Sobre el “perdón social” y la nueva ética – consciencia ciudadana para vivir sabroso en Colombia

Por Última actualización: 19/11/2024

17 de abril de 2022

Por: Yeison Arcadio Meneses Copete

Las críticas al desgobierno de los últimos 30 años son frecuentes. Por supuesto, la institución del caos como forma de mantener el poder ya tiene una larga tradición en nuestro país que hunde sus raíces en los mismos inicios del republicanismo. Colombia ha padecido una clase gobernante violenta, mediocre, corrupta, clasista, racista, regionalista, entre otros, que la ha condenado al atraso, al analfabetismo, a la precariedad, a la violencia, a la pobreza multidimensional, a los más altos índices de necesidades básicas insatisfechas del continente, a la más notoria desigualdad, a la mercantilización de los derechos, a la destrucción de la producción nacional, a la concentración de la tierra, al des/ombligamiento, a miles de asesinatos, miles de desapariciones, a decenas de grupos armados ilegales, a la destrucción de la institucionalidad. En breve, se ha instalado un sistema de muerte que generalmente se relaciona con la violencia, pero este está vinculado también a los otros aspectos nombrados que de una forma u otra producen centenares de muertes evitables al año. Para ilustrar respecto al tema de la salud, por ejemplo, “entre 2000 y 2018 se registraron en Colombia 228.942 defunciones de niños menores de cinco años, 91,4% de las cuales eran evitables (68,2% tratables, 6,8% prevenibles y 16,5% mixtas) sin diferencias según el sexo. La proporción de evitabilidad pasó del 93,5% al 88,5%. Cesar fue el departamento con mayor proporción de muertes evitables (94,1%) en contraste con Santander, donde se observó la proporción menos alta (89,0%); entre tanto, a nivel municipal, en 99 municipios la totalidad de las defunciones fueron potencialmente evitables, mientras que en Palmar (Santander) se encontró la proporción más baja (33,3%)” (Rojas et al, 2021).

Asimismo, en tiempos electorales la ciudadanía colombiana asiste a un espectáculo ignominioso de la peor calaña. Hace algún tiempo el instrumento expedito de los sectores poderosos para cuidar sus privilegios era el incentivo de la violencia. Luego, los medios de comunicación más poderosos se han encargado de recrear el dolor e instrumentalizarlo para favorecer algunas campañas. Entonces, se promovían campañas de terror en todo el país y luego aparecía un discurso que prometía soluciones al problema de la violencia. De este modo, han mantenido distraída a la población de los temas centrales: la garantía de derechos fundamentales, la extirpación de las desigualdades sociales, la justicia tributaria, la reparación histórica, la restitución de tierras, la reforma agraria, el fortalecimiento de las instituciones públicas, la diversificación del sistema productivo, entre otros. Los esfuerzos descaradamente se dedicaban a un tema no menor, pero que puede ser simplemente la superficie, las hojas, no la raíz del problema. Durante mucho tiempo la población colombiana ha vivido bajo este discurso: enfrentar grupos armados.

Entre las pocas propuestas que surgían, advertían un verdadero concierto para delinquir, un matrimonio perverso entre la clase política y los grupos poderosos económicos del centro del país. Juntos han secuestrado las instituciones del Estado para ponerlas a su servicio o para destruirlas y de esta manera acumular riquezas con las tributaciones de les colombianes. Aunque siempre se han llenado la boca hablando de competitividad, respeto a la propiedad privada y el libre mercado, su actuar nada ha tenido que ver con esta lógica neo/liberal. El mal llamado “sector empresarial” del que estos políticos hablan se han dedicado a financiar campañas políticas para controlar la contratación. Es decir, nada que ver con capitalismo o liberalismo. Son parásitos dedicados al monopolio, en algunos casos vinculados con fuerzas al margen de la ley mediante las cuales han accedido a propiedades y han destruido trabajadores y empresarios reales.

En la actualidad, permanece esta misma forma repudiable de hacer política electoral, pero hoy cuentan con dispositivos más sofisticados y rápidos: internet, programas de diseño y redes sociales. Desde el plebiscito por los Acuerdos de Paz entre el Estado colombiano y las FARC hemos asistido a campañas marcadas por lo deshonrosas, deshonestas, tramposas, cochinas, delictivas, engañosas, violentas. Quienes se han aferrado al poder y tenían la guerra como caballito de batalla han desplegado todos sus monstruos para mantener el enemigo interno, los armados, y han contratado a “expertos” internacionales en neuropsicología, psicología de masas y en informática. Sucedió en las campañas electorales del 2014, 2018 y actualmente en el 2022. En un principio, esta propaganda mediática se dio contra Juan Manuel Santos bajo la idea de una supuesta traición a Uribe al iniciar conversaciones con las FARC y el ELN, pero estas fueron más viscerales luego de la firma en representación del Estado los acuerdos de Paz con las Farc. Santos ha sido un neo/liberal, se desempeñó como Ministro de Defensa en la presidencia de Uribe (2002-2010) y de Hacienda en otros gobiernos. Si esto fue para con Santos Calderón, hijo de la Casa de Nariño y de las familias poderosas del país, el entrampamiento no podría ser menor para con una persona que viene de clases populares, quien participó en la insurgencia y quien ha dedicado su vida a la lucha por los más desfavorecidos y contra la corrupción, destapando los escándalos más pavorosos de las últimas décadas: la parapolítica en Colombia y los carruseles de la contratación.

