia, se presentaron 2066 candidatos apiñados en 498 listas. De estas, 51 mujeres y 73 hombres suman 124 candidaturas dispersas en 46 listas, para disputarse 2 curules que en buena medida han estado cooptadas por fuerzas adversas a los intereses de quienes dicen representar, por lo menos en cinco de las siete ocasiones en las que se ha podido votar.

La historia de esas curules recuerda a un conjunto de representantes tan variopinto, nefasto y complejo de analizar, registrando a Agustín Valencia Mosquera y a la vigente lideresa Zulia Mena García, a los deportistas Wellington Ortiz Palacios y María Isabel Urrutia Ocoró, quien repitió curul, a los muy polémicos y varias veces denunciados Yahir Acuña, Silfredo Morales Altamar y Heriberto Arrechea, a los funestos María del Socorro Bustamante y Moisés Angulo ya fallecidos, a John Arley Murillo Benítez, acusado de fraude procesal, a Hernán Banguero Andrade que no obtuvo votos en el municipio del consejo que lo avaló, la transitiva Ana Rogelia Monsalve Álvarez y al impresentable, por decir lo menos, Miguel Polo Polo.

Más allá de hacerse elegir en representación del pueblo afrodescendiente en Colombia, resulta lastimera el acopio de realizaciones, sin peso histórico ni trascendencia en la transformación de condiciones reales y de beneficio para los territorios, en la producción legal y en el aseguramiento de condiciones que transformen la desproporción, las desigualdades acumuladas y las invariantes del racismo estructural y sistémico padecido.

En el escenario presidencial, apenas si tenemos visibilidad en el presente, luego de haber alcanzado la Vicepresidencia con Francia Márquez Mina, tras contar cinco candidaturas a vicepresidencia en la contienda electoral anterior. La potencialidad de victoria de Luís Gilberto Murillo Urrutia, quien persiste en presentarse a primera vuelta parece nimia, pese a su exitoso en su paso por la Embajada de Estados Unidos y como Canciller de la República.

En suma, las próximas elecciones volverán a ser una oportunidad perdida para avanzar en el propósito postergado de contar con una o varias expresiones políticas reflejo del dinamismo étnico en la política colombiana, presentando debilidad, e incluso falta de fuerza, coordinación y alianzas estratégicas. Perdida la personería jurídica del movimiento Soy porque Somos, las fuerzas electorales y agrupaciones políticas presentes en la contienda venidera no constituyen un fluente articulado, ahondando la marcada atomización y el fraccionamiento del electorado afrodescendiente.

De hecho, las curules afrodescendientes apenas superan los setenta mil votos en cada ocasión eleccionaria en la que logran atraer entre doscientos mil y cuatrocientos cincuenta mil sufragantes, muy diciente de lo poco que representan para una población que supera los tres millones en el censo electoral, reflejando constantes quejas por lo alejadas que resultan de las necesidades sentidas de las comunidades, tanto aspirantes como representantes.

¿Hasta cuándo?

Dado que resulta deficitaria esta manifestación electoral, poniendo en riesgo los avances históricos alcanzados, resulta perentorio que consejos comunitarios, procesos, organizaciones, colectivos y demás formas articuladoras del pueblo afrodescendiente en el país concreten escenarios de coordinación y acción conjunta.

El fortalecimiento de los marcos de entendimiento en el contexto complejo en el que las identidades culturales se ven enfrentadas a las sociabilidades sexuadas y territorialidades étnicas, más allá de disparidades académicas, prejuicios universitarios, enconos partidistas, rencores y maledicencias persistentes; debe permitir la superación de la dispersión y la consolidación de agendas comunes que permitan proyectar de manera unificada la voz de las y los hijos de África en el concierto nacional.

Para ello, la convocatoria a una Constituyente Afrodescendiente que apuntale decididamente el futuro para nuestro pueblo ha de ser acogida decididamente como un espacio común en el que sus diferentes expresiones afiancen pactos colectivos que hagan posible transformar la atomización en potencia política, y conviertan la memoria de nuestra reexsistencia en horizonte de palpitante emancipación en los abigarrados tiempos que vivimos, en los que duele seguir sumando oportunidades perdidas en la consolidación de un electorado vigilante de nuestras identidades, y garante de nuevas victorias históricas.

Sobre el Autor: Arleison Arcos Rivas

Arleison Arcos Rivas