Breviario de la podredumbre

09 de septiembre de 2021

 

Por: Arleison Arcos Rivas

 

“La historia entera está en estado de putrefacción” escribió Emile Ciorán en uno de sus clásicos, en los que alerta a la humanidad de que hemos arribado, irremediablemente, a los tiempos del sinsentido y el descreimiento. Para confirmarlo, basta una mirada a la tragedia llamada Colombia.

El Congreso de la República es un chiste espantoso; tanto como la Presidencia, la Fiscalía, la Procuraduría, las autoridades policiales y militares… La desinstitucionalización no sólo es una palabra larga en el diccionario sino, además, un fenómeno cada vez más decepcionante para quienes aspiramos a entender que, si la política comporta fines nobles, ninguno mayor al compromiso con el vivir juntos; articulando, al menos a retazos de incertidumbre, la ilusión del porvenir.

Contra toda expectativa de benevolencia, las encuestas resultan categóricas: a ninguna entidad se le cree. Ni los contratos en los diferentes programas gubernamentales, ni las actuaciones de la justicia, ni el control fiscal o disciplinario, ni la percepción sobre su servicio, ni los trámites que se adelantan en sus oficinas, ni la atención de quejas y reclamos; nada. Deshonestos, irrespetuosos, injustos, displicentes, desafectos, faltos de compromiso, arteros, mañosos, el funcionamiento de lo público alimenta el germen de la corrupción que crece como un árbol de raíces espaciosas y anchas ramas de frutos podridos, que no sirven siquiera para alimentar al más hambriento pordiosero.

Los noticiarios registran una y otra vez negociados ventajosos que llenan al país de edificaciones ruinosas en cuanto se las inaugura, construcciones mal hechas o sin terminar que se derrumban al soplo del Lobo, raponazos multimillonarios al erario, flagrantes robos en contratos estatales que más parecen transacciones entre financistas. Cuando no se pierde el dinero, las investigaciones quedan en nada, gracias a la actuación negligente de los organismos de control o a la impunidad generada por el socorrido recurso del vencimiento de términos.

En Colombia, de nuevo lloraría el profeta Jeremías al advertirnos que tanto el profeta como el sacerdote vagan sin sentido sobre esta faz en la que los niños mueren de hambre, reciben alimentos podridos, no tienen escuelas o se quedan sin conexión a internet por la venalidad de funcionarios y contratistas “abudinadores”, como verbalizan por estos días en las redes.

Políticos que denuncian a otros políticos y posan de adalides morales, son descubiertos en sus embustes por la voz de antiguas camarillas delatoras. Candidatos a la presidencia que invitan a la no polarización, quedan en evidencia al ventilarse ideas rastreras registradas en viejos escritos y declaraciones o al demostrarse su participación en gigantescos actos de peculado.

Funcionarios en ejercicio, autoridades electas, uniformados de las diferentes ramas militares y policiales, operan como integrantes de bandas, combos y clanes dedicados a ilegalidades en todos los ámbitos del ejercicio público; siempre como aliados, auxiliadores, facilitadores o testaferros de proveedores, distribuidores, constructores, vendedores, adjudicatarios, fabricantes, concesionarios o propietarios de patentes y franquicias comerciantes; muchas veces vinculados a redes internacionales, carteles, oficinas y estructuras delincuenciales.

Bajo la promesa de contar verdades, un sujeto miserable y decrépito al que se endilgan por miles crímenes y monstruosidades viciosas, monta un circo en el que hasta sus vástagos exhalan emanaciones nauseabundas y vomitivas en las que muere todo aliento de vida y resulta inútil alguna esperanza de dignidad y decoro.

Luego de populosas marchas y manifestaciones por todo el país, las y los legisladores deciden a pupitrazo reformas contrarias al querer de la ciudadanía, sin leerlas ni discutirlas; dulcemente cebados con dádivas y gabelas convenidas en el palacio en el que un sujeto insignificante posa de gobernante, mientras su aceptación y popularidad apenas si se eleva sobre el piso del descrédito y el descontento.

Saliendo del villorrio, ni siquiera la amenaza planetaria de un virus adherido a la necesidad de respirar logró saciar la voracidad de farmacéuticas, gobiernos y negociadores que ofertan a precios escandalosamente diferenciales las vacunas adquiridas y acumuladas tempranamente por los más poderosos; mientras los eternos pobres del mundo hacen fila, a la espera de que caigan a granel algunas obtenidas con un mecanismo filibustero que alimenta la hipócrita filantropía trasnacional.

La desesperanza, Ciorán, parece haberse convertido en un derecho en estos tiempos de la putrefacción imperante. Tal como advertiste, “por no haber sabido desencarnar nuestra vida en un soneto, arrastraremos los andrajos de nuestra podredumbre y, por haber ido más lejos que la música o la muerte, trompicaremos, ciegos, hacia una fúnebre inmortalidad”.

Sobre el autor

Arleison Arcos Rivas. Activista afrodescendiente. Defensor de la vida, el territorio y la educación pública. Directivo, Docente e investigador social. Licenciado en Filosofía. Especialista en Políticas Públicas. Magister en Ciencia Política. Magister en Gobierno y Gestión Pública. Doctor en Educación. Cdto. en el doctorado en Ciencias Humanas y Sociales. Es autor y coautor de varios libros y artículos en torno a los estudios de la afrodescendencia. Rector de la IE Santa Fe – Cali.
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