El incierto partidor de las campañas electorales

Por Última actualización: 06/03/2025

El partidor de las campañas electorales para la contienda 2026 en Colombia no parece prometedor. Entre serias inquietudes por la calidad de las candidaturas y fuertes vientos de agitación violenta por la reinstalación de actores armados en distintas partes del territorio nacional, alimentar el oportunismo de la polarización no genera tranquilidad, con miras a los siguientes comicios.

El gobierno nacional ha venido haciendo la tarea de dirigir el accionar de las fuerzas armadas hacia los territorios en los que la guerra ha recrudecido. Sin embargo, la volátil condición del conflicto en el país, producto del descuido en cuatro años del gobierno Duque intentando “hacer trizas” los avances de paz, así como por los graves equívocos al pretender avanzar hacia la paz total en tantos frentes de diálogo y negociación simultánea, no sólo hicieron imposible avances más osados, sino que evidenciaron que somos un país inmaduro para disfrutarla.

Al avecinarse la disputa por los cargos de elección popular, la ciudadanía suele ser bombardeada por una intensiva difusión de dimes y diretes, cada vez más alejados de postulados políticos e ideológicos sopesados en el rigor de los estatutos partidistas o en la solidez de los acuerdos nacionales en torno a lo común.

La política colombiana orbita, patéticamente, en torno a personajes mediáticos más que alrededor de figuras o personalidades públicas, cuyas opiniones suelen ser antojadizas, calcadas y emulatorias, dependiendo del resorte clientelar, politiquero o partidista que le anime.

La puerilidad, cuando no la comodidad de los pareceres, alcanza niveles de banalidad, despropósito y perplejidad en muchas de las voces que se escuchan y son presentadas como “líderes” de las fuerzas contendoras, que han perdido relevancia como gestoras de la opinión pública, evidenciando una lejanía creciente entre el electorado y las candidaturas.

Pese a que los partidos y movimientos siguen aspirando a permanecer estables, organizados e incidentes en el acontecer nacional, sus dirigentes se solazan en ditirambos a figuras del pasado o a lisonjeras figuras de gobiernos pretéritos que resultaron débiles para canalizar las inquietudes y necesidades de la ciudadanía. Otros, agitadores de desgracias, se empecinan en rechazar toda iniciativa del gobierno presente, sin darnos la posibilidad de concentrar el interés nacional en provocar avances que evidencien el que, pese a que derecha e izquierda discorden, pueden encontrarse en torno a asuntos que deben superar las polaridades para que el país prospere.

Las confluencias programáticas fueron disueltas a punta de tiros y de plata, sin que el país se haya vuelto a preocupar por reordenar las ringleras de seguidores, no sobre los viejos colores bipartidistas, sino en torno a propuestas cargadas de futuro que garanticen suficiente apoyo para que las elecciones no se conviertan en un simple trámite.

En ese desiderátum, la maquinaria se impone. La realidad de las organizaciones electorales desnuda su poquedad, al verlas convertidas tanto en microempresas electorales como en fábricas de avales, puestas al servicio de las corporaciones y las familias clientelares, sin manifiesta vocación de poder, y sin posibilidad alguna de convocar a sus filas a partidarios comprometidos con los basamentos que deberían caracterizarles.

Nuestro apocamiento resulta tan personalista que nos caracteriza la toma de los partidos tradicionales por jefes inveterados, cuyos apellidos parecieran despojar a sus colectividades de toda aspiración multitudinaria, crecida en torno a una esfera pública rica en sentidos y proposiciones. Uribismo, Pastranismo, Santismo, Duquismo, Petrismo, se convierten en monedas de fácil circulación en un país que ha cifrado el mercado electoral en torno al usufructo de tal protagonismo.

Aunque la aspiración a que contemos con procesos políticos más densos, maduros y transformadores, no puede cederse al capricho antojadizo de la clientela, ni al aceitoso movimiento de maquinarias, ni al calor encendido de los vendedores de humo en redes virtuales o medios de información y desinformación, en el actual momento de la vida nacional no se percibe que crezca un movimiento amplio que deponga el mero interés electorero y ponga en el centro la construcción del común.  Ni siquiera el llamado a convocar una única fuera de izquierda aviva el interés de la opinión pública por el momento, sembrando interrogantes en torno al futuro de la política en el país.

Resulta claro que la izquierda tuvo esa posibilidad al conquistar, por vez primera, la presidencia de la república, elevando igualmente como vicepresidenta a una figura étnica de singular importancia y reconocimiento, la sensación de no haber podido alcanzar metas sensibles en la expectativa del cambio al que aspiraba la ciudadanía, está cobrándole al gobierno su estabilidad.

Ante el creciente lamento que evidencia desconcierto y malestar con decisiones que ha tomado el presidente, afectando tanto su solidez en la denuncia de la corrupción, como su pasado frentero ante asuntos clientelares y politiqueros, sorprende que ponga en riesgo el caudal electoral de la izquierda al entronizar a figuras de dudosa integridad, cuya presencia significó la salida ministerial de varias personas, incluso escuderos fieles y leales. Como hemos mencionado en otros momentos, no se entiende que se asegure la continuidad de tales personas, cuando con ello se mengua la solvencia moral del presente gobierno. Ojalá alguna vez sepamos lo que hoy no es evidente.

Al final, tanto las fuerzas de izquierda como las de derecha, incluido el centro, deberán enfrentar el malestar de la ciudadanía con organizaciones que han descuidado el contenido transformador de la política, rompiendo el sello de la representación vacía en los escenarios para los que se disputan los cargos y curules. ¿Cuál vaya a ser el desplazamiento de la saeta electorera venidera? Ojalá que sea, decididamente hacia el mejor futuro posible; ya veremos.

Sobre el Autor: Arleison Arcos Rivas

Arleison Arcos Rivas