Me asusta el voto por la derecha
Estoy asustado con la potencialidad del votante común que se suma a las derechas para poner en riesgo hasta los más sensibles beneficios sociales conquistados en largas luchas históricas, en procesos sufragistas en los que poblaciones enteras consumen, sin mayor conciencia de ello, narrativas moldeadas por máquinas diseñadas para influir en la política y decidir resultados electorales.
Asustado, no porque constituye un fenómeno de los tiempos presentes que deba ser leído como cualquiera otro, procurando su mejor comprensión, sino porque las izquierdas movilizadas y las alternativas progresistas se encuentran todavía sin mapa para comprender tales impactos, bloquearlos creativamente y contribuir a su encausamiento o transformación.
Además del obsesivo radicalismo autoflagelante sobre la propia izquierda, con el que los sucesos sociales, políticos o económicos que contrarían las expectativas optimistas son sometidos a la precarización crítica del “ya lo sabíamos”, “se veía venir”, “y qué esperaban”, o “siempre es lo mismo”, sobreabunda la inmediatez discursiva y la verborrea justificatoria que imposibilita entender, con rigor argumentativo, lo que acontece.
Así, ante el inusitado y sorpresivo crecimiento de una opción de derechas a todas luces inconveniente para el país, muchos parecieran necesitar las viejas cartillas de formación orgánica en los viejos movimientos sociales y partidos de orientación marxista, maoísta o leninista, insistiendo en que están dadas las condiciones para reconstruir la conciencia de clase y erigirse como la vanguardia o la punta de lanza de la organización popular.
Aunque mucho aprendimos con ellas a estructurar nuestro pensamiento, resulta evidente que esas estratagemas que exigen un significativo nivel de compromiso y militancia no son útiles para captar la atención de generaciones altamente expuestas al bombardeo informativo de las actuales redes sociales y sus metodologías de impacto visual interactivo, instantáneo y de alcance masivo.
El ascenso de las derechas, tal como reconoce profesor italiano Steven Forti, autor de Extrema Derecha 2.0 y Democracias en extinción, pareciera por momentos irrefrenable, apropiándose de la discursividad e incluso de banderas que han caracterizado a las izquierdas. Ante las posturas más extremas y recalcitrantes de las posturas anárquicas, aquellas que aspiran a voltear la tortilla jugando al todo o nada, las franjas menos urticantes de la derecha han logrado presentarse como adalides democráticos.
A la derecha hoy se la ve desplazándose cómodamente hacia una postura de centro en la que encuentran un nicho estable para concentrar a quienes, con slogan acomodaticio, se activan bajo el “reformas sí, pero no así”, “construir sobre lo construido”, “no destruir lo que funciona”, y muchas otras expresiones retóricas destinadas a moderar, contener y aplazar la necesidad de transformaciones.
En el vademécum retardatario de las derechas aparece la gradualidad, el reclamo de consenso, la llamada a la estabilidad y el cuestionamiento a supuestas improvisaciones que tienen de fondo la insistencia en que las estructuras y matrices del orden social deben someterse a cambios lentos, ajustes controlados y propuestas conservacionistas en las que no aparezca radicalización alguna que ponga en riesgo “la solidez de las instituciones”, o “la moderación técnica”.
De manera protuberante, el ascenso de quienes instrumentalizan la fe cristiana, católicos o protestantes, estimulando un pietismo miope, ha contribuido a desplazar el debate político hacia una postura moralizante regresiva y simplista que tradicionaliza la vida pública, favoreciendo la adhesión a posturas conservadoras e incluso fundamentalistas que convierten las opiniones religiosas en sustento legítimo de las candidaturas beneficiarias de la prédica.
La retórica de la derecha, que tiende a adoptar reivindicaciones que no concibió y contra las cuales batalló, termina por ser adoptada vaciándolas de sentido, cargándolas con arandelas edulcoradas o limitando drásticamente su aplicación e implementación, siempre bajo el recubrimiento proteccionista de la salvación nacional, de la salvaguarda del orden social convencional, y la acérrima defensa del empresariado.
En Colombia, en pleno proceso de elecciones, la receta derechista saca las garras y se sitúa en un extremo confrontacional con los “defensores de la patria” liderados por Abelardo de la Espriella quien, tras un escudo de cristal blindado, se presenta como un hombre fuerte que predica seguridad, restauración de la nación y preservación de lo instituido, anunciando una eufemística “patria milagro” regida por la fe.
Su virulento proyecto de salvación nacional se alzó con la mayoría de votos en primera vuelta, señalando como enemigos a sus contradictores, falsamente acusados de ser guerrilleros, comunistas que atacan al heroico empresariado, impíos que se oponen a los “valores tradicionales”, auspiciadores del narcotráfico y de la delincuencia bajo el manto de la paz total.
Alimentando un radical antipetrismo que recicla al uribismo tradicional, los ataques a Iván Cepeda se han convertido en el combustible incendiario de una campaña dirigida a una manada a la que le promete romper con las mesas de diálogo y revivir la mano dura en la resolución militar de la multicriminalidad en el país, construyendo cárceles de máxima seguridad al estilo Bukele, cuyo corte de barba imita, adicionando una calculada reciedumbre en sus espectáculos casi circenses.
La derecha que pretende personificar un abogado defensor de notorios criminales, paramilitares y narcotraficantes, quien posa de verdadero outsider en la política, se presenta como defensora de una patria homogénea, cristiana, tradicional, emprendedora y armada, promete con estridencia salvar la democracia por la razón o por la fuerza.
Para ello apunta a desmontar la JEP nacida de los acuerdos con las FARC que otrora defendía, desmontar la estrategia de paz negociada, desacelerar la restitución de tierras, reinstalar el ahorro en fondos privados, desmontar el marco regulatorio de la reforma laboral, meterle motosierra al tamaño del estado recortando 700.000 cargos, y promover la fracturación hidráulica en los páramos.
Habrá que esperar hasta el 21 de junio para saber si el país acompaña definitivamente semejante involución en un país que ha pagado con fuego, sangre y muerte el precio de su frenética amnesia, aumentando el susto.


