Los condenados de la tierra

09 de diciembre de 2021

 

Por: Arleison Arcos Rivas

En noviembre de 1961 Fue publicado un libro que jamás pasará de moda, porque no fue escrito por moda ni de pasada. Los Condenados de la Tierra, una de las más importantes obras de Frantz Fanon, no sólo se instaló en el sitial de los infaltables en cualquier biblioteca, sino entre los libros de cabecera del activismo político. Fue la primera de sus obras que leí y convertí en cartilla de militancia en torno a los problemas del colonialismo, la resistencia armada y la militancia política. De hecho, cuando escribía una monografía extraviada, “raza, racismo y razón”, su espíritu de batalla alimentó cada página en mi temprana concepción de la lucha étnica como una apuesta por la consolidación de escenarios de poder sustentados en la reivindicación de la africanía. Sesenta años después, bien vale la pena revisitar la categoría de los condenados que, a mi juicio, descolla sobre la de oprimidos, subalternos y colonizados.

Condenados están quienes, prisioneros de odios atávicos, cargan sobre sí el peso colonial del oprobio enquistado en contra de África. Hoy, una nueva mutación del virus del Covid está esparciendo la variante denominada Omicron que, para las y los expertos, es producto de la desatención a las necesidades hospitalarias y de vacunación en ese continente. Mientras 10 países acapararon y desperdiciaron parte del 75% de las vacunas producidas a inicios de año, finalizando el 2021 en algunas regiones de África ni siquiera se cuenta con datos respecto de contagios confirmados ni mortalidad; menos aun ha empezado el proceso de vacunación, o se evidencia parsimonia y precariedad en su adquisición y recepción por el mecanismo COVAX.

El que un continente, cuyo reloj poblacional arroja 1.390.648.276 habitantes, haya recibido menos de 500 millones de dosis, evidencia que la idílica “colaboración para un acceso equitativo mundial a las vacunas”, apenas si ha significado la extensión de la práctica filantrópica que denuncia la miseria y desprotección de billones de habitantes del planeta, al tiempo que favorece los menos exhiben el exuberante desequilibrio de los menos que disfrutan la acumulación de riquezas, hasta el hartazgo y sin rubor alguno.

De igual manera, en el continente americano, las cifras de vacunados estriban entre un 20% y un 95% evidenciando las notorias desproporciones de acceso que los países han padecido en una lucha desigual por la obtención de insumos hospitalarios, elementos de protección, respiradores y vacunas a lo largo de la pandemia. Así, mientras los países más enriquecidos necesitaron invertir la irrisoria cantidad del 0,05 de su PIB, las naciones empobrecidas del mundo depositaron cifras que se elevan hasta el 0,70 de sus fatigados ingresos.

Condenados estamos, igualmente, a consecuencia de los niveles de exceso relacionados con las inequidades que la producción petrolera refleja; toda vez que apenas 14 países en el mundo amasan las hiperbillonarias riquezas que representa el 94% de las reservas probadas de crudo en el planeta. La virulencia con la que fuerzas trasnacionales se han ensañado con la Venezuela chavista da cuenta de la manera como la producción de desigualdad en el mercado de capitales no se concentra exclusivamente en la infravaloración étnica o racial sino que apunta a desinstalar procesos políticos que desequilibren las relaciones de fuerza con las naciones que han instalado históricamente hegemonías imperiales, sistemas bancarios, circuitos financieros, organismos multilaterales y mecanismos intervencionistas, incluso con fuerza militar, favorables a sus intereses. El descaro en tales actuaciones suma ya un nutrido portafolio de exacciones y actuaciones abusivas instalando y desinstalando regímenes en todo el tercer mundo, so pretexto de ejercer de vigías de la democracia.

Como si fuera poco, los efectos tras la brecha petrolífera no sólo se manifiestan en la concentración de caudales en tan pocos países y sistemas corporativos que controlan el mercado exportador. Para los condenados de la tierra, las consecuencias de la devastación ambiental, el crecimiento de la desprotección ante calamidades previsibles, el acrecentamiento de emergencias manifiestas y la intensificación de catástrofes naturales desatendidas, acompañan el palpable desinterés por desarrollar de manera intensiva otras alternativas energéticas que contribuyan a desescalar los graves efectos ambientales de la economía extractiva, que sigue acumulando gases de invernadero, provocando alteraciones climáticas sin control, el desaseguramiento de la vida humana y la pavorosa insostenibilidad planetaria.

