El mercado de las opiniones
22 de febrero de 2025
Por: Arleison Arcos Rivas
Es urgente que el país desescale la animadversión en el mercado de las opiniones. La exaltación, el acaloramiento, la ofuscación manifiesta ante la menor discrepancia, el escozor y altanería frente a la discordancia; actitudes que no corrompen el fundamento de lo común e impiden avanzar en los propósitos de la cohesión social.
En el mundo de las opiniones, el acaloramiento creciente se ha vuelto habitual, casi naturalizado. Pululan los reproches indecorosos, las frases altisonantes, los insultos y las expresiones despreciativas, sin que importe si se las dirige a un absoluto desconocido, al presidente de la república, o al mismísimo Papa, incluso.
Los registros arrebatados y ardorosos con los que se comenta en redes sociales se elevan a tal grado que cortan toda oportunidad comunicativa, accionando el disgusto como medida de las tendencias en torno a los temas del acontecer. Al mismo tiempo, tales comportamientos resultan estimulados por las posturas sobredimensionadas y poco objetivas con las que los medios convencionales informan, tanto como desinforman a sus usuarios.
Alimentando la incomodidad y el fastidio, la multitud de quienes contestan sin empacho alguno cada trino o entrada, se aleja de la actitud mesurada y crítica que debería imponerse en la expresión ciudadana- La búsqueda de sentido en la tarea de facilitar el intercambio de información y la conexión entre las personas que participan el ejercicio de socialización virtual, flaquea.
Entre los millones de textos, imágenes y videos publicados sobre cada asunto que ocupa el día, las reacciones y comentarios desencajados se incrementa, minando la horizontalidad del enlace informativo y el sentido articulador de la comunicación en la era de las tecnologías digitales.
Mucho más en el ámbito político, motivados por el gran alcance, la inmediatez y la perdurabilidad que las caracterizan, quienes ofician de representantes y figuras electas acuden a las redes como estrategia de difusión y acercamiento directo a la ciudadanía, a los opinadores profesionales, a influenciadores y a decisores, pulsando su popularidad en los millones de dispositivos disponibles a menor costo que con las alternativas propagandísticas y publicitarias cotidianas.
Por lo mismo, sin medida alguna, entre caracteres y difusiones, se desvanece el ejercicio sopesado y riguroso que caracterizaba al pensador, hombre o mujer; desperfilando a quienes evitaban a toda costa la oratoria desorbitada, magnificando el engaño y la falsedad como mediatización de la mentira.
Contra la popularidad de las redes, la verdad pierde sentido. En el permanente foro virtual en el que tienen voz hasta los más coléricos y pendencieros, el espíritu del ágora y la necesidad de koinonia o comunión, queda relegado al sitial de la añoranza y la nostalgia; negándose a las generaciones presentes la oportunidad para entenderse, acordar, sopesar, debatir, apreciar y estimar diferentes posturas sin reacciones de sobresalto ni desproporción.
Tanto para quienes son reconocidas y valorados como líderes de opinión, como para los millones de voces anónimas que interactúan con ellas y entre sí, urge recuperar el sentido bilateral y pluralista que debería imponerse en la acción discursiva de quienes intercambian sus mensajes, pareceres y puntos de vista, considerando que el eco y la multiplicación de receptores no debería ser lo único a lo que aspire quien opine. Animar el debate no significa promover altercados, chaqueteos ni agarrones, como parece que ocurre en el diseño de la turbulencia que rentabiliza la polarización.
Precisamente porque defendemos el derecho de participar sin intermediaciones ni censores, de manera directa y con total libertad, no nos acostumbramos a alimentar odios ni a exacerbar matoneos y trances compulsivos en las redes, tal como vienen haciendo de manera malintencionada y sistemática incluso sus dueños.
El actual estado calamitoso de la opinión en las redes sociales constituye un valioso llamado a pasar de la tolerancia a la compasión. Muchas veces se nos ha olvidado que el propósito de opinar no es dañar al otro u otra ni provocar su sufrimiento. Justo por ello, debemos empecinarnos en madurar posturas éticas en el uso de las redes sociales, de manera que resulte posible trenzar lazos de coimplicación y empatía, que den fuerza a lo común y vigoricen la cohesión social; con urgencia.

