¿Por qué se perdieron las elecciones?
¿Por qué se perdieron las elecciones? Un análisis de los argumentos y percepciones planteadas por los participantes de un debate en redes sociales
En una entrada de Facebook propuse a quienes interactúan conmigo que identificaran sus razones por las que se perdieron unas elecciones presidenciales con las que se debería haber asegurado la continuidad del proyecto progresista en Colombia. Aunque existe una plural, desproporcionada y amplia diversidad de opiniones, se destaca el hecho de que, para la mayoría de participantes, el resultado no se explica por un solo factor, sino por la interacción de elementos de contexto, institucionales, políticos, comunicacionales, organizativos, e incluso culturales.
Los comentarios reunidos en esta conversación contribuyen a entender la enorme complejidad tras el desenlace de procesos electorales en los que la redes sociales han alcanzado un nivel de incidencia portentoso, frente a otros instrumentos de difusión de las narrativas en contienda.
El conjunto de 59 intervenciones[i], 20 de ellas retiradas del ejercicio de síntesis por ser memes o comentarios de opositores y odiadores, fue sometido a análisis de contenido cualitativo, asistido por tres herramientas de inteligencia artificial, a las que se solicitó realizar lectura analítica, evitando interpretaciones aisladas, para lo cual debían agrupar los argumentos expuestos, codificarlos, agruparlos y cuantificarlos por frecuencia. A partir de ese ejercicio emergen las líneas argumentales que se registran a continuación.
1. El presunto fraude electoral como explicación principal
Las masivas concentraciones en plazas públicas, las altas votaciones en sondeos de redes y la sostenida permanencia como puntero en las encuestas caracterizaron la campaña de Iván Cepeda; por lo que se percibe una marcada discordancia entre estos fenómenos comparados con la cercanía en los escrutinios oficiales.
La explicación más reiterada sostiene que el resultado no obedeció a una derrota política sino a un fraude electoral bastante sofisticado. De hecho, aunque no se cuenta con evidencia suficiente, lo cual será motivo de una nota posterior, varios observadores internacionales coinciden con los participantes en este hilo de comentarios, afirmando que hubo irregularidades que desde el proceso de inscripción de candidaturas, cuestionan el papel de la Registraduría, a lo que agrego la inacción de la Fiscalía ante la ocurrencia de delitos, y la precaria e insuficiente vigilancia institucional, especialmente del cuestionado Consejo Nacional Electoral.
2. Exceso de confianza y triunfalismo
El triunfalismo mató la campaña desde antes de la primera vuelta, sería la conclusión más reiterada como segundo argumento en este ejercicio. Con sobradas evidencias, se advierte que la Alianza por la Vida cayó en un exceso de confianza, al asumir anticipadamente que la victoria estaba asegurada. Pese a que toda campaña debe autoproclamarse victoriosa, como estrategia motivacional y de adhesión de sus electores, la jactancia redujo el esfuerzo organizativo, contuvo la inversión en la estrategia comunicativa, debilitó la movilización territorial y llevó a subestimar el potencial de victoria del adversario.
De repeso, el triunfalismo llevó a exhibir publicas diferencias internas, señalamientos y macartizaciones que levantaron fronteras y rompieron innecesariamente algunos puentes que era conveniente sostener en pie. Como decían las abuelas, “seguro mató a confianza”, juiciosa advertencia de que la falta de precaución y el exceso de laureles resultaron engañosos y llevaron a tomar pésimas decisiones en el círculo cercano del candidato, por ejemplo, limitando las alianzas y declarando exclusiones de personas que movilizan caudales electorales significativos que, pese a su representación como politiqueros, han permanecido cercanas al gobierno Petro.
3. Debilidades en la estrategia de campaña
La campaña debió mejorar los niveles de crítica interna y sus estrategias de comunicación, considerando que los niveles dispares de acceso y presencia en las redes sociales, la influencia de los medios informativos convencionales en territorios urbanos, y las alternativas noticiosas inciden de manera diferente entre las distintas generaciones de votantes.
