Nuevos liderazgos afrocolombianos
Marzo 2 de 2023
Por: Arleison Arcos Rivas
Entre las muchas novedades que la presencia afrodescendiente acumula en el portafolio de la reexistencia, sobresale la emergencia de nuevos liderazgos afrocolombianos, cada vez más visibles e incidentes en la vida nacional. Su sola figuración en los lugares del poder, de la ejecución de políticas y de la toma de decisiones, perturba las representaciones colectivas en la matriz racializada en la que prejuicios, imagoloquías y estereotipos se sostienen de manera persistente, aunque no derrumba los resortes de la discriminación y la exotización.
En el “origen de los otros”, la genial Tony Morrison dibuja la contrariedad de quienes vivimos ante la permanencia de la observación y el señalamiento genérico: “Una parte de mí piensa que los estereotipos raciales están desapareciendo, y no hay mejor lugar para comprobarlo que las universidades o las escuelas. Pero otra parte de mí proclama todos los días que el racismo está vivo y goza de buena salud: no hay más que leer las noticias”.
Tras los cargos de liderazgo se escenifica el trauma racial que pone en riesgo la integridad física y mental del emisario sobre el que se instalan y se hacen sentir las reacciones, juicios, adjetivos, descalificaciones e improperios padecidos por quienes reciben el señalamiento experiencial racista, indirectamente en medios y redes; o de modo directo en las relaciones y des-encuentros en vivo.
Cuando se accede a un cargo ejecutivo, a la dirección de una entidad, a un alto cargo de elección o designación, o a una magistratura, el sentimiento de fronterización y la representación del otro en el espejo se incrementan, demandando a quien pertenece a un grupo étnico que demuestre, parezca o sea mucho más que los otros; en un juego narcisista y clasificatorio perverso, de piel negra y máscara blanca.
Vivir en estado de alerta permanente es enfermizo. Lo es tanto como sentirse en la necesidad de evitar, vigilar, despreciar, minusvalorar o inferiorizar a quien resulta amenazante por ocupar una dignidad negada por los códigos cromáticos acostumbrados en las relaciones de poder. Una y otra afección devela el impacto estructural e institucionalizado de la enfermedad racial; cuyas manifestaciones producen lesiones físicas, descomposturas emocionales, afectaciones psicológicas, pulsiones disociativas, e incluso estrés traumático, tal como informa el investigador Robert T. Carter.
Para muchas y muchos, mujeres y hombres afrodescendientes o indígenas con liderazgo y cargos en embajadas, magistraturas, vicepresidencia, ministerios, gerencias, direcciones y destacamentos de mando militar, resultan incómodos e indeseables. Tal intolerancia solo puede obedecer a la fuerza con la que el racismo se oxigena, se renueva y se perpetúa en una sociedad que no se ha decidido a convertir la igualdad en el soporte de sus diferencias, y fomenta todavía delirios de superioridad racial que niegan el fundamento mismo de su Constitución.
La mayor cantidad visible de figuras étnicamente diferenciadas implica un potencial de apertura sistémica creciente. De ahí que el conteo de nuevos liderazgos afrodescendientes que irrumpen en faenas públicas evidencia en sí misma el grado de ensanchamiento del sistema social racializado, estudiado por Valeria Brayan Álvarez.
Sin embargo, resulta claro que su sólo manifestación no produce transformaciones en el patrón de relacionamiento social, ni en el indicador de reconocimiento público, como se reitera por el cúmulo de evidencias observadas en redes y analizadas en los pocos estudios disponibles.
De hecho, no deja de sorprender el acumulado desigual de poder que se expresa en las tendencias en redes y medios contra figuras afrodescendientes e indígenas que resultan cuestionadas en sus habilidades, conocimientos, competencias y aptitudes. Tal extrañamiento permite develar los regímenes sociales de distinción jerárquica en el acceso a mandos y cargos de autoridad, pues se parte de suponer un nivel subordinado en el que se espera ver a las personas reconocidas o señaladas como pertenecientes a esos grupos étnicos.
Pese a ello, el avance y conquista de nuevas posiciones en cargos, designaciones y misiones investidas de autoridad, mando e influencia, contribuye a articular un escenario social que reta el trauma racial y dispone para la apertura simbólica, psicológica y concreta asociada a la implantación de formas de relacionamiento sin desventajas.
Retando los imaginarios y clasificaciones sociales racializadas, el aumento de espacios y escenarios en diferentes niveles y organizaciones privadas y públicas en los que se visibilizan personas afrodescendientes e indígenas se corresponde con nuevas hermenéuticas en las que el otro existe como un sí mismo valioso, no inferiorizado, descastificado, dotado de su propio sentido y su propia agencia; ojalá como interpretes válidos de las reivindicaciones de los pueblos con los que se les vincula.
Es esto lo que resulta encomiable en las y los nuevos liderazgos afrodescendientes que acceden y figuran en los ámbitos tradicionales del poder. Física, simbólica e institucionalmente contribuyen a romper con la dinámica reproductiva racializada que asignaba de manera exclusiva y excluyente las posiciones revestidas de autoridad en asuntos determinantes de la vida política nacional, tal como la confirmación de Aurora Vergara Figueroa en el Ministerio de Educación de Colombia.


