Antisionismo, antisemitismo y la crisis del supremacismo blanco
Por: Federico Pita[i]
La reciente escalada militar en Medio Oriente vuelve a activar un dispositivo discursivo conocido: toda crítica al accionar del Estado de Israel es rápidamente empujada hacia el terreno del antisemitismo. La operación no es nueva. Desde el inicio de la devastación de Gaza, gobiernos occidentales, medios corporativos y organizaciones alineadas con la política israelí han insistido en instalar una equivalencia simple: antisionismo es antisemitismo. Sin embargo, esa ecuación no resiste el menor análisis histórico ni político. El antisionismo forma parte de una tradición larga y plural dentro del propio pensamiento judío y constituye hoy uno de los lenguajes políticos del antirracismo global. Convertirlo en sinónimo de odio antijudío no es un error conceptual inocente. Es una operación política destinada a blindar una política colonial concreta mientras se oculta la reconfiguración del antisemitismo real dentro del orden político occidental.
La coyuntura actual revela con particular claridad esa contradicción. Mientras la guerra se expande y la región se aproxima a escenarios de mayor confrontación el consenso político occidental que durante décadas sostuvo un apoyo casi automático a Israel comienza a mostrar grietas visibles. Encuestas recientes registran un cambio significativo en la opinión pública estadounidense. Mediciones de Gallup indican que apenas un tercio de la población aprueba hoy la ofensiva israelí en Gaza, mientras el rechazo supera el sesenta por ciento. Otros estudios muestran tendencias similares: la confianza en el primer ministro Benjamin Netanyahu se encuentra en mínimos históricos y una amplia mayoría respalda un alto el fuego inmediato. Lo verdaderamente revelador, sin embargo, no es solo la caída del apoyo sino su distribución social y política. El respaldo más sólido a la política israelí se concentra hoy en el electorado republicano, especialmente entre votantes blancos de mayor edad, mientras el rechazo crece entre jóvenes, sectores progresistas y amplias franjas del Partido Demócrata.
Este desplazamiento expone un reordenamiento ideológico más profundo dentro del campo político occidental. Durante décadas, el apoyo a Israel fue presentado como parte del consenso liberal surgido tras la Segunda Guerra Mundial, asociado a la memoria del Holocausto y a la promesa de que el antisemitismo nunca volvería a tener lugar en las democracias occidentales. Ese consenso se está fracturando. En su lugar emerge una convergencia cada vez más visible entre el sionismo estatal israelí y corrientes políticas que se definen abiertamente desde el nacionalismo blanco, el autoritarismo religioso y la reacción cultural.
La figura del agitador estadounidense Nick Fuentes permite observar esa mutación con crudeza. Fuentes es un nacionalista blanco que niega el Holocausto, admira a Hitler y ha defendido abiertamente la instauración de un “gobierno talibán católico” en Estados Unidos. Su discurso combina antisemitismo clásico, conspiracionismo y un proyecto de orden político teocrático. No se trata de un personaje aislado en los márgenes de internet: dentro del ecosistema político que rodea al movimiento MAGA (Make America Great Again) su influencia entre sectores jóvenes de la derecha crece de manera sostenida. La paradoja resulta evidente: en el mismo espacio político que se presenta como uno de los defensores más fervientes del Estado de Israel prosperan figuras que reivindican abiertamente el antisemitismo histórico europeo.
Ese mismo ecosistema incluye figuras con influencia directa en la agenda institucional del poder estadounidense. El liderazgo de Donald Trump ha consolidado una convergencia entre nacionalismo blanco, populismo autoritario y una política exterior cada vez más agresiva en Medio Oriente, incluida la escalada militar contra Irán. Dentro de ese universo ideológico conviven voces aparentemente disonantes pero estructuralmente complementarias. El comentarista Tucker Carlson ha criticado en ocasiones las aventuras militares en la región y cuestionado el alineamiento automático con Israel, mientras amplios sectores del trumpismo continúan defendiendo esa alianza como parte de una narrativa civilizatoria de Occidente frente al mundo musulmán. Esta lógica también encuentra eco en la periferia del sistema internacional. El gobierno de Javier Milei ha construido una política exterior marcada por una alineación incondicional con Washington y con el gobierno israelí, presentándola como una defensa de los valores de Occidente. El resultado es un entramado político transnacional donde conviven discursos contradictorios pero funcionales a una misma arquitectura geopolítica: la rearticulación de un bloque de poder que combina nacionalismo, militarización y una renovada imaginación civilizatoria.
Esta convergencia no es accidental. Forma parte de una arquitectura ideológica más amplia que atraviesa la historia del poder occidental. El supremacismo blanco —la idea de que Europa y sus extensiones coloniales representan el punto culminante de la civilización— ha sido durante siglos uno de los pilares del orden internacional moderno. Bajo ese paradigma se justificaron la esclavitud atlántica, la expansión colonial, la ocupación de territorios indígenas y las jerarquías raciales que estructuraron el capitalismo global. En ese universo ideológico el antisemitismo ocupó siempre un lugar ambivalente: las poblaciones judías podían ser integradas de manera condicional dentro del mundo blanco o convertidas en chivos expiatorios de sus crisis.
La fase actual de la política occidental reactiva esa ambivalencia histórica. El avance del nacionalismo blanco en Estados Unidos y Europa vuelve a poner en circulación imaginarios conspirativos sobre el supuesto “poder judío”, incluso dentro de sectores que al mismo tiempo sostienen alianzas políticas con el gobierno de Israel. El apoyo a Israel funciona entonces menos como una expresión de solidaridad con el pueblo judío que como parte de una narrativa civilizatoria más amplia: Israel aparece como una frontera avanzada de Occidente frente a un enemigo imaginado que combina figuras raciales, religiosas y geopolíticas asociadas al mundo árabe, musulmán o, en términos más amplios, al Sur global.
En ese escenario, la retórica geopolítica se mezcla con imaginarios raciales y religiosos que presentan la confrontación como una defensa de la “civilización occidental”. La paradoja es que esa narrativa convive con el resurgimiento de corrientes políticas que rehabilitan abiertamente el antisemitismo europeo clásico. El resultado es un escenario profundamente contradictorio: mientras se intenta criminalizar el antisionismo antirracista en universidades, movimientos sociales y espacios de izquierda, el antisemitismo real vuelve a ganar terreno dentro del mismo campo político que se presenta como el principal aliado del Estado de Israel.
Comprender esta contradicción es fundamental para cualquier política antirracista seria. El antisionismo no es antisemitismo. La crítica a un proyecto estatal que organiza jerarquías étnicas no constituye odio antijudío. Pero el problema no termina allí. El antisemitismo continúa operando tanto en las tradiciones del supremacismo blanco como en ciertas derivas conspirativas que reaparecen incluso dentro de espacios que se reivindican antirracistas. Confundir deliberadamente estos planos produce un doble efecto político: deslegitima las críticas al colonialismo y, al mismo tiempo, oscurece la persistencia de una de las matrices centrales del racismo moderno. En un momento en que la guerra amenaza con expandirse y las jerarquías globales del poder occidental entran en crisis, la claridad conceptual deja de ser un lujo académico. Se vuelve una condición indispensable para comprender el presente y para enfrentar las formas contemporáneas del racismo en todas sus expresiones.
[i] Politólogo (UBA). Especialista en afrodescendencia, raza y racismo. Fundador de la Diáspora Africana de la Argentina (DIAFAR). Activista antirracista afroargentino.


