Infantino, el traficante del fútbol

Por Última actualización: 29/07/2026

La Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) contabiliza sus resultados financieros en ciclos de cuatro años que culminan con la realización de cada Copa del Mundo. En el cuatrienio 2019-2022, que finalizó con el Mundial de Catar, la entidad registró ingresos por 7.568 millones de dólares. Sin embargo, esa cifra, ya de por sí astronómica, fue duplicada en el ciclo correspondiente al Mundial de 2026, cuyas ganancias alcanzaron los 13.000 millones de dólares, un crecimiento que evidencia el negocio en que se ha convertido el fútbol.

Sin embargo, cuanto más crecen las ganancias del fútbol, más se erosionan sus fundamentos deportivos y competitivos. La dirigencia actual de la FIFA parece haber convertido el negocio en su única prioridad, relegando a un segundo plano la preservación de la esencia del juego y de la pasión que despierta en millones de aficionados alrededor del mundo. Varias de las decisiones adoptadas para maximizar los ingresos no solo responden a una lógica estrictamente comercial, sino que además van en contravía de la calidad del espectáculo y desnaturalizan la competencia más popular del planeta.

El Mundial disputado en Estados Unidos, México y Canadá dejó en evidencia que el modelo de organización compartida, aunque multiplica el flujo de turistas y los ingresos comerciales, también impone un alto costo deportivo. Los constantes desplazamientos aéreos y terrestres entre ciudades e incluso entre países alteran los procesos de recuperación, concentración y preparación de las selecciones, afectando inevitablemente el rendimiento de los jugadores y la equidad de la competencia. Esto no parece importarle a la FIFA; toda vez que el éxito económico del formato ha pesado mucho más que las consideraciones deportivas, al punto de que ya se anunció que la Copa del Mundo de 2030 se repartirá entre seis países de tres continentes: España, Portugal y Marruecos como sedes principales, mientras Uruguay, Argentina y Paraguay albergarán algunos encuentros.

El aumento del número de selecciones participantes en la Copa del Mundo se presenta como una medida de inclusión y democratización del fútbol, pero, en realidad, responde principalmente a una estrategia de expansión comercial. Se pasó de 32 selecciones en las dos ediciones anteriores a 48 en el Mundial más reciente, y la FIFA ya ha planteado ampliar el torneo a 64 equipos para la edición de 2030. Más partidos significan más derechos de televisión, más patrocinadores, más publicidad y mayores ingresos. Sin embargo, desde el punto de vista deportivo, esta decisión diluye el nivel competitivo del certamen, resta trascendencia a las eliminatorias mundialistas y facilita la clasificación de selecciones con escasas posibilidades de competir en igualdad de condiciones.

Todo indica que este proceso de mercantilización apenas comienza. Si se concreta el anuncio de la FIFA de vender los Mundiales masculino y femenino a inversionistas privados, el fútbol podría quedar definitivamente subordinado a los intereses del capital financiero. Detrás de esa operación aparecen grandes bancos y fondos internacionales cuya prioridad no es proteger la esencia del deporte, sino maximizar la rentabilidad de un negocio que mueve miles de millones de dólares.

Esperemos que tenga efectos la oposición expresada por la Unión Europea de Asociaciones de Fútbol (UEFA), encabezada por su presidente, Aleksander Čeferin, quien ha advertido sobre los riesgos de convertir el fútbol en un activo financiero. La preocupación no es nueva. En 2018, Gianni Infantino promovió una iniciativa para captar 25.000 millones de dólares de inversionistas japoneses y árabes con el fin de crear nuevas competiciones paralelas al mundial, un proyecto que, de haberse materializado, habría alterado profundamente la estructura del fútbol internacional y amenazado el valor deportivo de la Copa del Mundo.

Y como si lo anterior no bastara, la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol) estudia la posibilidad de que las próximas ediciones de la Copa América se disputen permanentemente en Estados Unidos. ¿Se trata de una decisión mercantilista y no futbolística? Lo mismo ocurre con las ya habituales pausas de hidratación: ¿responden exclusivamente a la protección de la salud de los futbolistas o también se han convertido en una oportunidad para vender más publicidad? Son interrogantes que merecen una próxima columna.

Sobre el Autor: John Jairo Blandón Mena

John Jairo Blandón Mena