Un elefante anda suelto
El abrupto y exagerado aumento de testosterona vuelve más agresivos, impredecibles y dominantes a los elefantes, tal como vemos que le ocurre al republicano Donald Trump. A poco más de un año, en segundo mandato, Trump está combatiendo una guerra económica irregular por la que ha resultado tan volátil, pendenciero y polémico que, dentro y fuera de su país, ostenta una marcada impopularidad y rechazo, generando además preocupaciones por su salud mental pues, como paquidermo en cautiverio, en ese estado puede volverse devorador, incontrolable y peligroso, decidido a convertir al mundo entero en su menú.
Desde los tiempos en los que Thomas Nast caricaturizó el bipartidismo estadounidense asignando al burro y al elefante la representación de las colectividades políticas, el segundo ha sido símbolo del partido republicano. Con su segunda victoria, alcanzada por el descontento con el gobierno Biden y la desconfianza generada con su tardío reemplazo como candidato presidencial, la consigna MAGA [Make América [Estados Unidos] Great Again] ha desplegado una perturbadora virulencia
Un año después de su posesión, en el universo MAGA lo único que crece es la inversión en seguridad y guerra, mientras se desvanecen las inversiones en protección social orientada a la vivienda, la educación y la salud; recortando fuertemente las políticas asistenciales; medidas que incluso sorprenden a buena parte de quienes veían en Trump una figura retadora del establecimiento, cuya continuidad en el liderazgo de su nación contendría el impacto inflacionario, restituiría la solvencia económica y consolidaría la presencia hegemónica con la que Estados Unidos suele presentarse al mundo.
Hoy, su talante áspero, el uso político de la policía migratoria, el debilitamiento de la institucionalidad, la concesión de beneficios a los más ricos, el recorte presupuestal a políticas de impacto social, y los desafueros internacionales que suman más de 148 asesinatos en bombardeos por su política antidrogas y han depuesto violentamente a un presidente en funciones; lo califican como el peor de todos los presidentes, de acuerdo al 58% de encuestados recientemente por la prestigiosa CNN. Si la misma encuesta se realizara a nivel mundial, la percepción negativa resultaría vertiginosa. Por todo ello, crece la posibilidad de someterle a juicio político, el tercero que enfrentaría como mandatario, sumado a su condena criminal en suspenso.
Lo que Trump representa para la política en el siglo XXI revela la descomunal desproporción que ha ganado el presidencialismo frente a la preservación de pesos y contrapesos institucionales; mucho más en un complejo entramado jurisdiccional como el del país norteño, en el que el poder judicial palidece hoy frente a la concentración y despliegue de la fuerza del ejecutivo federal, confrontado permanentemente en un balance de fuerzas cambiantes en las dos cámaras del congreso.
Más allá de la política interna, el elefante desparpajado e iracundo que representa Donald Trump preocupa al mundo al generar incertidumbre con decisiones tan antojadizas como impositivas, que están acrecentando la hostilidad en redes sociales y subiendo el tono en escenarios otrora diplomáticos, desplazando la agitación del barullo comercial hacia la inquietud militar y la tensión bélica.
La pretensión de anexarse Groenlandia, los asesinatos por bombazos a pequeñas embarcaciones supuestamente cargadas de droga, la invasión a Venezuela y el secuestro de su gobernante en funciones, la manifiesta inquina contra el presidente Gustavo Petro y otros gobernantes en el mundo, la desconsideración al referirse a las decisiones soberanas de algunas naciones que han sido tradicionalmente aliadas, el cuestionamiento a las naciones europeas acusadas de liviandad frente a China y Rusia, las declaratorias e intencionalidades de apoderarse y anexarse territorios pertenecientes a otras naciones [practicada igualmente por esas naciones], y la descomunal retirada de Estados Unidos de diferentes entidades y organismos multilaterales, entre muchas otras imprecaciones y altanerías, exponen al mundo ante los desafueros de un alborotador pendenciero, al que incluso profesionales en salud mental caracterizan como un narcisista maligno.
El autoritarismo de Trump no embruja. Su retórica altisonante ha dejado en claro que su afán injerencista no pretende instalar elecciones, ni defender la democracia ni afianzar la paz orbital. Por lo contrario, como lo evidencian sus declaraciones sobre la Venezuela en la que el control político permanece en manos de la administración chavista, su única preocupación es el petróleo, el control de los materiales escasos, y el establecimiento de enclaves económicos que respondan a la resituación colonial, esgrimiendo el garrote de la Doctrina Monroe y desplegando una versión confrontativa del golpismo transestatal.
Pese al susto de que un mandatario colérico persista en arrinconar a diferentes países imponiendo a la fuerza sus decisiones, el reordenamiento del mundo implica enfrentar esa y otras intentonas neoimperiales que tienen como protagonistas a Rusia, a China y a desgastadas colonias europeas, hilvanando un modelo relacional que anule la unipolaridad arbitraria y concrete repartos de poder político, militar, tecnológico y económico favorable a la coexistencia humana en común, eliminando la incertidumbre estratégica que representa la concentración e influencia unicista.
Para ello gana importancia la lectura del trabajo teórico de mujeres y hombres que buscan enarbolar cambios sistémicos que impliquen retos deliberadamente contraliberales frente la estructura de dominación capitalista, como camino para encarar el dilema solidario y humanitario de hacer frente a las protuberantes opresiones y desigualdades del sistema mundo contemporáneo.
Urgidos de transitar hacia un futuro justo y equitativo, sin declaraciones optimistas y edulcoradas que enmascaren las veleidades y limitaciones del tiempo presente para conseguirlo, resulta claro que, hoy más que nunca, deben desideologizarse las pretensiones fundamentalmente económicas que animan al capitalismo. Por ello evidencia su estado precario la declaración del actual presidente de Naciones Unidas quejándose de que el Consejo de Seguridad Nacional es ineficaz y ya no representa al mundo, toda vez que su mandato no ha significado un reto a la disfuncionalidad de ese organismo, inútil para enfrentar las complejidades en la geopolítica contemporánea.
El presente siglo deberá probar si son posibles recomprensiones multipolares, para las que empiezan a reflejarse nuevas alianzas y enlaces comerciales y políticos que terminarán por poner en jaque las jugadas unilaterales, reclamando nuevos escenarios en los que las naciones de los diferentes continentes se encuentren representadas, poniendo en entredicho el poder de veto en las Naciones Unidas, el establecimiento asimétrico de imposiciones y sanciones, el boicot trasnacional a medidas económicas coercitivas, y el establecimiento de nuevos bloques de acción y negociación que incluso retan el patrón dólar como moneda de estabilidad e intercambio.
Por lo pronto, si el elefante anda suelto e indomable, habrá que encontrar la manera más eficaz y conveniente de someterlo, sin convertirnos en cómplices del circo que le dio rienda suelta al elegirlo.

