Una imagen libre, al fin

Por Última actualización: 20/11/2025

En las mismas ciudades en las que, por fin, han estado cayendo las estatuas de aquellos sujetos esculpidos en la pétrea colonialidad “blanca”, machista, sexista, esclavista e imperial, se elevan los árboles de los que cuelgan los cuerpos de mujeres y hombres “negros” inferiorizados, animalizados, discriminados y racializados, cuyo recuerdo desaparece en la bruma de la historia.

Frente a unos y otros, las fotografías y videos registran multitudes furiosas que expresan no sólo los valores de la época sino causas, diametralmente diferentes, inaugurando nuevos enfrentamientos por el poder de la memoria y la necesaria resituación del recuerdo como forma de reparación histórica impostergable. En el más reciente episodio, a mediados del presente año Harvard y la nieta de “Papa Renty” pusieron fin a un litigio por fotografías con una antigüedad que dan cuenta de las postrimerías de la esclavización, hacia 1850, restituyendo la importancia que tiene la composición de la historia que cuentan las imágenes.

Todo ícono porta en sí mismo un conjunto de características que responden a una determinada narrativa en la cual se lo inscribe y se le asigna sentidos que construyen y refuerzan visualmente la manera como son imaginados y representados los sujetos, sus relaciones y prácticas, distribuyendo lugares fijos en la construcción simbólica del poder y del depoderamiento, tal como he propuesto que se llame a las imagoloquías.

De manera específica, durante el despliegue del capitalismo, en plena expansión imperial europea, se consolidaron imagoloquías del poder que privilegian la distinción, el donaire, lo bello, la hidalguía, y la racionalidad, características explícitamente asignadas a ciertos individuos cuya escenificación y significación se eleva sobre pedestales en los que se concede a la blanquitud prerrogativas virtuosas de tamaño singular, confiando su perdurabilidad a los materiales más preciados y firmes, tanto como a la fijación icónica en pinturas, retratos, fotografías y otros productos visuales.

Durante cinco siglos también se encumbraron los cuerpos cazados, violentados y mancillados de miles que murieron ahorcados e incinerados para ser convertidos en el ejemplo de lo que el odio, la ignorancia y la crueldad extrema sitúa en el trato desconsiderado y desigualitario con el que se erigió al negro como objeto del dominio, la desposesión, la negación de derechos, la fijación de la maldad y la configuración de la perversidad y la barbaridad reflejadas en una tez tan inexistente como la blancura misma; transfiriendo a la piel la máscara bifronte del racismo y la identidad mistificada del ellos y el nosotros homogéneo, sin fractura alguna, que  condena al blanco a su blancura y al negro a su negrura, al decir de Fanon.

Ya sea sobre pedestales o sobre árboles, lo único que se eleva es una negación. Como Fanon afirma, nuevamente, “para nosotros el que adora a los negros esta tan «enfermo» como el que los abomina”. Por ello, la invención de un objeto icónico, cuya verdadera entidad ha sido arrancada de las páginas de la historia y artificiosamente adobada al gusto civilizatorio de occidente, reclama el levantamiento de un sujeto consciente de sí, en abierta recuperación de su herencia negada, trasplantada y enterrada bajo las raíces de los árboles que crecieron a la sombra mentirosa de la inferioridad, sobre los que cuelgan los cuerpos a los que se niega y quieren seguir negando toda luz, todo honor, toda belleza, toda compasión.

Si el Orfeo de Sartre, negro, pierde la mordaza no es para entonar alabanzas en las lenguas de quienes le sometieron y cancelaron su propia voz: La dialéctica del desenegrecimiento reclama un grito audible por todas las latitudes en las que las hijas e hijos de África desoyen los cantos de sirena que llaman a la resignación. La quietud se torna en movimiento. El silencio se vuelve acción. La pasividad muta como acto creativo, retando la herencia icónica y los lugares fijos, trastocando las fronteras de la historia, rompiendo los moldes de la negación y diluyendo el dolor esencialista tras las tesis del racismo.

Reposicionar la pertenencia identitaria capturando nuestra propia imagen en piezas fotográficas, videos, esculturas y demás registros iconográficos y pictóricos consolida la potencialidad creadora que nos imagina dignos y decorosos, siempre que esa tarea se emprenda sin pretensión emulatoria ni cálculo imitativo, desvelando y revelando la valía en la configuración de una postura y comprensión estética afrocentrada.

Tal estética de la diferencia importa, más allá de la emoción y la espuma, emergiendo en la potencialidad de consolidación de un momento dialéctico y esperanzador cuya explosión rompa definitivamente los valores y las representaciones imposibilitantes erigidas tras la invención del negro; al tiempo que restituye y afirma la dignidad negada, hasta encumbrarla como una estatua firme y vigorosa que canta “libre, al fin; libre, al fin. ¡Somos libres, al fin!”

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Referencias: Lorde, A. (2003) La Hermana, la extranjera. Fanon, F. (2011) Piel Negra, máscaras blancas. “La experiencia vivida del negro”. Sartre, J.P. (1960) Orfeo Negro. Arcos R., A. (2018) Imagoloquía: ¿qué lugar ocupa la imagen en la producción de discurso político? Luther K., Martin. (2016) The Radical King Legacy.

Sobre el Autor: Arleison Arcos Rivas

Arleison Arcos Rivas