La guerra del fin del mundo
El conflicto bélico que Estado Unidos e Israel han encendido en Irán no será la guerra del fin del mundo, pero la está anunciando.
En un escenario de alta volatilidad, con un bajísimo nivel de incidencia política transcontinental, en un momento en el que la diplomacia está debilitada o no parece importar, con manifiestos e incomparables riesgos humanitarios, y crecientes tensiones económicos, a ciento doce años de padecer la Primera Guerra Mundial, podría sobrevenir una conflagración devastadora.
El mundo, esa compleja confluencia de dramas, imaginarios, realidades, experiencias y sueños debería constituir una experiencia común y religante, siendo igualmente común el origen de todo ser sobre el planeta.
Sin embargo, siglos de conflictos, devastación, guerra y tenebrosos anuncios de que la humanidad podría agotarse a sí misma incluso de manera inmediata, producto de una debacle nuclear, pasman y sorprenden, adentrados en la tercera década del siglo XXI
En lo que va del siglo se acumulan ya una significativa cantidad de enfrentamientos bélicos de proporciones descomunales y efectos demencialmente calamitosos. Más de 60 guerras cuenta el primer cuarto de siglo, sin que se extinga el fuego en varias de las que vuelven a encenderse y se realimentan con nuevos odios y renovados sinsentidos.
En África, en América Latina, en el continuo de Eurasia y en el Levante y Medio Oriente, se configuran escenarios bélicos que confirman lo que va del siglo como uno de los más conflictivos en la historia planetaria.
Afganistán, Irak, Siria, Colombia, Ucrania, Sudán, Yemen, Líbano, Etiopía, Nigeria, Libia, República Centroafricana, Myanmar, India, Pakistán, Armenia, Azerbaiyán, Israel, Palestina, Filipinas, Mali, Niger, Chad, Mozanbique, Kenia, Irán, entre otras naciones, acopian brotes de insurgencia prolongada, conflagraciones esporádicas, conflictos multicrimen, escaramuzas fronterizas, combates entre fuerzas subnacionales y guerras que acrecientan zozobra, hambruna, masacres y muertes amplificadas por la proliferación de escenarios bélicos en todo el globo.
En el trasfondo, la tensión por el reposicionamiento como potencias tras la consolidación de un nuevo orden mundial, incendia la geografía planetaria con la acción de movimientos armados que, una vez activos, sostienen por décadas su laboriosidad belicosa. Estados Unidos, Rusia y China, principalmente, estimulan los choques militares emergentes y los ciclos de estallidos violentos, con sus consecuentes crisis humanitarias, desplazamientos masivos, terrorismo contra niños y niñas y criminalidad feminicida.
Hacia el segundo cuarto de siglo, la desproporción que está manifestándose tras la instalación de tan diversos campos de batalla que hacen del mundo entero una zona de conflicto sin parar. La última que nos acosa, perpetrada por Estados Unidos contra Irán, constituye un nuevo eslabón en la cadena de intervenciones, todas ellas desafortunadas, que multiplican la inestabilidad regional y la hostilidad global; erosionando cualquier expectativa de paz duradera en el mundo.
Pese a que no resultan suficientes ni pertinentes los argumentos que el actual presidente de dichos estados incorporados a una unión gestada entre guerras civiles, la excusa de adelantar acciones preventivas soportadas en supuestos inquieta, revelando la fragilidad que hace inane cualquier referencia a fundamentos éticos y jurídicos en la procura de la inexistente convivencia planetaria.
En lugar de avanzar hacia un modelo de comunidad internacional seguro, las mutuas acusaciones socorridas para legitimar la violencia, instigan y perpetúan un círculo de desconfianza que erosiona el sentido de la pactación planetaria, elevando el cuestionamiento al parco accionar de los organismos trasnacionales.
Peor aún, sobre la base de la existencia de arsenales militares de impacto desconocido hasta ahora, conjuntados con alarmantes imputaciones de adelantar programas nucleares que cuentan ya con potencial de daño inusitado, se está configurando un horizonte luctuoso de riesgo global en el que la amenaza permanente sustituye al diálogo, la intimidación armada reemplaza la cooperación, y la sombra de la destrucción planetaria se agiganta en medio del desorden internacional.
Ante la posibilidad de que se acumulen suficientes componentes que hagan imposible desmontar la guerra del fin del mundo, debería aumentar el volumen de todas las voces que reclaman el aseguramiento de un mundo justo y sostenible. Cuesta creer que luego de dos guerras mundiales y una guerra fría en la que se pudo estar a un botón del colapso sistémico, las naciones no hayan aprendido que la lógica de la intimidación, la acumulación irracional de arsenales multimillonarios y la exhibición de poder bélico características de la infatigable carrera armamentista, lejos de bloquear las intentonas guerristas, acercan a la humanidad a nuevas formas de catástrofe, cuyos efectos podrían llegar a ser irreparables, al punto de poner en riesgo la supervivencia de la vida misma sobre el planeta.
Aunque estamos muy lejos de la construcción de un imaginario de paz perpetua, precisamos alcanzar cierto grado de confianza y diálogo que desinstale la retórica de la amenaza y la recurrencia de la violencia. Lamentablemente, mientras la parálisis de los organismos internacionales persista y la molicie de las sociedades subnacionales resulte insuficiente para bloquear a gobiernos pendencieros, los pueblos del mundo seguirán expuestos a la posibilidad de asistir a la última guerra, sin vencedores ni vencidos; sin futuro para una humanidad sin nuevas oportunidades sobre la faz de la tierra.