En el inicio de la tercera década del siglo XXI, hemos visto que los condenados de la tierra padecen los avatares de la política y la desfachatez del modelo de capitales, incluso en momentos en los que estuvo en riesgo ese sistema. Contra la solidaridad y la humanización y proporcionalidad de los intercambios mercantiles, los agentes transnacionales del capital se aplicaron con prontitud a reactivar sus resortes productivos, incluso calculando el riesgo de muerte de las y los trabajadores y asalariados. De hecho, hoy aparecen denuncias de actuación negligente, prácticas monopolísticas e influencia indebida, que comprometen a actores responsables de la política sanitaria y a representantes gubernamentales fuertemente cuestionados por pactos secretos y negociaciones ventajosas adelantadas con empresas farmacéuticas que rápidamente obtuvieron patentes y capturaron los mercados con vacunas cuya probable efectividad hoy requiere de nuevas dosis, sin que estén garantizados sus efectos en el tiempo.

De ahí que resulte perverso constatar que crece y sigue proliferando el cúmulo de condenados en un contexto planetario en el que “las diferentes sociedades están vinculadas unas a otras con una intensidad inédita”, caracterizada por “formas de intercambio y de interdependencia cultural, socioeconómica, política e ideológica desconocidas hasta hoy”, forzosamente productora de una “integración comercial, migratoria y financiera” que, “no impide que exista una gran diversidad de regímenes sociopolíticos y desigualitarios” cuyo “1 por ciento más rico, es la mitad de lo que corresponde al 50 por ciento más pobre en los países más igualitarios … y más del triple en los países más desigualitarios”; como demuestra Thomas Piketty, evidenciando la imposibilidad del capital para disimular sus vergüenzas y extender la infamia y la degradación humana como su atmósfera de prosperidad.

En 1961, Fanon urgía a los pueblos subrogados del mundo a “cambiar de piel, desarrollar un pensamiento nuevo, tratar de crear un hombre nuevo”, socavando las hegemonías coloniales alimentadas por Europa y sus vástagos imperiales, en el rabioso proceso legal y hasta el empeño violento para avanzar en las luchas por su liberación y emancipación. La tarea de la descolonización del mundo, seis décadas adelante, reta a la imaginación de los sujetos, a la reinvención de lo popular; invita a no aposentarse en reivindicaciones de corto plazo, ni acomodarse en el espontaneo derribo de las esfinges coloniales, ni perderse en la reiteración performativa contra las ideologías y mañas hegemónicas de occidente, ni esconderse tras el tímido ajuste resiliente de las prácticas emancipatorias contra las “falsas burguesías que el colonialismo ya ha colocado en el poder”.

En honor a Fanon, más allá de las alternativas emocionales yoicas tras las autoconvocatorias y los performance figurativos de colectivos inmóviles; es preciso completar su obra póstuma hasta hacer caer todo puente mistificado e impositivo, alimentar la transgresión como práctica sistémica, ejercitar la molesta intrusión, irrumpir con rebeldía contra la indolencia y la paciente espera, reinventarse los procedimientos de movilización, de lucha y de combate, hasta retar al poder que no sirve para nada con poder capaz de transformarlo todo; a menos que disfrutemos de la tibia comodidad de seguir siendo, indefectiblemente, los condenados de la tierra.    

Sobre el autor

Arleison Arcos Rivas. Activista afrodescendiente. Defensor de la vida, el territorio y la educación pública. Directivo, Docente e investigador social. Licenciado en Filosofía. Especialista en Políticas Públicas. Magister en Ciencia Política. Magister en Gobierno y Gestión Pública. Doctor en Educación. Cdto. en el doctorado en Ciencias Humanas y Sociales. Es autor y coautor de varios libros y artículos en torno a los estudios de la afrodescendencia. Rector de la IE Santa Fe – Cali.
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