Mestizaje, negación y el miedo a nombrar el poder

Por Última actualización: 09/03/2026

Por Jonh Jak Becerra Palacios

Un día alguien me dijo: «Ese tal racismo no existe, existe el clasismo, ese sí». Lo dijo con tranquilidad, casi con alivio… como quien cree haber resuelto un dilema histórico con una frase aprendida. Yo guardé silencio. Pensé: qué eficaz ha sido el mestizaje como pedagogía del olvido.

En América Latina —Abya Yala— aprendimos a pronunciar la palabra clase con solvencia, pero a tartamudear cuando se trata de raza. Nos enseñaron que somos mezcla, que aquí no hubo segregación “formal”, que el conflicto verdadero es económico. Y así, el mestizaje operó como tecnología de silenciamiento racial: una narrativa de armonía que encubre jerarquías.

El sistema racial no desapareció; mutó. De un esquema binario (blanco/negro) transitó hacia una gradación más compleja, donde la cercanía a la blanquitud determina el acceso a ciudadanía plena, reconocimiento y poder. Lo blanco → humanidad, razón, mérito, autoridad. Lo negro → sospecha, precariedad, exclusión estructural.

Muchos repiten: «Las razas no existen, solo existe la raza humana». Lo dicen como si fuera una solución ética. Pero la inexistencia biológica de la raza no elimina su eficacia política. La blanquitud —como construcción social— sigue organizando privilegios. En Colombia, esa blanquitud se encarna en los llamados blancos-mestizos, ubicados en la cúspide simbólica y material de la pirámide social. No es un asunto epidérmico; es una arquitectura de poder.

W. E. B. Du Bois habló de la «línea del color» como principio organizador del mundo moderno. Frantz Fanon mostró cómo el colonialismo divide radicalmente lo humano de lo no humano, produciendo subjetividades fracturadas. Carter G. Woodson explicó cómo esa jerarquía se internaliza hasta volverse sentido común. Y bell hooks advirtió que el sistema tolera críticas a la desigualdad siempre que no se nombre el entramado racial que la sostiene.

Pero hay algo más que debemos entender. Achille Mbembe nos obliga a mirar la dimensión contemporánea del poder: la gestión diferencial de la vida y la muerte. En su análisis sobre la necropolítica, explica que el poder moderno no solo administra territorios; administra quién puede vivir con dignidad y quién puede ser expuesto sistemáticamente a la precariedad, la violencia o la muerte lenta. En América Latina, esa exposición no es neutra. Los territorios racializados negativamente —barrios periféricos, comunidades afrodescendientes, pueblos indígenas— siguen siendo zonas donde el abandono estatal, la militarización o la pobreza estructural no son accidentes, sino parte de una lógica histórica.

El multiculturalismo neoliberal reconoce sin transformar. Desde los años noventa, constituciones como la colombiana de 1991 incorporaron la diversidad cultural y los derechos étnicos. Sin embargo, ese reconocimiento ha sido, en muchos casos, administrativo y simbólico. Se celebra la diferencia; se evita redistribuir el poder. Se habla de inclusión; se mantiene intacta la jerarquía. Como sugiere Mbembe, el sistema puede integrar la diversidad siempre que no altere la matriz colonial que decide quién es plenamente humano y quién es prescindible.

Recuerdo que, cuando asistía a una de las iglesias cristianas más grandes de Bogotá, el pastor afirmó: «Aquí, gracias a Dios, no tenemos ese problema de racismo; aquí lo que hay es clasismo. El racismo es cosa de Estados Unidos». La congregación asintió. Yo entendí entonces que el villano no siempre grita; a veces predica.

En el siglo XX, con la expansión del marxismo y las luchas obreras, la clase se convirtió en el lenguaje legítimo de la injusticia. Eso tuvo un efecto ambivalente: permitió denunciar explotación económica, pero invisibilizó que no todas las clases experimentan la explotación del mismo modo. No es lo mismo ser pobre y blanco que pobre y negro en una sociedad estructurada por la colonialidad del poder.

Nombrar la raza implica cuestionar el mito de la nación homogénea, evidenciar privilegios naturalizados, incomodar a las élites. Por eso, cuando alguien denuncia un acto racista, aparece el comentario inmediato: «Eso no es racismo, es clasismo». Como si ambas dimensiones no pudieran coexistir. Como si Colombia pudiera ser clasista, pero jamás racista.

Ahí está el problema que enfrentamos —y que muchos se niegan a ver—: la negación misma es el mecanismo de preservación. No nombrar la raza no la disuelve; la protege.

En síntesis, en América Latina se habla más de clase que de raza porque la raza fue negada para preservar el orden colonial. Y mientras sigamos creyendo que el villano es solo la pobreza —sin reconocer la arquitectura racial que la distribuye, que jerarquiza vidas y administra vulnerabilidades— continuaremos gestionando síntomas… sin desmontar la estructura.

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