Urge elevar la imaginacción política

7 de marzo de 2024

Por: Arleison Arcos Rivas

La dinámica política colombiana evidencia hoy una marcada tensión que sitúa a sus protagonistas en lados contrapuestos, sin puntos de convergencia a la vista, sin imaginacción política: con ideologías desarticuladoras y sin acciones susceptibles de provocar confluencias.

Mientras el gobierno alimenta la convicción de que el cambio es posible y que sus acciones y propuestas reformadoras lo están concretando, se ahonda la talanquera construida por las diferentes fuerzas opositoras que pretenden bloquear a toda costa las iniciativas del ejecutivo.

Sin diálogo posible hasta ahora, se traza una línea divisoria que dibuja el fraccionamiento creciente entre quienes ganaron, por primera vez en las urnas, la posibilidad de sanar la fractura social, y la resolución de quienes han controlado la matriz de poder por persistir en su empeño de hacer de Colombia un país al alcance de sus sueños, pese a las marcadas evidencias de que, en estos, no está incluido el bienestar para las grandes mayorías.

Así, para la derecha marchante en las calles, y para quienes se pliegan a los discursos difundidos por medios corporativos y mensajes intensivos en redes sociales, «la izquierda se ha dedicado a destruir lo que se había construido», con «reformas que no tienen sustento» y «perjudican a los más pobres», «socavan la institucionalidad».

Mientras tanto, el acicate permanente de exfuncionarios como Alejandro Gaviria, políticas como María Fernanda Cabal o empresarios como Bruce Mac Master, entre otras y otros, alimenta la idea de que las reformas no sólo son improcedentes como las ha presentado el gobierno nacional, sino inconvenientes; haciendo malabares con las estadísticas deficitarias de sistemas como el de la salud o el pensional.

Tal como afirma el analista León Valencia en su cuenta de Twitter X, “la derecha colombiana se ha puesto, de manera extraña y tozuda, a contravía de la historia, hace pocos años marchó contra la paz y ahora desata marchas contra las reformas sociales indispensables y urgentes, no se da cuenta de que seguimos anclados en siglo XX y llegó la hora de pasar al siglo XXI”

Esa, precisamente, es la evidencia palpable del malestar acumulado contra los decisores políticos, los gremios y financistas que habían controlado la economía, las políticas, la contratación pública y las ejecutorias gubernamentales, hasta ahora; sin que el rumbo de los asuntos comunes favoreciera a las grandes mayorías.

Colombia ha sido un país con una desastrosa política presidencialista, desarticuladora de las regiones y del ordenamiento territorial armónico, con inversiones públicas clientelarmente selectivas, e incidencia poblacional pauperizante. No por nada, se registran lamentables cifras de crecimiento deficitario en los mismos departamentos y ciudades que, por décadas, elevan sus lamentos sin encontrar quien secunde sus anhelos en el ámbito nacional. Chocó, La Guajira, Guainía y muchas poblaciones caucanas, nariñenses, cordobesas, bolivaristas, santandereanas, eternas víctimas del conflicto armado y sus desafueros económicos.

De igual manera, los diferentes índices, incluso los alentadores respecto de la disminución de la pobreza monetaria, exponen las graves desproporciones subsistentes en la precarización de la vida y la reproducción de la injusticia económica, en un país en el que ciudades como Bogotá, Medellín o Cali, reflejan la hondura de la desigualdad persistente.

Por ello se reclama el que nos elevemos sobre el respeto a las reglas de juego de la democracia procedimental, y se avance ostensiblemente en lo sustantivo. Si izquierda y derecha están de acuerdo en que el país va mal, pero sus propuestas ni si quiera pueden ser discutidas suficientemente, la fractura sobreviniente puede llegar a ser irresoluble y demencial.

De ahí que no basta que el Congreso se aplique a producir leyes sin impacto ni trascendencia en la confección de alternativas y soluciones para los graves problemas que padece el país. Tampoco resulta aceptable que la oposición parlamentaria decida firmar asistencia y se retire de los debates, rompiendo el quorum que permita aprobar o improbar las decisiones legislativas, como le corresponde constitucionalmente.

No cabe duda de que, si queremos un país con sueños promisorios que cobijen a toda su gente, urge elevar la imaginacción política. Más allá de imaginar ideas y propuestas sobre lo divino y lo humano, hay que concretar, ya y con celeridad, las acciones necesarias para que resulte posible integrar los fragmentos de lo que hemos sido hasta ahora como nación.  

Adendas:

[1] Que la gente marche para dar a conocer su opinión y expectativas políticas, me parece bien. Lo indecoroso es llevarles a la calle sin debate, con mentiras y falsificaciones.

[2] Celebro la actitud de las fuerzas del orden, respetuosas de la protesta social. Por ello suscribo el trino de Sofía Petro Alcocer para quien “La gente que salió a marchar hoy volvió a casa, con sus dos ojos intactos, sin lesiones, como tiene que ser porque la manifestación es un derecho. Porque la libertad de expresión es un derecho. Ojalá hubiese sido así siempre. Un cambio fundamental, una garantía de democracia (sic)”.

Sobre el autor

Arleison Arcos Rivas. Activista afrodescendiente. Defensor de la vida, el territorio y la educación pública. Directivo, Docente e investigador social. Licenciado en Filosofía. Especialista en Políticas Públicas. Magister en Ciencia Política. Magister en Gobierno y Gestión Pública. Doctor en Educación. Cdto. en el doctorado en Ciencias Humanas y Sociales. Es autor y coautor de varios libros y artículos en torno a los estudios de la afrodescendencia. Rector de la IE Santa Fe – Cali.
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