De ahí que gran parte de la clase política violenta y corrupta vean en él un enemigo no a vencer, sino a eliminar. Le han hecho varios atentados, su familia ha tenido que exiliarse y le ha tocado vivir siempre escoltado. Ahora quieren implementar una nueva estrategia y es la muerte política. La idea es crear toda suerte de escándalos desde la tergiversación de cada propuesta que el candidato Gustavo Petro o su fórmula vicepresidencial Francia Márquez ponen sobre la mesa para decir al país que son iguales de corruptos, violentos o autoritarios. Ya es bastante evidente que no pueden vencerlo desde la política, el argumento, la inteligencia, la propuesta, la comprensión de los problemas fundamentales del país, el bagaje cultural, la cultura general. Aquí se conjugan muchos aspectos distintos a los mencionados: el clasismo y la desnudez de una clase gobernante que durante mucho tiempo aparentó ser culta, ética y respetuosa. Las redes sociales y la informática no están solo del lado perverso del poder, sino que han servido a la ciudadanía para hacerse a la información e incluso producir información. Los medios de comunicación poderosos ya van pasando a un segundo plano. No tienen el monopolio de la información. De ahí que en poco tiempo surgen diversas versiones frente a un mismo hecho o informes que confrontan la propaganda desplegada por los grandes medios. La ciudadanía cada vez cree más en ella misma, lo que ha aportado a las transformaciones de la consciencia ciudadana que se fortaleció al despejar, relativamente, ese fuerte discurso de las FARC que no permitía ver otras posibilidades para Colombia.

Lo anterior me permite plantear que requerimos de una nueva ética y consciencia ciudadana a la hora de votar. Por un lado, la ciudadanía tiene una parte de responsabilidad en lo que su clase dirigente hace. Por tanto, somos corresponsables de lo que sucede con los destinos de nuestro país. Entonces, esta nueva ética – consciencia consiste en una revisita de sí que cada colombiane debe hacer para situarse y colocarse frente a la idea de una Colombia mejor. Todas las fuerzas vivas del país, comprendidas las más retrógradas y retardatarias (las violentas), deben confluir en agendas que permitan superar el panorama descrito. Sin dudas esto pone sobre la mesa el fuerte debate en la diferencia. La gran plurinación puede surgir solo un acuerdo entre su diferencia constitutiva. En este orden de ideas, hacer del país una Potencia Mundial de la Vida no será posible si la sociedad colombiana no decide hacer lo que Gustavo Petro ha reiterado en sus discursos citando a Jean-Jacques Rousseau: “un nuevo pacto social”. El Vivir sabroso puede ser precisamente ese horizonte: una apuesta ética ciudadana y un acuerdo social sobre lo fundamental para hacer de Colombia una democracia, un Estado Social de Derecho.

Además, en tiempos electorales como el actual, la nueva ética-consciencia debe remitirnos al escrutinio de las trayectorias de vida, propuestas y desarrollos discursivos de quienes buscan regir los destinos del Estado plurinacional colombiano. En efecto, esto de cara a la realidad local, regional, nacional y global. Asimismo, es fundamental una revisita al pasado y lo que hemos sido para tomar posición. Esta nueva ética – consciencia es en este sentido colocarse. Comprender que como sujeto colectivo e individual me asiste una responsabilidad que, aunque hago mención del voto, va mucho más allá. Después del voto debe venir el acompañamiento y el seguimiento al gobernante. Aquí el colocarse implica asumir un comportamiento íntimo y público por la democratización desde la raíz. Por ejemplo, como ciudadano no puedo aceptar que se comparta información falsa contra un candidato. Igualmente, si a un ciudadano los medios manipulan las estadísticas y le fabrican hasta la sonrisa en afiches para hacerlo más atractivo, es mi deber como ciudadano tomar postura crítica frente a este asunto. Si la propuesta de mi candidato es la constante calumnia, el insulto y la mentira frente a su oponente, esto deme comprometerme a tomar una postura ética. Si los allegados a la candidatura de mi candidato o candidata están comprometidos con escándalos de corrupción e incluso de promoción de la violencia y se valen de bandidos para hacer una propaganda negativa contra un oponente, debo posicionarme frente a esto. De lo contrario estoy siendo cómplice de lo sucedido. ¿Es lo que yo quiero aportar a la construcción de Colombia, el engaño?

