Coherencia de fondo y forma en la izquierda
Tanto en la forma como en el fondo, el culto a la personalidad en la izquierda ha fomentado prácticas de invalidación, elevando el costo político del acrecentamiento de posturas irreconciliables, rupturas innecesarias, traiciones indecorosas y salidas destempladas que, más allá del necesario dinamismo ideológico en la común confluencia en torno al cambio social, generan bloqueos, alimentan animadversiones o sostienen malquerencias grupistas.
Pese a los eternos reclamos de unidad, en los que se acepta la poquedad de “tragarse los sapos” que requiera el remiendo de las diferentes facciones coaligadas y partícipes en los gobiernos de transición enfrentados a fuerzas tradicionales; lo que se espera, en todo caso, es que la coherencia programática y la solvencia de los principios allane las desemejanzas.
Sin embargo, cuesta tragárselos, cuando perviven dinámicas de acoso, prácticas de sojuzgamiento o se esgrimen estrategias desacomedidas que ponen en permanente tela de juicio a los contrarios e incluso divergentes también incorporados a un gobierno. En buena medida, las asperezas producto de la preeminencia y arrogancia de ciertas personalidades afectas al exhibicionismo, al personalismo y a la adhesión cerrada.
Elevando el culto a la personalidad, se desdibujan las urgencias por corregir y transformar los desequilibrios sociales, las dinámicas de injusticia y los indicadores de desigualdad que son los que, finalmente, afectan e inciden en la disminución o el incremento de la desproporción en las democracias contemporáneas.
Aun con tal claridad, las ínfulas del liderazgo providencial, alimentado ante cámaras y micrófonos, dificultan la prosecución de acciones que alivianen las cargas sociales e incluso sellen las fracturas fuertemente extendidas en sociedades incapaces de cerrar sus heridas, como la nuestra; en las que su historia registra el peso nefasto que han tenido en la vida política los tradicionalmente denominados “caudillos”, “supremos” y “hombres fuertes”, aunque que no se trata de un fenómeno exclusivo de esta nación.
La personalidad carismática tanto como la autoritaria, resultan protagónicas en la historia mundial de la megalomanía, tal como la describe Pedro Arturo Aguirre [Bad Hombres, 2022 e Historia Mundial de la Megalomanía, 2014], antecedido del monumental trabajo adelantado por Theodor Adorno y otros, en torno a la rigidez de la personalidad autoritaria [1941] y las formas obsecuentes de la obediencia que le son referentes.
Con tales aportes académicos, resulta claro que los mesianismos ni son nuevos ni pertenecen a un determinado espectro de la paleta política, que se erosiona cuando la participación se convierte en mera aquiescencia y el cándido asentimiento.
Tal como escribe Aguirre, en las democracias contemporáneas se exacerba tanto la credulidad como la voracidad acumulativa del poder: “la mente popular es incapaz de escepticismo y esa incapacidad la entrega inerme a los engaños de los estafadores, al fraude de las religiones y al frenesí de los jefes inspirados por visiones de un destino supremo. Pero con el tiempo las intenciones iniciales se olvidan. La acumulación de poder se convierte en el único fin y las elecciones en el medio propicio para alcanzarlo.”
Aunque lejos está Colombia de configurar una nación personalista y autoritaria de tal tipo, el efervescente presidencialismo que hemos cuestionado a la derecha también ofusca cuando el proceder mezquino, el actuar caprichoso, la actitud quisquillosa y la reacción pichicata dirigida a su propio gabinete, provienen de un gobernante de izquierda, tal como lo vemos con frecuencia en publicaciones de redes e impresos, tanto como en mensajes televisados y radiados.
Ante la pérdida de la intimidad y el sigilo como estrategia de la discusión política, la preponderancia del espectáculo ha venido a ocupar casi la totalidad de las manifestaciones de la política gubernamental. Si bien ello ha promovido transparencia y visibilidad, también ha permitido que se ventilen las tensiones, se evidencien las fracturas y se documenten las incoherencias en las intervenciones de funcionarios del ejecutivo, representantes políticos y gobernantes electos; no siempre con el mayor beneficio para la democracia.
Por ello, abocados a la necesidad de asegurar que en el futuro electoral las fuerzas de izquierda, progresistas y alternativas tengan una nueva oportunidad de victoria, conviene revisar juiciosamente el fondo tanto como la forma de las recriminaciones, observaciones, mensajes, reconvenciones y llamados que se decide publicitar, a fin de contener la animosidad popular, tanto como el divisionismo interno.
El control de la belicosidad con expresiones desobligantes, enemistadas, discriminatorias, sectarias e incluso racializadas debe erosionarse, en aras de fortalecer los vínculos entre las propias fuerzas y vertientes que garantizan la perdurabilidad de un proyecto político. Tal como afirma el analista Max Yuri Gil, “no puede ser un gobierno coherentemente progresista si no rompe de manera estructural con el racismo, la misoginia y todas las formas de exclusión y discriminación. No todo puede valer, no todo se puede justificar, el culto a la personalidad es un gran error”.
Si a lo que se propone es una ruta de cambio en la que las diferencias y la diversidad estén contenidas, no puede acudirse a groseras e inaceptables expresiones en las que se deslizan las tradicionales formas despectivas o insultantes de sojuzgamiento racial, minusvaloración étnica o tratamiento racializado desde los odres del poder y la gubernamentalidad.
Si lo que se quiere es aunar a diferentes tendencias en torno a la defensa de un programa de gobierno y una plataforma de nación con amplio apoyo y respaldo de diversas y diferentes comunidades, organizaciones, colectivos, grupos y sujetos, debe contenerse la necesidad de aplausos de los incondicionales para pensar en la potencialidad de canalización del sentir ciudadano
Si a lo que se aspira no es a agotar un propósito común, sino elevarlo, el gobernante debe situarse más allá de las estrategias que asignan a ministerios, direcciones y unidades administrativas culpabilidades sobre lo no ejecutado, desentendimientos frente a lo actuado, incomprensiones nacidas en rutas operativas, siempre sujetas a la exacerbación de las antipatías y la manipulación en circuitos informativos disidentes y opositores.
Si a lo que se aspira es a ganar de nuevo, de nada sirve perder a quienes aportaron a elevar las oportunidades de triunfo; electos en la misma fórmula electoral victoriosa. De ahí que convenga entender que la agresión frecuente, el rechazo convencional, la obsesión peyorativa, la estereotipia, el descrédito imaginativo, la rudeza del poderío gubernamental, la desconfianza, el señalamiento catastrófico y la emocionalidad impulsiva minan la coherencia y desestimulan la cooperación.
Ojalá no sea tarde para contener el daño provocado al interior de sectores, colectivos y pueblos extremadamente sensibles que, ante la oportunidad de hacerse nuevamente a la conducción del estado, cuentan cada vez más como fuerza electoral decisoria.
