Educar contra la poca placentera orgía verborreica
Una de las características más protuberantes del barruntamiento institucional en las naciones de América refleja el peso exagerado, intrascendente y, no pocas veces, maléfico de la vocinglería en los escenarios deliberativos y decisionales, en el que imperan las y los habladores.
La exasperante verborrea, sin contenido ni fundamento, se explaya en conjeturas, suposiciones, retruécanos, acusaciones infundadas, reproductoras de narrativas cargadas de animadversión, con las que se disfraza de argumento un insufrible e inútil cacareo dirigido a la exaltación fanática de la turba.
Dedicados al oficio de injuriar y calumniar sin sanción alguna, quienes acceden de modo preferente a los micrófonos, las cámaras y las demás alternativas mediáticas disponibles, administran un torrente de palabra huecas que, contra la formación de la opinión, desinforma y carga de ruindad el discurso público, socavando el debate y la discusión sopesada.
El pulso imaginativo cede al escándalo y la irrelevancia. En las toldas de las diferentes facciones, cada palabra dicha parece armada, sometida a la vigilancia constante del otro, acusado de actuar con mayor virulencia y afán de vituperio de lo esperado. Algo así como “nadie es tan violento como lo son ustedes”, impulsando frecuentes e insufribles duelos verbales.
El otro o la otra persona, convertida en sospechosa de alevosía, es imaginado como un ente imposible de diálogo, satirizado con afirmaciones absolutas. La palabra dirigida al contrario no alimenta la oposición ni el simbolismo del ágora. Todo lo contrario, se convierte en alevosa munición contra la construcción del sentido y la afirmación de lo común.
La deslegitimación, el alinderamiento, la exaltación de identidades cerradas y fijas amenaza al disenso, alimentando la vaciedad en medio del ruido, sin que haga eco la máxima propuesta por Neruda, quien nos propone que el diálogo sea el lenguaje de la paz.
De manera frecuente el discurso se convierte en simulacro de guerra. Especialmente en el avieso entorno del congreso y de la contienda sufragista, las trincheras políticas profundizan la descalificación sistemática, los ataques indiscriminados, los improperios funestos, las expresiones calenturientas, estimulando emocionalidades discursivas dirigidas a manipular las percepciones con acusaciones que rompan los consensos y exacerben la fronterización, procurando siempre la mayor visibilidad, calculando meticulosamente el rédito electoral acumulable.
El hastío violento tras la poco placentera orgía verborreica, en lugar de animar la disputa argumentada y el sopeso de lo discutido, dibuja un paisaje de viejos eslóganes partidistas marchitos, oníricos propósitos de campaña, promesas vacuas y cavilaciones vanas que bloquean todo acto de enjuiciamiento crítico propositivo.
¿Qué hacer? Persistir en el reclamo elogioso de la dificultad, aspirando a sostener con palabras la lucha por causas que valen la pena, sigue siendo una abierta y necesaria convocatoria a romper con la eterna aburrición del océano de mermelada sagrada de la opinión desecada de sabor.
Como nos aleccionara Estanislao Zuleta, la lucha por la dificultad, es decir, contra el facilismo reclama que depongamos la antipatía, al tiempo que catapultamos la contradicción como condición necesaria para la circulación del pensamiento y las ideas, estimulando la discusión colectiva y la resolución alternativa de nuestros conflictos; armando la emancipación contra la repetición bucólica.
Una pedagogía del esfuerzo, que entienda el trascendente papel de la educación del público, constituye una manifiesta urgencia para un país como Colombia, transido de desigualdades, exclusiones, desconfianzas, incomprensiones, hostigamientos y violencias alimentadas en la diferencia amenazadora.
Emprender la tarea de armonizar procesos educativos promotores del cuidado a la palabra y gestores del encuentro en la diferencia, constituye un aporte significativamente vital superar el cálculo utilitario de la repulsa, la cínica malversación del discurso injurioso, e incluso la resignación lastimera y quejosa frente a la insufrible orgía verborreica, mil veces reproducida y reeditada en redes sociales, tanto como en informativos televisivos, programas radiales y notas de prensa.
Si no ocupa la educación como práctica de libertad, tal como Freire y hooks nos la proponen, precisamos afinar el sentir y el escuchar a las otras y los otros, buscando cuestionar y transformar las posturas prejuiciosas, las preconcepciones vacías y la inactivación del juicio razonado, buscando el compromiso con la fecundidad dignificadora.
La educación crítica, cargada de dificultad y dignificación, resulta transgresora justamente porque desplaza la erosiva belicosidad retórica hacia el terreno fértil del desafío del pensamiento, eliminando los puentes del adoctrinamiento y la imposición persuasiva. Contra el formateo mental que representan las actuales fuentes informacionales, una conciencia lúcida y desconfiada de las verdades empaquetadas, de los titulares incendiarios y de la altisonancia perturbadora no sólo es plausible sino cada vez más imperiosa.
Nos urge una práctica educativa que fomente en el discurso el placer de entendernos, sostenga la discusión acogedora, y desmonte el apasionamiento, el ultraje, el insulto y el agravio patéticamente característico de la insulsa y poco placentera orgía verborreica.

