La Casa Mínima. Una puerta angosta hacia la memoria negra de Buenos Aires

Por Última actualización: 23/11/2025

23 de noviembre de 2025

Por: Sol Duarte[i]

En el corazón del barrio de San Telmo, la vivienda más estrecha de la ciudad despliega una historia que trasciende su tamaño. Entre mitos y registros, la Casa Mínima invita a revisitar la presencia afroargentina en San Telmo y a recuperar un capítulo silenciado de la Buenos Aires del siglo XIX.

En el Mes de la Afroargentinidad seguimos visitando lugares vinculados a la historia nacional y la presencia afrodescendiente. Ubicada en el pasaje San Lorenzo 380, en el barrio de San Telmo, aparece una fachada tan delgada que parece a punto de desaparecer entre las paredes vecinas. Es la Casa Mínima, una construcción de apenas dos metros y medio de frente y unos trece de profundidad, considerada uno de los últimos vestigios urbanos que sobreviven desde principios del siglo XIX. Aunque su escala sorprenda, no es la estrechez lo que la vuelve excepcional, sino la densidad histórica que concentra su estructura.

Los estudios realizados por el arquitecto José María Peña muestran que esta vivienda es el resultado de sucesivas subdivisiones de un terreno mucho mayor. Hacia 1860, la parcela original tenía dieciséis metros de frente y diecisiete de fondo; lo que hoy persiste es apenas el fragmento de una propiedad extensa que, con el correr de los años, fue reduciéndose hasta adoptar su forma actual.

Sin embargo, el interés que despierta la Casa Mínima no radica solo en su singularidad arquitectónica. También interpela a la memoria afrodescendiente de la ciudad. San Telmo y Montserrat fueron, entre los siglos XVIII y XIX, zonas de amplia presencia afrodescendiente, comunidades de personas esclavizadas y luego libres que trabajaban, formaban familias y construían redes de sociabilidad y resistencia. Entre los relatos transmitidos oralmente, uno asegura que la vivienda habría sido obsequiada a un ex esclavizado que fue liberado, lo que le valió el nombre popular de “La casa del liberto”.

En un barrio que albergó comparsas, naciones africanas, espacios de reunión y formas propias de organización social, y que ahora sigue siendo un barrio de candombe y milonga, la Casa Mínima funciona como un recordatorio material de que Buenos Aires fue y aún sigue siendo una ciudad negra. Recorridos recientes centrados en las raíces negras de San Telmo la incluyen como un punto clave para comprender cómo ese legado quedó escondido entre conventillos, subdivisiones y narrativas que exaltaron otros orígenes.

Quien llegue hoy al Pasaje San Lorenzo y se detenga frente a la angosta fachada verá más que una curiosidad turística. Verá un fragmento del pasado que resiste, la puerta verde, el pequeño balcón, las paredes que parecen guardar historias que no fueron registradas por la pluma oficial. Y, sobre todo, la invitación a imaginar la vida cotidiana de quienes rara vez aparecen en los manuales escolares pero que levantaron y moldearon la ciudad.

En el mes de la afroargentinidad, la Casa Mínima se vuelve un umbral simbólico. Permite recordar que la población negra no desapareció, que sus memorias no son leyendas menores y que su aporte no pertenece al folclore ni a la excepción, sino a la constitución misma de Buenos Aires. Esta vivienda, mínima en metros pero enorme en resonancia, abre un espacio para mirar la ciudad con otros ojos, los que reconocen, por fin, aquello que durante siglos se intentó ocultar.

[i] Activista antirracista e integrante de DIAFAR (Diáspora Africana de la Argentina)

Nota. El aporte del autor, ya fue publicado en:  Diario Página 12 – https://www.pagina12.com.ar/2025/11/23/la-casa-minima-una-puerta-angosta-hacia-la-memoria-negra-de-buenos-aires/

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