El descorazonador vacío de humanidad imperante

Por Última actualización: 09/04/2026

Que le pasa al mundo,
que ríe y respira,
mientras yo me quedo vacío y sin tiempo,
sin poder hablar.

[Andrés Cepeda – Día de tristeza]

Los eventos que se han presentado en los últimos años, especialmente relacionados con las nuevas formas de la guerra, asimétricas, híbridas, mediáticas, preventivas, desreguladas, constituyen una firme afrenta contra la seguridad planetaria. Ni los organismos multilaterales como la ONU, ni las comunidades de naciones, ni las organizaciones de la ciudadanía en todo el mundo han podido jalonar movimientos que impidan la desnutrida imagen de la solidaridad y la compasión en el presente siglo.

Dicho de otro modo, mirando el mundo actual, que no ríe ni respira, sólo el vacío, el mutismo y la pesadez del tiempo presente se sienten cayendo tras la agitación de los incesantes bombardeos, las monumentales explosiones y la ingente mortandad que se acumula en los países que padecen los avatares de las actuales guerras, cargadas de motivaciones económicas.

Ni siquiera cuando sobrevienen clamorosos llamados a cesar el fuego, levantar treguas y establecer acuerdos humanitarios en medio del conflicto, ocurren aprovisionamientos éticos, reservas morales y garantías de derechos que salvaguarden la conveniencia humana de avanzar en el camino hacia la paz en un milenio huérfano de fraternidad y solidaridad, amenazando directamente las posibilidades de libertad y eliminando el aplazado reclamo de la igualdad.

El desafío humanitario persiste, como también la virulencia de la violencia y la tenacidad de la desigualdad, imposibilitando reimaginar la obra humana como un ejercicio de creación colectiva que dote a las naciones y a sus diferentes formas asociativas con herramientas para construir vínculos sociales que bloqueen las preeminencias e imposiciones con las que, hoy, países como Estados Unidos e Israel han avanzado en esta mala hora.

A la ciudadanía planetaria, figura teórica que permanece en deuda en un mundo que levantó fronteras, de nuevo y con mayor radicalidad, le corresponde avivar la resistencia y la pasión emancipación gestando formas de acción que trasciendan los pálidos muros de las redes sociales, confrontando las lógicas de guerra y de inseguridad que hoy despueblan la esperanza de vivir en un mundo feliz.

Los anhelos de paz nacional, regional y planetaria no constituyen un sueño vacío, sino que exigen el escalamiento de “instituciones capaces de domesticar la violencia y transformar el poder en derecho”, tal como afirmara Jürgen Habermas, en la inclusión del otro, convocándonos a reflexionar y asumir la tarea política como una práctica capaz de contener la ocurrencia de violencias devastadoras y superar las consecuencias de las dinámicas bélicas, creando condiciones ciertas para que social, cultural y políticamente se pueda caminar hacia estados armoniosos entre los pueblos.

Sobre esta base, para las organizaciones sociales que manifiestan en los escenarios deliberativos mundiales el afán de incidir de manera urgente y prioritaria en la promoción de la paz y la contención de la guerra, es clave pensar en acciones que combinen incidencia política, trabajo comunitario y articulación internacional, reclamando mayor injerencia en el reajuste moral del orden mundial, en pro de la humanidad.

De entrada, en los niveles subnacionales, la sujeción del accionar de las autoridades electas respecto de los controles constitucionales, debe expresarse en el bloqueo electoral a las facciones más recalcitrantes y guerreristas, abiertamente dispuestas a incendiar al mundo, como ha quedado monumentalmente demostrado. Devolverle poder a las urnas ha de ser una prioridad en la configuración del poder popular en el presente siglo.

En igual sentido, habitar las redes sociales para desestimular la proliferación de desinformación, la amplificación de falsas noticias, la manipulación de algoritmos para la masificación de propaganda, y la difusión de narrativas promotoras de odio. Evitar el agotamiento de estas formas expresivas y provocar su recapilarización en favor de nuevas formas de entendimiento humano apunta a resignificar la vieja idea de la aldea global.

El agigantamiento del desplazamiento con su multitud de refugiados huyendo de la violencia para salvaguardar su vida su cultura, reclama formas de reintegración y refugio seguro que se aminoran cada vez más. Sumado a ello, el mundo en este infeliz milenio huérfano de humanidad ha radicalizado y justificado políticas y legislaciones xenofóbicas que condenan a muerte a simples navieros sobre el Caribe y el Pacífico, o a prisioneros injustamente retenidos por bandos nacionalistas. Enfrentar este fenómeno requiere adoptar nuevos protocolos de acogida y de encuentro intercultural situados más allá de la filantropía y la rentabilización del sufrimiento humano.

Finalmente, el diseño de un nuevo mundo reclama la implementación de campañas comunicativas y programas pedagógicos que, por utópico que parezca, fortalezcan el llamado a la transformación justa y la gestión ética de los conflictos que demuelen la dimensión moral planetaria, restaurando la potencialidad dialógica y diplomática de la dignidad humana.

Ante los males del mundo contemporáneo, requerimos contener la proliferación del mal y recuperar la capacidad de imaginar la pacificación en el horizonte de lo posible, para restituir la humanidad perdida. Organizaciones sociales y multilaterales, estados y organismos internacionales humanitarios, y la ciudadanía en todo el planeta precisamos asumir la tarea de sembrar la justicia y la dignidad para demoler silenciamientos y actuar radicalmente contra la proliferación de los conflictos violentos que ponen en serio riesgo la subsistencia y la persistencia de la vida.

En este siglo que avanza en zozobra, ojalá podamos caminar hacia un mundo que ría y respire, superando el descorazonador vacío de humanidad imperante.

Sobre el Autor: Arleison Arcos Rivas

Arleison Arcos Rivas