El racismo como violencia psicológica: heridas invisibles en la mente y el cuerpo

Por Última actualización: 18/02/2026

18 de febrero de 2026

 

 

Por: Jonh Jak Becerra Palacios

Efectos psicológicos, emocionales y físicos del racismo sistemático en la vida cotidiana

Cuando hablamos de racismo antinegro, solemos señalar sus expresiones visibles: la desigualdad en el empleo, la exclusión educativa, la precariedad en la vivienda, las brechas económicas, la violencia institucional o comunitaria, la marginación política. Sin embargo, existe otra dimensión —más silenciosa, más profunda, más difícil de nombrar— que opera en el territorio íntimo de la mente y del cuerpo. Allí donde el racismo deja marcas que no siempre se ven, pero que determinan la forma de respirar, de habitar el mundo, de pensarse a uno mismo (…).

Pocas veces nos detenemos a hablar de esas consecuencias internas. Se minimizan, se trivializan, se reducen a “percepciones personales”. Pero yo sé —porque lo he vivido— que no son imaginarias. Cuando inició mi proceso penal por racismo ante la Fiscalía General de la Nación, fui remitido al Instituto Nacional de Medicina Legal. La atención que recibí no estuvo orientada a comprender el trauma racial. Recuerdo que, tras escuchar mi testimonio, la profesional respondió: «A mí también me discriminan porque soy color canelita». En ese instante comprendí algo devastador: para el sistema, el racismo estructural podía reducirse a una anécdota individual. Y esa reducción también es una forma de violencia.

Soy testigo de que el racismo produce afectaciones psicológicas reales. En mi caso, la exposición prolongada a situaciones del racismo derivó en hipertensión arterial a temprana edad, deterioro físico asociado al estrés crónico, ansiedad persistente, episodios depresivos, ira contenida, fracturas en la autoestima y en la identidad. Nada de esto es casual. Tal como explicó Frantz Fanon en Piel negra, máscaras blancas, el racismo no solo oprime desde afuera: moldea la subjetividad, introduce sentimientos de inferioridad socialmente construidos, instala una alienación que lleva al sujeto negro a mirarse con los ojos del opresor. No se trata de fragilidad individual, sino de una arquitectura psicológica producida por la dominación.

Esa herida comienza temprano. En la escuela, en Bogotá y también en Medellín, mi nombre dejó de ser Jonh para convertirse en “Memín Pinguín”, referencia a la caricatura Memín Pinguín que históricamente ha reproducido estereotipos raciales degradantes. «Es cosa de niños», decían. Pero la repetición cotidiana de la burla no es inocente: es pedagogía racial. Cada risa enseña quién vale y quién no. Cada apodo delimita el lugar permitido para el cuerpo negro dentro de la sociedad.

El psicólogo panafricanista Amos Wilson advirtió que cuando un niño negro crece sin ver su historia ni su cultura valoradas, su autoestima se erosiona sistemáticamente. Muchas conductas clasificadas como “problemas de comportamiento” son, en realidad, respuestas psicológicas a un entorno hostil. Sin embargo, la psiquiatría eurocéntrica suele ignorar el contexto racial y termina patologizando la reacción en lugar de cuestionar la opresión. Así, el sistema convierte la herida social en diagnóstico individual (…).

Aquí aparece una verdad incómoda: el racismo funciona también como falsificación de la conciencia africana. Distorsiona la historia, minimiza las contribuciones de los pueblos africanos, impone modelos culturales ajenos como medida universal de humanidad. Bajo esa lógica, todo lo negro debe corregirse, suavizarse, blanquearse —en el lenguaje, en la estética, en el comportamiento— para acceder a reconocimiento social. La violencia no siempre golpea; a veces susurra. Y ese susurro puede ser más persistente que cualquier grito.

Las consecuencias no se limitan a la mente. El cuerpo también recuerda. La ciencia médica ha demostrado que la exposición continua al estrés racial incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares, trastornos del sueño, fatiga crónica, inflamación sistémica. El racismo enferma. Literalmente. No es metáfora. Es biología atravesada por la historia.

Pero incluso frente a esta evidencia, persiste una narrativa peligrosa: la idea de que “hay que pasar la página”. Como si siglos de deshumanización pudieran resolverse con una aspirina simbólica. Como si la memoria colectiva fuese un capricho y no un mecanismo de supervivencia. La salud mental de las personas negras en Colombia sigue siendo un tema marginal, subestimado, incómodo para las instituciones. Y, sin embargo, allí se juega el futuro de nuestros niños, de nuestras familias, de nuestra dignidad.

Porque sanar no es olvidar. Sanar implica nombrar la herida, comprender su origen estructural, transformar las condiciones que la producen. Implica reconocer que el sufrimiento psíquico negro no puede abordarse únicamente desde el consultorio clínico, sino también desde la justicia social, la memoria histórica y la reparación colectiva. La terapia sin transformación social corre el riesgo de convertirse en otra forma de adaptación a la injusticia.

Escribo esto no desde la teoría distante, sino desde la experiencia encarnada. Desde el cuerpo que ha temblado. Desde la mente que ha resistido. Desde la certeza de que sobrevivir al racismo también es una forma de conocimiento. Y quizá por eso insisto en decir lo que muchos prefieren callar: el racismo no es solo desigualdad material; es una tecnología de desgaste emocional, una maquinaria de fragmentación interior, una violencia psicológica sostenida en el tiempo.

Pero también sé que no todo termina en la herida. En medio del daño persisten la memoria, la comunidad, la palabra. Persisten formas de cuidado que el sistema no puede destruir. Persisten la dignidad y la posibilidad de imaginar otro mundo (…).

Nombrar el dolor no es rendirse. Es el primer acto de resistencia.

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