Mentir debería dejar de ser una estrategia electoral

Por Última actualización: 16/04/2026

Mentir debería dejar de ser una estrategia electoral, disponible con tanta facilidad y recurrencia. El persistente uso de la falsedad, la argucia fantasiosa, las verdades a medias, los deslices imaginativos, caracterizan un escenario espectacular en el que la justa electorera se carga con narrativas sistemáticamente dirigidas a manipular y condicionar la emocionalidad de la población votante, desestimulando la aplicación del juicio crítico.

La desfachatez con la que se despachan unas contra otros, unos y otras, tergiversando y lanzando descalificaciones y acusaciones sin evidencias, robustece la polémica hirsuta y la retórica hueca que eclipsan la deliberación, cargando redes y medios con engaños, odios y asperezas destinadas a erosionar la confianza en el oponente, declarado incluso como enemigo, contrariando toda proporción moral de la democracia.

A ello se suma la proliferación del miedo convertido en estratagema de difusión de prejuicios y malquerencias que interrumpen el juicioso intercambio discursivo, sustentando la repulsa a colectivos presentados de manera homogénea como sus instigadores.

La contienda electoral, en este desafuero, se equipara a una puesta en escena mediática y pantallera, sin aporte alguno a la construcción colectiva de la política, que termina por mostrarse reducida a la luminiscencia de maniobras evasivas y contramedidas diseñadas para bloquear el impacto de la vocinglería convertida en estrategia de misiles dirigidos a impactar, demoler y agotar al contendor.

En ese escenario, apenas si crece el interés de ser censados en los sondeos, figurar en las encuestas y aparecer en las pantallas, aspirando a prosperar en las urnas, así el fervor popular no parezca ampliamente favorable; restando importancia a la exposición de argumentos, a la presentación del programa de gobierno y a la deliberación pública en torno a la conveniencia de las políticas promovidas.

Un escenario como ese, articulado por la reticencia y el disimulo, deja a las y los candidatos permanentemente expuestos a la expresión de la antipatía y la hostilidad de quienes, sin compromiso con la verdad o el decoro, llevan a que el mandato cívico se agote, al tiempo que se bloquea la reflexión y discusión pública que deben animar la construcción de lo común. En Colombia, el extrañamiento discursivo se torna mucho más peligroso cuando las amenazas y manifestaciones violentas mueven los indicadores de la contienda política, favoreciendo la intimidación y la derrota de la palabra.

Antes que el relativismo en la verborrea electorera, las sociedades esperan que crezca la credibilidad en quienes asumen con firme seriedad y calmado rigor la presentación de sus declaraciones y propuestas. Alimentar la impulsividad de seguidores y odiadores con ataques impulsivos y afirmaciones mendaces que intencionalmente retan la inteligencia de quienes, sometidos al imperio de la opinión, disminuyen su capacidad de discernimiento con cada listeza promovida por quienes no buscan parir ideas sino nutrir la emotividad de sus áulicos.

Si bien los debates, sometidos a reglas claras y procedimientos ciertos podrían contribuir a elevar el nivel de la discusión pública, el descreimiento impera entre las diferentes candidaturas, debilitando la confianza en el respeto a los acuerdos y el empeño de la palabra. Pese a ello, no debe desperdiciarse la posibilidad de que en espacios deliberativos pueda privilegiarse el aprendizaje colectivo y la concertación en torno a los intereses que los diferentes sectores de la sociedad aspiran a capitalizar en las urnas, apoyando a una determinada opción de gobierno.

Aunque resulta más que deseable entre quienes se lanzan al ruedo electorero, la tarea argumentativa no corresponde exclusivamente a quienes lideran las campañas y a los opinadores convocados frecuentemente en los medios. La ciudadanía toda tiene el deber de imponerse y pronunciarse en favor de la confianza en la palabra pública, exigiendo a quienes viven de la política, y a la política misma, dado su carácter de servicio, la prevalencia del interés colectivo.

Que la discusión pública recupere su sentido, tal como en el pensamiento socrático se requería de la parresia, ese decir verdad comprometido con la solidez de la palabra, reclama con urgencia superar el afán propagandístico y la fantoche ambición del espectacularismo. Con franqueza argumentativa, sin artificios retóricos y gesticulaciones calculadas, el respeto por la palabra cierta debería retornar como eje nodal de la deliberación democrática, mucho más en un país fatigado por la imposibilidad de transitar por las vías del entendimiento recíproco.

Hacer que la coherencia incomode la impostura y que la ineptitud impaciente a los electores nos llama a no claudicar en el ejercicio cotidiano contra la degradación de la política convertida en un pálido simulacro discursivo cargado de teatralidades y apariencias.

Sobre el Autor: Arleison Arcos Rivas

Arleison Arcos Rivas