En la percepción de buena parte de las y los participantes, se cuestiona el liderazgo del equipo de coordinación nacional, la poca incidencia de equipos regionales y la baja inversión organizativa característica de una campaña excesivamente austera, incluso para segunda vuelta, cuando ya se contaba con una mayor progresión de recursos que serían reintegrados por reposición de votos.
Sumado a la presencia territorial de actores armados, la insuficiente presencia en territorios controlados por estos, la falta de cercanía de la campaña a amplios sectores ciudadanos en barrios y localidades y las limitaciones logísticas debilitaron las oportunidades para concitar una mayor afluencia de votantes.
La sensación de que “la campaña la hizo la gente” se dejó sentir fuertemente en redes sociales, para destacar el fervor popular que acumuló la mayor votación histórica de la izquierda y el progresismo en Colombia, tanto como para cuestionar el distanciamiento con otros sectores electorales, una vez conocida la derrota.
4. Deficiencias en comunicación y marketing
Uno de los consensos más claros gira alrededor de la comunicación política, al advertir que se llegó a primera vuelta sin diagnóstico suficiente de las estrategias desplegadas por la derecha, enfilando baterías hacia una postura reactiva frente al adversario en segunda vuelta. Pese a lo sorpresivo que resultó para la mayoría de los analistas y para las y los opinadores públicos en redes, el crecimiento electoral de quien se definió como el Tigre asestó un tremendo zarpazo que hirió el ánimo de los electores menos motivados a participar en la contienda.
De modo comparativo, se advierte que la campaña fue inferior a la de su contendor en marketing digital, en fomento de redes sociales, en producción audiovisual emblemática, en la socialización intensiva y oportuna de la narrativa política, y en la comunicación emocional, a la que no ayudo mucho el propio candidato y su fórmula vicepresidencial. La austeridad de la campaña golpeó negativamente su visibilidad e influencia, evidenciando que el progresismo no ha colonizado las iniciativas de incidencia audiovisual que hoy privilegian a TikTok e Instagram por sobre otras redes que tienen formas discursivas y estéticas lejanas a las poblaciones con mayor potencial electoral.
En este aspecto, resulta tremendamente impactante la campaña negativa desplegada por el adversario, la cual no fue contestada con igual intensidad ni contundencia. La pobreza en redes sociales hizo tardía la promoción jugada por la vida, contrastando con la exitosa construcción como un enemigo de la patria milagro al que hay que destripar, narrativa que se hizo permanente en redes y cadenas de mensajes.
5. La fórmula vicepresidencial
Aunque no comparto esta lectura, un grupo importante de comentarios atribuye parte del resultado a una desafortunada elección de la fórmula vicepresidencial, que no habría producido suficiente empatía o conexión electoral, mucho más ante la poca formación académica que acumula.
A mi juicio, resaltando su procedencia indígena y arraigo popular, considero que quienes encontraron motivaciones para descontarse de la adhesión a la campaña por la vida responden más a percepciones racistas, prejuicios sociales y clasismo que al reconocimiento de la trayectoria de lucha y movilización de la candidata.
En lo personal, considero destacable que el progresismo haya catapultado la representación afrodescendiente e indígena en las dos últimas elecciones, a lo cual debe considerarse igualmente que en futuras ocasiones puedan presentarse como precandidatos o incluso llegar a ser candidatas personas provenientes de los pueblos étnicos del país.
6. Desconexión entre dirigencia y bases sociales
Curiosamente, la victoria del primer gobierno progresista en Colombia pudo tener un impacto negativo sobre quienes consideraron que su continuidad representaba un factor desestimulante, muy diligentemente redituado por la campaña adversaria, la cual explotó la relación de cooperación entre sectores de la dirigencia política y el gobierno actual para presentarlos como “los de siempre” mientras se vendía como “los nunca.
El efecto de esta narrativa lleva a comentarios asociados a que durante los últimos años se debilitó la relación entre la dirigencia política y las organizaciones sociales, generando una marcada sensación de no verse representados, ser poco escuchados o haber sido desatendidos por los liderazgos nacionales e incluso por agentes estatales que provienen de sectores tradicionalmente movilizados como izquierda o activistas de colectivos.
