La encrucijada electoral del pueblo afrodescendiente
Las oportunidades de victoria para candidaturas políticas afrodescendientes aun son lejanas, luego del desgaste que han debido enfrentar, con errores estratégicos propios de por medio y una altísima exposición mediática en contra, figuras de indudable liderazgo como Francia Márquez y Carlos Rosero, quienes aceptaron acompañar al gobierno de Gustavo Petro en un ministerio de corta existencia y profunda desilusión.
Junto a estos, Luís Gilberto Murillo persistió hasta la presente semana en su intento por medirse en las urnas con una aspiración presidencial que no creció, pese a la fuerza de su hoja de vida, en la que constan dos experiencias ministeriales, una embajada de altísimo nivel, una gobernación y varias asignaciones gerenciales y de asesoría privada y pública. Además, queda para el olvido la experiencia de la actual cooptación de las curules afrodescendientes, aspirando a que la reciente elección de Oscar Benavidez y Angela Guanga resarza el daño causado a dicha representación.
Aunque las y los afrodescendientes no han sido invisibles en los procesos electorales nacionales, su mayor presencia se registra en entornos subnacionales en los que ocupan algunos cargos en concejos, asambleas, alcaldías, gobernaciones y curules en el congreso; sin que logren romper la tradicional monocromía política en el país.
Si bien se ha intentado provocar confluencias, la mayor debilidad que presenta el proceso organizativo de las y los descendientes de africanos y africanas en Colombia estriba en la incapacidad para definir, concertar, coordinar y encausar una fuerza política que, si no unitaria, refleje con coherencia la pluralidad y diversidad de sus expresiones identitarias y culturales en territorios ancestrales, campos poblados y ciudades.
En el abigarrado conjunto de fundaciones, corporaciones, asociaciones, colectivos, colectivas, organizaciones, movimientos y plataformas que tienen en común la pretensión de representar los intereses y necesidades de las comunidades de descendencia africana en Colombia, sobresalen figuras de postín, vendepueblo, afroconvenientes y vividores que han aprendido a hacer de la diferencia étnica un discurso favorable a su propio provecho y beneficio; nada distante de quienes se han esmerado en vivir de la política hasta administrar sus armazones operativas en microempresas medianamente rentables.
Peor aún, ocurre hoy una especie de traslado corporativo de la representación en los territorios que, bajo control de actores armados multicriminales, se han aprovechado del recurso a la intimidación y las armas para hacerse al control de presidencias y juntas enteras en algunos Consejos Comunitarios, coaccionando a quienes lo componen para que cedan terrenos, instalen cultivos ilícitos, negocien bonos y direccionen inversiones hacia sus estructuras, incrementando la zozobra, actos violentos y nuevos desplazamientos y desapariciones de liderazgos étnicos.
Aun en esas condiciones, la gente persiste en los territorios, se reúne, establece planes de vida para el diseño del futuro, promueve estrategias de cuidado colectivo, organiza sistemas de seguridad con la Guardia Cimarrona, se convoca incluso en paralelo frente a quienes les dejan al margen en su propio territorio, afanados en resistir, persistir y reexistir en la férrea convicción de ser hijo e hijas de África en el país, herederas y herederos de quienes no pudieron matar y acabar durante largos procesos de negrificación y esclavización colonial y republicana.
Justo por ello, porque no es un embeleco inoficioso enarbolar en lo público las banderas identitarias de un pueblo étnico, urge hilvanar estrategias asociativas que permitan su expresión política en los procesos electorales, aspirando a ocupar los principales sitiales, por fuera de cualquier arrumbamiento en el decorado partidista tradicional. Como se constata en el actual escenario electoral, ninguna figura afrodescendiente sobrevive como candidato con alguna fulguración y oportunidad de éxito. Tan solo Mila María Paz Campaz, candidata vicepresidencial de Gustavo Matamoros, sin peso alguno en las urnas, aparece ahora en el tarjetón.
Juntarse para ser contados como pueblo étnico requiere la superación de las actuales circunstancias de desánimo, fragmentación, desconfianza y malquerencia que pulula en las redes sociales y en diferentes espacios asociativos. La inquina con la que se cobran reclamos personales, antipatías entre géneros, descases entre generaciones, consternación entre regiones, y suspicacias entre liderazgos viejos y nuevos no sólo impide visibilizar la potencia del movimiento afrodescendiente hoy, sino que pone en riesgo la persistencia de la vida de un pueblo, sometido al permanente asedio en contra de las conquistas nacidas de la vigencia de la ley 70.
Como quedó en evidencia con la frustrada candidatura de Luís Gilberto Murillo, una hoja de vida prominente no garantiza ni representatividad ni acogida, en un electorado numeroso pero disperso y sin expresión vinculante como colectivo. Agruparlo para que se manifieste a viva voz coral requiere romper el personalismo aventurero y la liviandad ideológica, avanzando hacia una articulación programática que contribuya a deponer el fraccionamiento, el recelo, la maledicencia y el resentimiento que han dado al traste con anteriores intentos de unidad en medio de la diversidad.
Ojalá la anunciada Asamblea Constituyente Afrodescendiente, que debe coincidir con la promovida por las fuerzas progresistas, sea la oportunidad para convocar a quienes quieran, puedan y posibiliten que el pueblo afrodescendiente perviva, y se alce en las urnas con franca oportunidad de victoria.

