La ceguera de nuestros tiempos

Por Última actualización: 13/07/2026

13 de julio de 2026

 

 

Por: Melquiceded Blandón Mena

En alguna parte dice Sartori que la democracia[i], debe entenderse como un gobierno del pueblo, pero siempre limitado por el Estado de derecho, los derechos fundamentales y las instituciones representativas. Sin embargo, el consenso liberal de occidente y de la democracia moderna no consiste únicamente en la regla de las mayorías, al concebirla como un régimen político cargado de cualidades trascendentales que ‘’supuestamente’’ protege las libertades individuales, garantiza la competencia entre alternativas políticas y asegura mecanismos efectivos de rendición de cuentas. Toda una distopia liberal.

El discurso consolidado e impuesto a sangre y fuego por los guardianes del régimen democrático y de las libertades burguesas capitalistas es que la democracia no se reduce al acto de votar, sino que constituye un sistema de gobierno basado en la soberanía popular, el respeto por las libertades, el pluralismo y la existencia de instituciones que garantizan la competencia política y el control del poder. Bla, bla, bla.

No obstante, al margen de nuestra cegrera temporal, emerge el inusitado giro político ‘’electoral’’ hacia la extrema derecha en América Latina, marcado por la estrategia del bloque de poder estadounidense de sitiar a países y capitales emergentes para repotenciar la decadente hegemonía norteamericana en el mundo y en la región latinoamericana, condicionada como laboratorio de una Estrategia de Seguridad Nacional que pretende restaurar la Doctrina Monroe y reinstalar la preminencia estadounidense en el hemisferio occidental para proteger – en sus palabras – «a nuestra patria y nuestro acceso a sus geografías a través de la región». Las narrativas del pillaje.

Este contexto reafirma la lucha de los gringos por el carácter imperialista de su Estado en el concierto global, desde una concepción disuasiva del poder que somete y condiciona el orden global, con la amenaza de toda su capacidad militar para el disciplinamiento del hemisferio occidental a las condiciones que garanticen el bienestar de las elites estadounidenses, sobre la creencia de la grandeza y hegemonismo inherentes a su cultura angloamericana.

En ese orden de cosas, ¿Dónde y cómo se toman las decisiones electorales, acaso en las urnas, dónde?

En medio de un intenso ciclo electoral en la región, sectores progresistas en América Latina han denunciado abiertamente estrategias de injerencia por parte de Estados Unidos y sus políticas intervencionistas en lo que históricamente han considerado su esfera de influencia.

Las serias denuncias e indicios sobre piratería electoral en la sucesión de elecciones presidenciales en América Latina, muestran la construcción instrumental de las decisiones electorales alrededor del mundo y especialmente en los últimos eventos en Ecuador, Honduras, Perú y Colombia, a través del manoseo del censo electoral, la alteración algorítmica en la transmisión de los resultados electorales, la inversión e intervención de capitales trasnacionales en la financiación de los candidatos de ultraderecha, la manipulación gansteril de los escrutinios por parte de las cortes electorales nacionales, el riesgo de despidos masivos por parte de sindicatos de empleadores y socios capitalistas en sendas reuniones de empleados, en la confabulación mediática de los dueños de los medios masivos de comunicación para generar matrices de opinión que consoliden a los candidatos del establecimiento, en la conspiración de las iglesias ultra conservadoras en contra de los candidatos de izquierda o progresistas y en el acoso del ejercito de los halcones gringos sobre un posible fallo del plan, o de alguna aventura autonomista nacional. En fin todo un cumulo de estrategias para el control y la legitimación de decisiones políticas.

La realidad evidencia que la democracia es un régimen donde gana aquel que tenga la capacidad de imponer, defender y legitimar su verdad electoral. Por tanto, las decisiones democráticas se construyen en los círculos de discusión de los poderes facticos, en los que, una vez sellados los grandes acuerdos, sólo queda hacer las elecciones.

Tal vez nos esté ocurriendo lo de aquel triste personaje que imaginara Saramago en el Ensayo sobre la ceguera, pues “no hemos perdido el derecho al voto; hemos perdido la capacidad de ver aquello que ocurre delante de nuestros ojos. Porque la peor ceguera nunca fue la de los ojos, sino la de quienes aceptan como natural un mundo que ya no consiguen comprender.»

[i] Sartori, G. (2007). ¿Qué es la democracia? Taurus.

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