Así, en un país acostumbrado a la compra y venta de votos, frente a una campaña con claros compromisos éticos se comenta que faltó apoyo a procesos comunitarios, hubo escaso reconocimiento de quienes trabajaron en la periferia, y se alimentaron tensiones y divisiones internas que desconectaron a la dirigencia con las bases electorales. Siendo notorios los avances y ejecutorias gubernamentales, algunos comentaristas cuestionan por ejemplo que no fueron tenidos en cuenta ni se abrieron espacios para perfilar de mejor manera la contienda incorporando a quienes han militado por décadas y a sectores jóvenes más trascendentes, mientras creció la visibilidad de oportunistas y representantes electos muy poco activos o con bajo reconocimiento en las comunidades.
7. Factores culturales y comportamiento del electorado
Para cerrar, aparecen un conjunto de prácticas que valdría la pena sopesar en una columna aparte, toda vez que pueden ganar notoriedad al momento de considerar mutaciones en el comportamiento de quienes se encuentran poco motivados para tomar parte en la contienda electorera. Aspectos de difícil reacomodo como el clasismo con el que puede percibirse a una campaña o sus candidaturas, el racismo incidente en una decisión electoral, la superficialidad que logra seducir sin trasfondo ideológico pero con intensidad en la persuasión digital o algorítmica, el influjo ganado por el voto emocional y las estrategias de manipulación mediática, que resultan de significativo calado.
Estas tácticas producen sesgos ideológicos, alimentan heridas históricas y sustentan rechazo a propuestas progresistas, siendo que resulta cada vez más decisorio el que muchas personas votan desde experiencias personales, miedos y creencias arraigadas, más que desde un análisis programático consistente. Así, por ejemplo, resultó imposible demoler la falsa acusación de “guerrillero” enrostrada de manera impúdica por el candidato opositor y su séquito convertido en “manada” de seguidores desafectos de pensarse críticamente esas afirmaciones.
8. Una grave Influencia externa
Finalmente, en los últimos días se han hecho mucho más evidentes las acusaciones de injerencia externa en la confección del resultado electoral. No sólo por las serias dudas en el proceso de registro, votación y escrutinio en muchos consulados del país, especialmente en los Estados Unidos y México, sino por la declarada intervención del gobierno norteamericano en favor de la candidatura que finalmente fue reconocida como vencedora.
Las campañas de desinformación, la promoción de apoyos extranjeros, las proyecciones electorales promovidas por empresas de apuestas, la manipulación de métricas y algoritmos en redes sociales, el privilegio informativo en cadenas y corporaciones informacionales cuyos propietarios son extranjeros, la instrumentalización de la inteligencia artificial acompañada de la proliferación de rastreadores, chatbots, y bots de redes que facilitan la difusión masiva de respuestas y mensajes repetitivos y automatizados con propaganda negativa, elevaron la influyente malquerencia sostenida durante cuatro años de un violento antipetrismo, condicionante de la opinión pública.
Amén de la profunda autocrítica que corresponda adelantar en el balance del gobierno de Gustavo Petro y Francia Márquez, queda expuesta igualmente la necesidad de fortalecer el control ciudadano en futuras elecciones, de manera que resulte posible un nivel de exigibilidad de transparencia plena que obligue a la Registraduría Nacional, como institución garante de este proceso, a implementar de una vez por todas la modernización integral de nuestro sistema de voto, conteo y escrutinio. La democracia colombiana requiere visibilidad y veeduría pública de los códigos del software electoral, la publicación trazable y en tiempo real de las actas transmitidas, así como el aseguramiento inalterable de cada voto depositado y escrutado.
En varios comentarios también se plantea que estas reflexiones deberían servir para fortalecer futuras campañas y preparar con mayor anticipación las próximas contiendas electorales, ante la expectativa de que el progresismo logre un retorno renovado y victorioso al gobierno, empezando por su afianzamiento en las venideras justas regionales.
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