¿Pagar el precio?

Por Última actualización: 16/05/2026

Para las mujeres negras que sostienen la vida, y para mí también.

Por: Phily Madrid

Hay dos mundos que conozco bien y que, aunque presumen venir de orillas distintas, terminan pareciéndose demasiado cuando se les mira desde abajo: la iglesia cristiana y las organizaciones afrocolombianas. Uno promete salvación; el otro, justicia racial. Uno habla de obediencia; el otro, de conciencia política. Pero ambos, con demasiada frecuencia, administran el poder del mismo modo: repartiéndolo entre los mismos apellidos, los mismos hombres y las mismas élites que aprendieron a disfrazar el privilegio de sacrificio.

La iglesia le llama “pagar el precio”. Las organizaciones afrocolombianas le llaman “mérito”. Yo crecí escuchando ambas expresiones como si fueran palabras sagradas. Con el tiempo descubrí que muchas veces eran apenas mecanismos elegantes para explicar por qué ciertas personas podían llegar rápido y otras debían quedarse eternamente esperando en la puerta.

De niña hice parte de una iglesia cristiana. Ahí vi entrar a mujeres desplazadas, hombres derrotados por el alcohol, madres solteras, jóvenes perseguidos por la pobreza y ancianas analfabetas que llegaban con la esperanza de que Dios les reorganizara la vida. La iglesia era, para muchos, el único lugar donde todavía podían llorar sin pagar entrada. Pero incluso dentro de ese supuesto refugio, el poder tenía jerarquías muy claras.

Recuerdo especialmente a las mujeres rurales. Llegaban primero que todos, limpiaban el templo, organizaban las sillas, cocinaban para las vigilias, recogían las ofrendas y oraban con una fe conmovedora. Sin embargo, nunca parecían suficientemente listas para ocupar un lugar visible. Para dirigir había que “prepararse”. Para predicar había que “madurar”. Para enseñar había que “esperar el tiempo de Dios”. Ese tiempo de Dios coincidía sospechosamente con el tiempo de los hombres que ya tenían el micrófono agarrado.

Mientras tanto, muchachos recién llegados, hijos de familias importantes o cercanos al pastor, ascendían con una velocidad casi celestial. Nadie les preguntaba cuánto habían sufrido, cuánto habían servido ni cuántos años llevaban “pagando el precio”. Parecía que Dios, en su infinita sabiduría, siempre encontraba afinidad con los mismos apellidos.

Años después llegué a espacios organizativos afrocolombianos creyendo que serían distintos. Imaginé que allí, donde se hablaba de reparación histórica, memoria ancestral y dignidad negra, existiría una conciencia más profunda sobre las desigualdades. Pero el desencanto llegó pronto.

Descubrí reuniones donde algunos hombres hablaban de liderazgo comunitario como si hubieran heredado el movimiento en una escritura pública. Patriarcas políticos que podían recitar de memoria discursos enteros sobre Malcolm X, Frantz Fanon o Angela Davis, pero que en la práctica seguían incapaces de reconocer el liderazgo de una mujer negra pobre si ella no venía respaldada por un apellido importante, una universidad prestigiosa o una relación conveniente.

Ahí también escuché hablar del mérito.

Había que “hacer proceso”. Había que “ganarse el espacio”. Había que “demostrar compromiso”. Y otra vez observé el mismo fenómeno: quienes llevaban años trabajando silenciosamente eran invisibles, mientras algunos hijos e hijas de figuras reconocidas aterrizaban directamente en los lugares de representación, en las mesas de decisión, en los viajes internacionales y en las fotos institucionales.

La herencia también existe dentro de las luchas sociales. Solo que allá no se llama nepotismo: se llama trayectoria política.

Y otra vez las más afectadas tenían algo en común. Eran mujeres. Eran negras. Eran pobres. Eran rurales. Mujeres que sabían organizar comunidades enteras, sostener procesos culturales, movilizar barrios completos y criar hijos en medio del abandono estatal, pero que seguían siendo consideradas “insuficientemente preparadas” para coordinar proyectos, hablar en paneles o representar agendas nacionales.

Hay una violencia muy sofisticada en hacerle creer a alguien que no asciende porque todavía no merece subir.

Porque el discurso del mérito suele ser cruel con quienes nacieron sin herencia. El mérito rara vez toma en cuenta quién tuvo tiempo para estudiar y quién tuvo que trabajar desde niña. Quién aprendió inglés viajando y quién apenas pudo terminar el bachillerato entre desplazamientos y hambre. Quién pudo hacer contactos y quién creció demasiado lejos de las capitales donde se reparte el prestigio.

La meritocracia funciona muy bien como relato cuando quienes ganan ya venían ganando desde antes.

Por eso me ha resultado tan revelador observar fenómenos recientes dentro de ciertos sectores religiosos y políticos del país. Pienso, por ejemplo, en la figura de Abelardo de la Espriella. Un hombre que conoció la fe y rápidamente fue legitimado para predicar, opinar y convertirse en referente dentro de espacios donde miles de creyentes llevan décadas “pagando el precio” sin alcanzar jamás esa visibilidad.

Y no se trata únicamente de él. Sería demasiado fácil reducir el problema a una sola persona. Lo verdaderamente inquietante es la facilidad con la que ciertos cuerpos son considerados naturalmente autorizados para hablar, dirigir y representar, mientras otros deben pasar la vida entera demostrando que merecen existir dentro de esos mismos espacios.

En Colombia el poder tiene una estética muy específica. Habla duro, estudió en ciertos colegios, domina ciertos códigos y suele venir acompañado de apellidos reconocibles. Incluso cuando entra a escenarios que dicen luchar contra las desigualdades, el poder logra reciclarse y sobrevivir.

A veces pienso que este país no discrimina solamente por raza, por clase o por género, sino también por familiaridad con el poder. Hay personas que nacen entendiendo cómo habitarlo y otras que deben aprender, además de sobrevivir, a pedir permiso para acercarse.

Lo más doloroso es que muchos movimientos terminan pareciéndose a aquello que juraron combatir.

La iglesia que predica humildad reproduce jerarquías feroces. Las organizaciones que denuncian exclusión practican exclusiones internas. Los discursos sobre comunidad terminan administrados por pequeñas castas emocionales y políticas que deciden quién merece ser escuchado y quién debe quedarse eternamente sirviendo café en las reuniones.

Y aun así, pese a todo, sigo creyendo en la espiritualidad y en la lucha negra. No porque sean espacios puros, sino precisamente porque están llenos de contradicciones humanas. Lo que ya no creo es en la mentira del mérito como explicación universal del éxito.

Porque hay gente que nunca tuvo que pagar el precio.

Y hay otras que llevan toda la vida pagándolo sin que siquiera les permitan entrar.

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Phily Madrid: comunicadora social, poeta y gestora cultural del Pacífico sur colombiano. Su trabajo cruza activismo, pedagogía y poesía para fortalecer la vida y las luchas del pueblo negro.

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