Los juegos del hambre en política
¡Que comiencen los juegos del hambre!, es el grito que anuncia una terrible competición mortal entre aspirantes a hacerse con fama y riqueza si prevalecen finalmente. En la política colombiana, pareciera que se escenifica la secuela de tal narrativa novelesca y cinematográfica, que asienta en la arena electoral a combatientes, no contradictores; uno contra otro en el propósito de hacerse a los votos del electorado que permitan influencia o control de la contratación pública y de los acuerdos con las familias clientelares, valiéndose de los cargos de elección popular.
En lucha iracunda y violenta, los Tributos que, a diferencia de la novela cinematografiada, son autoconvocados y prestan sus nombres bajo el querer caprichoso de presidentes de partidos y movimientos, o direcciones que operan con reglas de cálculo y riesgo de fracaso o victoria al abrir o cerrar una lista. Si bien el propósito no es matar hasta ganar, en el país sobran evidencias de que aun la aniquilación del contrincante hace parte de las consideraciones y cómputos de campaña, incorporada al portafolio de estrategias para inhabilitarlo o sacarlo de la contienda antes, durante e incluso pasadas las justas electorales; acudiendo a procesos disciplinarios, acusaciones de negocios turbios, grabaciones comprometedoras, denuncia de acciones contrarias al proceso electoral, hasta las posibles impugnaciones de los resultados.
En aras de la supervivencia, una vez se cierra el circuito electoral, vuelve a encenderse el azuce sectario y el acaloramiento mediático, alimentando el desprestigio, promoviendo bloqueos, exacerbando equívocos, agrandando la sensación de malestar y encausando actos de revocatoria que, a muy poco tiempo de su posesión, juegan entre el control político y la exaltación de la animadversión contra el ganador en la lid eleccionaria. Tanto a nivel local como en departamentos y en el país, la dimensión del descrédito y el mancillamiento como estrategia que pesa en el control de las percepciones ciudadanas, alimentan las opiniones en redes, la comidilla de los medios y las ojerizas en los concejos, las asambleas y en el congreso.
La política, vivida como tragedia electoral, deja una nutrida cantidad de damnificados y quemados que fracasan en su expectativa de hacerse a una curul o a un cargo investido de autoridad, fortaleciendo el sentimiento de humillación y ofensa entre quienes, reaccionarios, quedan seriamente expuestos, moralmente lesionados y económicamente desprolijos en la contienda; aspirando a sobrevivir y reponerse en el interregno entre las elecciones. Otros más, acuden a las prácticas de carroñero, alimentándose de las sobras y despojos presupuestales que les conceden quienes acceden a la maquinaria contractual a la que, no pocas veces, queda reducida la acción de gobierno.
Mientras se llega al tiempo reglado para empezar la contienda sufragista, el despotrique y el rifirrafe se toman los espacios los recintos de los Concejos, las dumas departamentales y los salones de Cámara y Senado, obnubilando a la opinión pública con posturas y pareceres respecto de los gobiernos, muchas veces antojadizas y sin fundamento en los hechos; avivando enemistades e incomprensiones que disminuyan la gobernabilidad o, por lo menos, la popularidad del gobernante, rompiendo coaliciones, bloqueando las oportunidades de establecer acuerdos o, simplemente, negándose a discutir las iniciativas que deberían concretar los planes de desarrollo.
Sin formación de cuadros, sin respeto a sus estatutos, sin apego a la palabra empeñada en los pactos, los partidos políticos y movimientos recurren a la declaratoria de oposición o independencia del gobierno motivados por el querer de sus jefes, por el amaño burocrático, o por la inveterada práctica de hacerse contar como fuerza no continuista, así no se adquiera peso y autonomía en la oferta posicional que debería caracterizarles en un escenario de amplio debate y discusión de las decisiones que la gente espera le beneficien.
Por otro lado, mientras ocurre la competencia electoral, se barajan opciones y se calculan estrategias que permitan la mayor visibilidad de las personas que postularán candidaturas por firmas, y a quienes aspiran a contar con el aval de las colectividades reconocidas ante el CNE; posicionándose como opinadores expertos en medios y redes, o presentándose ante las comunidades de la manera más carismática y patriarcal posible, para no perder el contacto con las y los líderes que mueven al electorado local.
Al final, quienes tuvieron a su favor el acceso a fuentes de financiación estatal de programas y proyectos dirigidos hacia sus comunidades de influencia, quienes resultaron beneficiados con franjas contractuales en los negocios gubernamentales, y quienes tuvieron años de tragar saliva, producto de la orfandad burocrática y presupuestal, salen a la calle o copan de publicidad las nuevas campañas, en las que cada vez importa menos la ideología, los programas, el interés colectivo y la toma de decisiones planificada para transformar problemas sociales y necesidades humanas reales.
Terminado febrero de 2025, en Colombia vuelven a acentuarse los cánticos partidarios, los slogans de campaña, las fotos mirando de frente o hacia el horizonte, las comidas en locales populares, las cargadas de infantes, y el sin número de inventivas que anuncia el ritual de victoria e inmolación electorero. ¡Que comiencen los juegos del hambre política!

