El racismo mata
04 de octubre de 2021
Por: Gustavo A. Santana Perlaza
En Colombia el racismo despoja, precariza, empobrece y mata. Sus gentes lo han naturalizado de tal manera que se niega radicalmente; “no existe”. Teniendo en cuenta que, el Estado-Nación colombiano se ha formado bajo retóricas inscriptas en la idea de raza que distribuyó, organizó y gestionó las vidas jerárquicamente, ubicando en la parte baja de la balanza a los cuerpos y territorios otrerizados, y refugiando su impacto en el mestizaje como mecanismo de invisibilización. Les hablo del racismo estructural.
Entiendo el racismo estructural como el diseño institucional que se alimenta y reproduce la subalternización de unas poblaciones e individuos racialmente marcados, con lo cual se benefician otras poblaciones e individuos. De ahí que esta dimensión del racismo atraviese todo el edificio institucional (Restrepo, 2020). Es una invención colonial que significó y sigue significando la inferioridad de unos cuerpos, personas o gentes para la explotación, la violencia y la muerte, y la superioridad de unos marcados racialmente para el control y aprovechamiento.
El sentido común de la sociedad colombiana, forjado por la diferenciación colonial, justifica el trato desigual hacia determinados seres humanos y grupos sociales. En este encuadre, según Mbembe, la idea de “raza produce e institucionaliza ciertas formas de infra-vida, se justifican la indiferencia y el abandono, se ultraja, vela u oculta la parte humana del otro, y se vuelven aceptables ciertas formas de reclusión, inclusive ciertas formas de dar muerte” (2016: 76), lo que se constituye en un reflejo de la composición social moderna que habitamos, donde cuerpos marcados racialmente no merecen la dignificación y garantías como seres “humanos”. Para Foucault, “la raza y el racismo son la condición que hace aceptable dar muerte en una sociedad de normalización” (1976: 237), dejando en relieve la formación de sociedades en las que los individuos somos mediados por normas que organizan y distribuyen, normas que viabilizan las violencias para ciertos cuerpos marcados, en este caso, por la raza y el racismo como jerarquías del poder reguladoras de la modernidad.
Situando lo anterior, Colombia se conmueve cada que evidencia en los medios de comunicación y digitales las prácticas racistas fuera de su contexto (el caso George Floyd es un reflejo), la mayoría se indigna y rechaza aquellas cuestiones que consideran externas a su realidad. Se escuchan enunciados como: “en Colombia no pasan esas cosas” “el racismo en nuestro país no existe, es cosa del pasado”. Me pregunto ¿será el racismo cosa del pasado?, al reconocer en términos raciales las dinámicas desiguales y mortíferas que configuran al país, digo que no, el racismo es cosa del presente y nos atraviesa a todxs.
Un ejemplo de muchos es la educación, el sistema de salud, la economía y demás condiciones necesarias para dignificar la vida, que históricamente han sido mezquinados por los aparatos institucionales. Una violencia institucional que se posiciona como práctica racista-necropolitica con la que incrementan los niveles de vulnerabilidad. Esto lo hacen conscientemente, ya que, a partir de los supra-diagnósticos que decantan las condiciones sociales que debilitan y ahogan las presencias de las poblaciones otrerizadas, quienes ejercen el poder, ignoran el llamado de intervención. Se sabe qué vidas importan y cuáles no.
El racismo ha tributado en el diseño de las desigualdades y realidades mortíferas, convirtiendo nuestras existencias en objetos para el manoseo, la barbarie y el empobrecimiento, con el que reproducen un modelo de sociedad y unos proyectos de vida particulares armonizados por las limitaciones para el desarrollo integral de vida digna. “Este racismo se encarna en acciones y omisiones concretas que, derivadas del funcionamiento mismo del sistema institucional, tienen el efecto de reproducir las desigualdades y jerarquía” (Curiel, 2017, citado en Restrepo, 2020, p. 237).
El racismo estructural es una destrucción máxima que acaba con el ser, pensar, saber y estar en el mundo de los racializados. Es aberrante, pero es una realidad, ver y sentirse menos que otra persona (white le llamamos entre jóvenes), nos habitúan a reconocernos como un problema, nos enseñan a desmarcarnos como individuos, como comunidad. Este poder racial de clasificación y violencia es de tan gran magnitud que los cuerpos racializados difícilmente identificamos que los problemas sociales que obstaculizan las existencias son direccionados para tal misión por la matriz política que organiza las vidas y las muertes en el país, más bien, nos creemos los gestores de dicha realidad truculenta.
Estas líneas no me dan para exponer todo lo que quiero problematizar, sin embargo, contarles que el racismo esta imbricado en todas las dimensiones de la vida, aclarando que, no existe un racismo, sino una multiplicidad de prácticas y discursos que producen sujetos y subjetividades; organizan las existencias. Toda discriminación no es racismo. Vivimos en una Colombia racista, el primer paso es reconocer y aceptar. ¿Por qué la precarización y el empobrecimiento se concentran en las gentes y territorios racialmente marcados?; ¿Por qué la muerte se enquistó en los territorios y gentes racializadas?; ¿Por qué nada cambia, más bien empeora?; ¿Por qué la matanza simbólica y física de los racializados, al país no le importa?

