La guerra persiste en un siglo triste
No termina bien el año para la política, en un siglo triste. De hecho, las inquietudes respecto del mundo que hemos podido construir en estos 25 años del siglo XXI reflejan un cúmulo de lamentos cada vez más cargados de zozobra y malestar, conteniendo incluso el presagio por una guerra mundial de proporciones desconocidas y devastadoras.
En lo que va del presente siglo, hemos vivido un conjunto de guerras, enfrentamientos y conflictos marcantes de la geopolítica mundial, con cifras tan escandalosas que deberían haber concitado la atención de toda la humanidad en torno a su desescalamiento. Por lo contrario, el despliegue de actores y procesos vinculados a conflagraciones crece en todos los continentes, tanto en el continuo euroasiático, en la complexión africana y en la fraccionada América.
El siglo nos sorprendió con la guerra de los Estados Unidos en Afganistán, prolongada durante veinte años. Tras más de 170.000 muertes oficiales, el aparente derribamiento del régimen Talibán y su reposicionamiento en 2021 evidenciaron la intencionalidad rentabilista que la motivo, en torno al control del petróleo; de la misma manera que la invasión de Irak y el posterior derribamiento y muerte de Saddam Hussein, dejaron un número indeterminado de muertes que podría incluso acercarse al millón, entre víctimas civiles y combatientes.
El mayor conflicto en África, oculto a las redes noticiosas tan desafectas de informar lo que ocurre en ese continente, se escenifica en Sudán desde el 2004, sin que haya culminado a la fecha. Antes bien, los últimos efectos bélicos registran una serie de masacres con propósitos de “limpieza étnica” que desestabilizan a ese país y a otros fronterizos. Sumando más 200.000 muertes, resulta pasmoso el silenciamiento público y el mutismo internacional, mucho más tras el derrocamiento de Omar al-Bashir en 2019.
En Etiopía, las atrocidades de la guerra en Tigray continúan, descomponiendo el futuro de una de las naciones con mayor población en África, seriamente afectada por la vulneración de derechos y la implementación de la crueldad en enfrentamientos bélicos demenciales. Tras la guerra con Eritrea y las tensiones con Somalia, el siglo no ha traído confort ni bienestar para sus más de 135 millones de habitantes.
En general el cinturón del Sahel, en el que se han escenificado golpes de estado en Guinea, Mali, Níger, Chad, Sudan y Burkina Faso, imponiendo la salida de Francia de sus antiguas colonias [incluida Gabón], refleja la complejidad en la que la pluralidad de intereses imperiales incide en la instalación y deposición de gobiernos según resulten afectos o desafectos a proveerles acceso a enorme riqueza representada en disponibilidad de recursos naturales. Si bien hay vientos de cambio en la región, la amenaza bélica continua, extendiendo el desasosiego en la región.
Siria supera el medio millón de muertes, con una de las crisis de refugiados más protuberantes del mundo. El monumental desplazamiento de unos 6 millones de personas, producto de la persecución religiosa y la tensión político – territorial que ocupa a una pluralidad de agrupaciones que se disputan el control de los recursos, supone la continuación de un conflicto en el que el intervencionismo de Estados Unidos y Rusia han medido fuerzas, igual que en otros escenarios vecinos, convirtiendo la “primavera árabe” en una pesadilla extremista, autoritaria y mortal.
Yemen, Libia y Siria, Túnez, Egipto padecen todavía conflictos internos, cercamientos represivos, debilidad estatal y colapso humanitario al verse involucrados en conflictos vecinos que se suman a sus propias contingencias bélicas, frustrando las oportunidades de un supuesto afianzamiento democrático que hoy refleja fuertes evidencias de sufrimiento masivo y destrucción social.
La guerra en la región de Donbás en 2014, y la posterior invasión rusa en Ucrania en el 2022 nos han dejado ante una guerra transmitida en vivo y en directo, sin que los 11 millones de desplazados y refugiados que ha generado, y las más decenas de miles de víctimas mortales cesen todavía el accionar de una potencia que ha prometido devastación total ante los anuncios de apoyos militares con tecnología avanzada por parte de la OTAN y Estados Unidos. Aunque hoy parece acercarse a la rendición, el cierre de esta conflagración todavía no ocurre.
Finalmente, la demencial arremetida de Israel contra Palestina, so pretexto de exterminar al movimiento político – militar Hamás ha sembrado de sangre, dolor, sufrimiento a Gaza, superando los 70.000 muertos, en su mayoría civiles; destacando la especial violencia sostenida contra más de 20.000 niños y niñas asesinados en un conflicto que, pese a haber firmado la paz, sigue sumando muertes diarias sin cesar.
Incluso en América, continente con un bajo nivel de aportes bélicos al descontento planetario, no cesan las documentadas acciones de lesa humanidad perpetradas por guerrillas, paramilitares, escuadrones de la muerte, destacamentos policiales y fuerzas militares, que se suman a los bombazos promovidos por el gobierno estadounidense so pretexto de controlar el tráfico de narcóticos dirigido a ese país; mientras se hace cada vez más evidente la intención de apropiarse de los recursos petrolíferos de Venezuela, declarando incluso la intención de convertirla en una colonia anexada, elevando las posibilidades de un inusitado, incierto e indeseable enfrentamiento caribeño del que participarían China, Rusia y Estados Unidos.
El siglo XXI no está siendo un siglo feliz. Por eso me sobrecoge el protagonismo del sufrimiento, la tristeza y la decepción del tiempo presente, a la hora de desearle al mundo una pacífica navidad y un próspero año nuevo; más cargado del irrenunciable optimismo que de animosas certezas, siempre en vísperas de hacer posible la utopía del común.