La construcción de una nueva Colombia implica esta corresponsabilidad de leer los programas, de discutirlos, de seguir la información desde fuentes plurales, de confrontar las versiones y pensar la coherencia de las propuestas en el terreno. También, esta nueva ética y consciencia ciudadana nos llama a asumir posturas políticas abiertamente, pero con capacidad de discutirlas sin violencia. El país tiene que elevar su cultura política. Esta ética y consciencia traen la política a la mesa en la familia, círculos de amigos, a la academia, a los medios y a las redes. Claro, esto supone sentarnos en la mesa entre diferentes. Una sociedad no supera la violencia en la medida en que los diferentes no logren hacer esfuerzos por desarrollar el pensamiento y construir argumentos para pensar más allá de fanatismos y absolutismos. Asimismo, debe surgir de la ciudadanía un compromiso con la no difusión de información falsa y en el caso en que caiga en el error de hacerlo, asumir con altura la responsabilidad de corregirlo o retirar la desinformación. Esta iniciativa resulta urgente, pues si las decisiones son permeadas por la desinformación quien pierde será todo el país. Con nuestra participación, no estamos convirtiendo en cómplices de regímenes totalitarios y de las implicaciones que tienen para las sociedades. Lo que describo al inicio es una breve radiografía de lo trágico del país que tiene a una clase política y grupos económicos como responsables, pero también a una ciudadanía que de una manera u otra es copartícipe de la catástrofe. La idea de que gane mi candidato no puede ser superior a la concepción de que gane Colombia. De ahí que sean fundamentales el escrutinio, el debate, la información veraz, el contraste y la vigilancia.

Finalmente, esa nueva ética – consciencia debería estar abierta “al perdón social”. Debemos aprender a vernos en el espejo sin violentarnos. Es de precisar que esto no tiene nada que ver con la propuesta que en otrora hiciera Álvaro Uribe Vélez, “perdón y olvido” o, recientemente, “la amnistía general”. La propuesta del candidato presidencial Gustavo Petro, inspirada en parte de las reflexiones de Jacques Derrida, ha sido convenientemente tergiversada por quienes están aferrados al poder y sus medios afines. Es notoria la instrumentalización y entrampamiento que hicieron los medios poderosos y sectores políticos anclados en el poder de este dispositivo social para superar “horribles noches”. Una prueba más de que Petro no dice lo que la gente quiere escuchar, al contrario, la reta al debate, al desacuerdo y al acuerdo. No obstante, ante la complejidad de lo que nos ha pasado como país, resultan necesarias las propuestas que interroguen la ética de toda la población. Indudablemente, esto no se da de la noche a la mañana y se requieren ciertas condiciones mínimas para avanzar en ello. Sin embargo, una de esas condiciones es que un dirigente esté dispuesto a poner el debate y a promover la reflexión social y ética en la ciudadanía. Asimismo, debo agregar que en el país son muchos los que han hablado de esta acción como posible solución a muchos conflictos y a la instauración de una nueva era de paz en el país. De hecho, en una obra titulada Cultura política y perdón, publicada por la Editorial Universidad del Rosario en el 2007, aparecen más de veinte escritores, entre ellos Gustavo Petro y Antanas Mockus, reflexionando sobre el tema. De manera que esta iniciativa tiene mucho sentido en cuanto los traumas y heridas sociales colombianos han llegado a niveles de extremo dolor. Las propuestas estructurales del país se lograrán realizar si existe una discusión sincera entre todos los sectores de la población: civil, educativo, militar, económico, político, ambientalista, culturales, entre otros. Por ejemplo, una reforma agraria sin los terratenientes es casi imposible hacerla. Las preguntas centrales son ¿Estamos en capacidad de asumir una nueva ética-consciencia ciudadana? ¿Estamos los colombianos listos para hacer este tipo de diálogos desde las diferencias políticas, religiosas, culturales, étnicas, económicas, de clase, de género, de sexo? ¿Los grupos poderosos están listos para aceptar el reto de la democratización radical de Colombia? ¿Los terratenientes están listos para participar de este gran diálogo nacional y reparar a quienes les fueron arrebatadas las tierras? ¿Los políticos corruptos están preparados para reparar al país? Les colombianes somos muy cristianos y católicos, pero ¿Por qué nos cuesta tanto la idea del perdón social? ¿O somos fácilmente manipulables?

*Imagen tomada de: https://www.banrepcultural.org/coleccion-bibliografica/especiales/nina-s-de-friedemann

Sobre el Autor: admin