El racismo que la institución no nombra, pero ejerce

Por Última actualización: 15/04/2026

Por Jonh Jak Becerra [*]

Introducción: la paradoja de pertenecer

Nunca he estado de acuerdo con que hombres y mujeres negros ingresen a instituciones como la Policía Nacional o presten el servicio militar. No por incapacidad —esa es una ficción funcional al poder—, sino porque históricamente han sido aparatos jerárquicos diseñados para administrar el orden. Y ese orden, en países como Colombia, no es neutral: ha operado para disciplinar, contener y, cuando es necesario, sacrificar a los mismos de siempre.

Sin embargo, la realidad no se mueve por principios, sino por urgencias. “La necesidad tiene cara de perro”, y en los territorios donde habitamos, esa frase no es metáfora: es estructura. Crecí viendo cómo jóvenes de Quibdó, Chocó, se enlistaban no por vocación, sino por hambre. La institución aparecía como una oportunidad, cuando en realidad funcionaba como un mecanismo de captura.

El racismo estructural no solo excluye del empleo digno; luego ofrece, como única salida, integrarse a las filas que sostienen ese mismo orden que margina.

Ahí comienza la paradoja. Y también la violencia.

El caso Murillo Sayuth: cuando el racismo se vuelve rutina

El caso del exintendente Luis Carlos Murillo Sayuth, oriundo de Buenaventura, Valle del Cauca, lo evidencia con una crudeza que no admite eufemismos. Permaneció 22 años y 6 meses en la Policía Nacional. No fue un tránsito breve: fue una vida atravesada por la disciplina institucional… y por el racismo.

Lo que describe no es un hecho aislado, sino una práctica sistemática. Mientras a los agentes blancos o mestizos se les nombraba por su apellido —como dicta el protocolo—, a los agentes negros se les reducía a apelativos como “negro” o “niche”. No era descuido: era pedagogía racial. Un recordatorio constante de su lugar en la jerarquía.

Relata episodios que la institución clasificó como “chistes de mal gusto”: comentarios como «cada día te ves más negro», insinuaciones sobre que “destiñe” las paredes, o la aparición de un racimo de bananos en su espacio de trabajo.

No son anécdotas. Son dispositivos.

Una violencia que, repetida, organiza el mundo.

Racismo institucional: más allá del insulto

El racismo contemporáneo rara vez se presenta como odio explícito. Ha mutado. Se ha sofisticado. Ya no necesita gritar; le basta con insinuar, desplazar y nombrar mal. Es un lenguaje de baja intensidad, pero de alto impacto estructural.

Se filtra en los procedimientos, en los ascensos, en las sanciones. Es un racismo que se niega a sí mismo mientras ejecuta sus efectos.

Los datos lo respaldan: hace poco más de una década, apenas el 1,1 % de los cargos de mando en la institución —ocupados por oficiales— estaban en manos de personas negras. No es una anomalía estadística. Es una arquitectura institucional. Un techo que no se ve, pero se impone en cada intento de ascenso.

La respuesta institucional: neutralizar al denunciante

Cuando este orden es interpelado, la respuesta no es la corrección, sino la neutralización.

El 25 de enero de 2024, Murillo Sayuth radicó una denuncia penal ante la Justicia Penal Militar y Policial contra un teniente coronel por presuntos delitos como falsedad ideológica. Lo que siguió no fue una investigación imparcial, sino una contraofensiva institucional.

Emergieron señalamientos sobre “conductas inapropiadas”, insinuaciones de carácter sexual y narrativas diseñadas para erosionar su credibilidad.

La estrategia es conocida: desplazar el foco. Convertir al denunciante en sospechoso. Reinscribir al hombre negro en el estereotipo del peligro.

No es un error. Es un guion.

Experiencia territorial: la geografía del racismo

Esto no es un caso aislado. Es una estructura que se reproduce.

En Quibdó, muchos policías negros eran enviados a zonas periféricas, lejos de los centros de decisión. En el servicio militar, testimonios coinciden en prácticas como formar por regiones y relegar a los provenientes del Chocó —mayoritariamente negros— a los últimos lugares, incluso para acceder a la alimentación.

No era logística. Era jerarquización racial.

Y, sin embargo, siempre emerge la misma objeción: “no todo es racismo”.

Es cierto. Pero cuando los patrones se repiten con precisión, cuando los cuerpos negros ocupan sistemáticamente posiciones de subordinación y la humillación adopta formas recurrentes, ya no hablamos de coincidencias. Hablamos de estructura.

Interseccionalidad: raza, género y poder

El caso de la patrullera Winy Saray Córdoba Murillo refuerza esta lectura. Expuesta públicamente por un superior, lo que se difundió como “insubordinación” revelaba una trama más compleja: abuso de poder, misoginia y racismo.

En Colombia, cuando una persona negra confronta la autoridad, su palabra entra en déficit automático. Se presume culpable antes de ser escuchada.

Raza, clase y género no operan por separado. Se entrelazan. Se refuerzan. Se acumulan.

La coartada del mérito

Decir que “todos somos iguales” no desactiva el racismo; lo encubre. Funciona como una coartada moral que permite sostener desigualdades mientras se simula neutralidad.

Bajo ese discurso, cualquier política correctiva —acciones afirmativas, cuotas o enfoques diferenciales— es descalificada en nombre del “mérito”. Pero el mérito, en contextos desiguales, no es punto de partida. Es privilegio heredado.

Conviene ser precisos: el racismo no es una opinión ni una emoción individual. Es una estructura de poder con efectos materiales. Define quién asciende, quién es protegido y quién es descartable.

La Policía como condensación social

La Policía Nacional no es una anomalía dentro de la sociedad colombiana. Es su condensación.

Administra la seguridad, pero también reproduce las jerarquías históricas que determinan a quién se protege y a quién se vigila. En ese esquema, el hombre negro no es simplemente ciudadano: es, con frecuencia, objeto de sospecha, incluso cuando porta el uniforme.

Conclusión: la violencia que no necesita nombrarse

Lo que vivió Luis Carlos Murillo Sayuth no es un accidente. Es la manifestación de un sistema que arrastra la lógica de un pasado donde las personas negras fueron despojadas de derechos y convertidas en mercancía.

Esa lógica no desapareció. Se transformó. Se institucionalizó. Aprendió a hablar el lenguaje de la legalidad.

Y cuando es confrontada, responde como siempre: cerrando filas, desplazando la culpa y desgastando al denunciante hasta expulsarlo.

Murillo Sayuth terminó recurriendo al retiro voluntario.
No porque quisiera irse, sino porque quedarse se volvió inviable.

Ahí radica la violencia real: no en el acto visible, sino en la asfixia sostenida. En la acumulación de gestos, palabras y decisiones que, poco a poco, le recuerdan a uno que ese lugar nunca fue pensado para su existencia.

El racismo no necesita declararse para operar.
Le basta con funcionar.

Jonh Jak Becerra Palacios: Activista antirracista. 

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