Los peligros de la amenaza naranja

Por Última actualización: 11/12/2025

Insulto tras insulto, amenaza tras amenaza, felonía tras felonía, el presidente de los Estados Unidos ha venido encendiendo el escenario político en afrolatinoamericano que, en su mayoría, se encuentra en pleno desarrollo del ciclo electoral presidencial, buscando influir abierta y descaradamente en los resultados.

Argentina, Brasil, Ecuador, Chile y Honduras han sentido su presencia desinstitucionalizadora, pretendiendo condicionar las decisiones internas, buscando incluso incidir y determinar el decurso político, condicionando ayudas, perdonando y liberando a un sentenciado expresidente narcotraficante, retirando visas de jueces y gobernantes, imponiendo absurdos aranceles o eliminándolos sorpresivamente.

Los casos más dramáticos se escenifican ahora contra Colombia y, especialmente, Venezuela.  En el país gobernado por Nicolás Maduro, no sólo se trata de sentencias virulentas sino de presencia física imperial violenta. El emplazamiento de embarcaciones y portaviones con tropas de asalto preparadas para perpetrar una incursión militar, que no ha recibido apoyo popular ni de los representantes en el congreso estadounidense, refleja el despliegue de maniobras de presión y confrontación inquietantes, en un contexto geopolítico en el que la arrogancia imperial parece imponerse nuevamente a cualquier intento que la humanidad haya concebido para ordenarse y coordinar sus acciones.

Las medidas de presión se despliegan ahora hasta el acoso, buscando el agotamiento económico que sostiene a Maduro en la presidencia, al sobreponerse a una dura crisis que implicó la migración de más de cuatro millones de venezolanos. En la presente semana, en un acto de piratería presentado como incautación fuerzas militares estadounidenses bajo las órdenes de Trump han retenido una gigantesca nave petrolera, en una supuesta acción contra redes ilícitas de transporte de crudo sancionado.

De manera alevosa e increíblemente mentirosa, Donald Trump la ha emprendido contra el presidente de Colombia, alegando que en este país no sólo hay “fábricas de droga” sino que las mismas son producidas con la complicidad o participación de Gustavo Petro. Más allá de lo delirante que resulta tamaña aventura dicharachera, lo que se advierte es que en estados Unidos distintas fuerzas opositoras han venido cocinando un golpe que ponga tras las rejas a Petro, usando para ello cualquier argucia, incluida esta que lo presenta como narcotraficante, incluyéndolo en la lista de personas especialmente designadas por tal crimen.

Ambas naciones han visto estallar, sin proceso judicial ni participación de instancia penal alguna, pequeñas barcazas en el Caribe y el Pacífico acusadas de transportar drogas ilícitas, sin mostrar evidencias de tal ilícito y sin sopesar que no existe en el contexto nacional de Estados Unidos ni en el marco de entendimiento internacional, figura alguna que autorice tal proceder que, a todas luces, expone a quienes deciden y participan de las mismas ante acusaciones de crímenes contra la humanidad.

Las acciones de Trump, distan de las de un gobernante serio. Peor aún si se considera que en su primer gobierno, y menos ahora, ha dado la talla de un estadista respetuoso de la libre determinación de los pueblos. Ni siquiera en su propia nación ha sido respetuoso de los fueros y asignaciones de las autoridades locales y estatales, al imponerles la presencia de ICE, la policía migratoria, contra el querer de la ciudadanía, los gobernantes y las empresas que dependen de la actividad productiva en manos de una fuerza laboral internacional descomunal.

Mientras tanto, las demostraciones de fuerza, sin respaldo legislativo ni consenso internacional, pululan, al tiempo que se refiere a “países de mierda”, “naciones de delincuentes”, gente “sucia, “inmunda, repugnante” con tanta frecuencia que desespera su permanente aparición mediática ofensiva, a la que se suman las múltiples agresiones verbales a periodistas de su país, especialmente mujeres.

Las repercusiones internacionales del escenario prebélico que ha montado Trump en Venezuela, deslizando afirmaciones tendenciosas que hacen pensar en que Colombia podría resultar seriamente afectada al extender su intentona belicosa hacia nuestras fronteras, ponen de presente el fuerte cuestionamiento que viene ganando en el internacionalismo la injerencia indebida y las afrentas a la determinación libre del destino de los pueblos.  Más allá de la retórica democrática, está en juego la pervivencia misma del sistema de naciones unidas, seriamente cuestionado por la arrogancia en la implementación de acciones unidireccionales por parte de “la amenaza naranja”, como llaman a Donald Trump en las redes sociales.

Por lo pronto, las palabras de desaprobación d buena parte de las naciones no han logrado contener la voracidad autoritaria trumpista, cuyo nivel de intervencionismo no sólo resulta descarado, sino que pone en tela de juicio el papel de los organismos multilaterales en la resolución de conflictos regionales.

Más allá de las afectaciones personales que, en el caso de Colombia, representan para Gustavo Petro y miembros de su familia, las acciones intencionadas con las que el presidente de Estados Unidos pretende elevar el clima de confrontación, animado por fuerzas opositoras bastante activas incluso dentro del congreso de ese país, enrarecen el ambiente político interno.

Frente a la connivencia con intereses estratégicos de potencias extranjeras, bien valdría la pena que las y los candidatos, políticos y agentes comerciales favorables a tal nivel de desinstitucionalización sopesaran lo que pueden perder, buscando ganancias al promover este revoltijo mercantilista emprendido por la peligrosa amenaza naranja.

Sobre el Autor: Arleison Arcos Rivas

Arleison Arcos Rivas