El mundo debería estar muy preocupado
El mundo debería estar muy preocupado. El avance con la andanada antidemocrática del gobierno de Donald Trump dirigido a naciones sin ejércitos fuertes, el tratamiento de “países de mierda” a otros, la pretensión de desmantelamiento de la OTAN cuestionando su financiamiento, el retiro de su país de escenarios transnacionales antibélicos, y los altos presupuestos destinados a fortalecer la producción de armas ultrasecretas, generan serias alarmas respecto de las intenciones imperiales que lo animan su proyecto de recolonización.
El ensayo ha empezado y queda reflejado en las jactanciosas declaraciones de haber desinstalado conflictos entre naciones para hacerse con los minerales de algunas naciones africanas, tanto como en las amenazas de guerra contra Venezuela, país que enfrenta hoy un emplazamiento militar descarado por parte de las fuerzas estadounidenses que, contra todo código de decoro y diplomacia, se han lanzado ahora a la incautación de petróleo en barcos dirigidos a países con los que negocia lícitamente el gobierno de Nicolás Maduro.
Sumado a ello, cortar buen parte de la ayuda militar a Ucrania, que supera los 50.000 millones de dólares, para promover un proceso de paz que ha sido interpretado como un vergonzoso cese del fuego y rendición incondicional; acompañado de una narrativa despreciativa de la capacidad Europa para “salir del mal camino que está tomando”, evidencian que en su armazón trasnacional ese continente ya no es considerado un aliado estratégico, tras considerar que ha contribuido a generar “un borrado civilizatorio”.
De igual manera, la multiplicación de acusaciones infundadas y mentirosas dirigidas hacia el actual gobierno colombiano, un país al que todos los gobiernos precedentes incluido el suyo había considerado “un socio estratégico”, refleja la importancia que, en el discurso y la política internacional estadounidense, ha venido ganando la idea de que hacer a Estados Unidos grande otra vez implica erigirse como una voz gritona, pendenciera e impositiva, demandando obediencia ciega y complacencia absoluta.
Esa postura es insostenible sin actos bélicos que exhiban la fuerza suficiente para imponerla, tal como ha quedado demostrado con la ineficacia del ridículo incremento de aranceles que, por exorbitantes, han elevado la tensión comercial a niveles de crisis y alarma permanente en el sistema financiero; ante el hecho de que la dupla Donald Trump – Marco Rubio ha abandonado la estrategia del “soft power”, confiando el futuro de su nación a la arrogancia del poderío militar con el que pretenden obtener una posición comercial ventajosa.
Los alarmantes anuncios de que se ha desacelerado el crecimiento económico contrastan con el optimista mensaje a la nación en el primer año de su segundo mandato.
Los datos parecen confirmar los motivos de alerta: una burbuja bursátil que tiene a viejos magnates como Warren Buffet moviendo sus recursos del Banco de América. Bernie Sanders acusando a Trump de impulsar una guerra ilegal para ocultar una grave debacle económica. El director de la Reserva Federal cuestionando abiertamente el impacto de los aranceles. Fiscales de distrito denunciando el descomunal freno migratorio. Jueces federales ordenando el cese de políticas, decisiones y actuaciones fuertemente cuestionables e impopulares; mientras crece en el Congreso el fantasma de un nuevo impeachment, a medida que se acercan las elecciones de mitad de periodo que podrían llevar a un reajuste en la posición mayoría de los partidos.
Si el tablero de la geopolítica escenifica una contienda en la que hay que advertir lo que ocurrirá tres jugadas adelante, quedan serias dudas de que una intentona neocolonial como la que despliega hoy Donald Trump vaya a terminar bien para su país y para el mundo. El escenario político instalado en este cuarto del siglo XXI evidencia la recuperación de Rusia como actor internacional y, aun más significativa, de China consolidando y extendiendo su presencia en la compleja red trasnacional de relaciones comerciales contemporánea.
El liderazgo de Estados Unidos decrece cada vez más. El hecho de que incluso dentro de su país esté enfrentando un nivel de impopularidad mayúsculo, superior incluso al de cualquier presidente al final de su mandato, no deja dudas del propósito asimétrico con el que se vende como un presidente exitoso en el [des]concierto internacional, tal como lo declaró en su mensaje a la nación, buscando reestablecer la hegemonía estadounidense y el respeto a su nación mostrándole los dientes al mundo.
Aunque muchas de sus acciones, equívocos, frases ignorantes y salidas en falso sólo produce risa, las naciones del planeta deberían tomarse muy en serio el declive de la interdependencia y la construcción de escenarios multilaterales que pongan en riesgo la soberanía, seguridad y recursos de naciones hacia las que se está dirigiendo la flota naval y aérea estadounidense, acompañada de discursos punitivos exculpatorios evidentemente insostenibles, para justificar, por ejemplo el bombardeo de pequeñas embarcaciones que supuestamente transportan drogas en el Caribe y el Pacífico.
El mundo debería preocuparse por la diligencia con la que Trump se propone desplegar, de nuevo, “la doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental”, alimentando bravuconadas bélicas y declaratorias de sometimiento o presiones comerciales como las expresadas hacia Canadá, México, Venezuela, Ruanda y otras naciones africanas, intentando asegurarse cadenas de suministro y control de recursos ilimitados.
Dado el ambiente creciente de incertidumbre y riesgo provocado por un presidente que juega al sometimiento de las naciones, mientras acrecienta el caudal de sus amigos megamillonarios, poniendo en alerta a otros que se han opuesto a sus contradictorias iniciativas, el mundo debería estar seriamente preocupado.

