Etnofagia electoral

13 de octubre de 2021

  

Por: John Henry Arboleda Quiñonez

  

Estamos ad portas de iniciar la feroz y tensionante competencia electoral por llegar a la presidencia de la república, el senado y la cámara de representantes. Pactos históricos, alianzas inusitadas, coaliciones partidistas tradicionales, contubernios, conchupancias, mangualas y todo tipo de estrategias que auguren suma de votos y votantes están a la orden del día. Todas anunciando ser y tener la solución definitiva que requiere la sociedad colombiana, atravesada por la desigualdad, el racismo estructural, el clasismo, el patriarcado, el sexismo y la segregación casi insaldables construida por las elites políticas, económicas y raciales del país.

En medio de todas estas estrategias electoreras, cada una con su grado de oportunismo, aparecemos los pueblos Negros, Afrocolombianos, Raizales y Palenqueros, o comunidades NARP (para usar un neologismo light, que funciona muy bien entre la burocracia del multiculturalismo formal). Siempre somos invitados, agregados o vistos como un potencial fortín político para las fuerzas mayoritarias en contienda. Cada una de las cuales elabora un forzado excurso sobre nuestra valía en la formación y consolidación de la sociedad, promete vincularnos como protagonistas y erradicar los males sociales y económicos que históricamente nos aquejan como pueblos pertenecientes a la diáspora africana. Así, terminan a punta de promesas electoreras, disgregando y mutilando las apuestas autónomas de la constelación organizativa que conforma el movimiento social afrocolombiano.

Como en cualquier contienda electoral, este ejercicio que se avecina, no está dividido entre víctimas y victimarios, incautos y aprovechados o culpables e inocentes. Al contrario, están configurándose una serie de alianzas y posicionamientos desde diferentes sectores políticos, entre los que se destaca la participación de algunos y algunas de los y las “representantes” de los pueblos afrocolombianos. Estos y estas “representantes” que, en nombre de las comunidades o motivados por sus adscripciones organizativas, se lanzan a establecer diálogos y contactos con los candidatos y propuestas “mejor” posicionadas.

Así surgen los coqueteos políticos con propuestas venidas de la derecha, centro derecha, izquierda, centro izquierda y ultraderecha, marcan el accionar de estos ahora lideres y lideresas de nuestras comunidades, instaurando un cabildeo étnico-político, que a la vez que posiciona sus nombres y candidaturas, espanta la posibilidad de orquestación de un proyecto electoral propio y autónomo, que se diferencie claramente de las búsquedas que pueden ser catalogadas como tradicionales, dando vida a una suerte de etnofagia electoral.

Esta etnofagia electoral, está caracterizada por exacerbar el complejo del negro elegido. Es decir, la potenciación de esa lógica, en la que por representatividad y apertura de las propuestas de los demás, solo cabe una cuota negra, un porcentaje diminuto de la complejidad política de la que se compone el tejido organizativo de nuestra comunidad. Esta representatividad disminuida, diezmada y carente de legitimidad total o parcial por parte del movimiento social afrocolombiano, sale a la luz pública enunciando y agenciando en nombre de todos y todas, avalados y avaladas por lo que ellos y ellas llaman los mandatos del pueblo. Ese pueblo afro que en ningún momento fue consultado para apuntalar sus pretensiones electoreras.  Es así, como se llega al segundo acto de etnofagia electoral. Suponer que la pertenencia racial es un factor de cohesión social y política a priori o debe convertirse en eso.

Este segundo acto de etnofagia electoral entre nuestro pueblo, viene elaborado a partir de descalificaciones, desconfianzas, intentos de conspiración hacia los demás aspirantes y deslegitimación total de los sectores organizativos que no se adhieran al proyecto político que mayor resonancia haya adquirido. Todo esto, insisto, sin haber sometido sus nombres, aspiraciones y propuestas al escrutinio de los sectores organizados de nuestra comunidad. El tercer acto, quizás el menos tangible, pero el que considero de mayor trascendencia, está representado en que estas actividades de los actos anteriores, el autoproclamarse representante del pueblo afro y deslegitimar a quienes no se adhieren a las pretensiones de los y las proclamadas “representantes”, subyace la sensación de incapacidad de agenciar proyectos políticos étnico-raciales transgeneracionales que genere compromisos serios y estables con los horizontes político electorales y burocráticos de nuestras comunidades.

En este contexto, los actos políticos de precampaña, juegan el papel de escenarios en los que nuestro pueblo por simpatías, conciencia o solidaridad, adhiere a una de las propuestas con las que mejor nos puede ir; nunca con una propuesta construida desde, por y con la heterogeneidad del pensamiento político nuestro, que, por demás, jamás ha estado alejado de las búsquedas honestas de un mejor bienestar para nuestra gente.  Adherirse a pactos, alianzas o coaliciones, instauran una dinámica voraz entre las organizaciones, las que guiadas por sus ambiciones político-burocráticas, se prestan para acercar y cooptar caudales electorales de los pueblos afrocolombianos al servicio de sus  jefes o “aliados” de turno, tratando de vendernos la idea de estar en el rumbo correcto hacia la superación de nuestras desventajas históricas , siendo conscientes, que lo único que se logrará por esta vía, en el mejor de los escenarios es configurar una clientela político-burocrática de carácter étnico, que se moverá en cargos medios o ministerios nacionales de poca o falaz relevancia.

En esta medida, uno de los futuros posibles a moldear es la apuesta por generar espacios autónomos, donde el dialogo político, con pretensiones electorales sea abierto y fluido, convirtiéndose en un pretexto para fortalecer el sueño de llegar con nuestras propuestas autónomas a los escenarios de representación política. ¡Ojo al ojo, que la vista engaña y un candidato perteneciente al pueblo afrocolombiano, puede ser el instrumento que incentive y fortifique la etnofagia electoral!.

 

Sobre el autor

John Henry Arboleda Quiñonez. Historiador de la Universidad del Cauca. Magister en Estudios de la cultura de la Universidad Andina Simón Bolívar de Quito. Doctor en Política y Gobierno del Instituto de Estudios Universitarios UCCEG de México. Doctorante en Estudios Urbanos y Ambientales del Colegio de México. Tiene amplia trayectoria de trabajo social y comunitario en el Distrito de Aguablanca. Fue director del Programa de Sociología de la Universidad del Pacifico. Autor del libro: Buscando Mejora. Migraciones, territorialidades y construcción de identidades Afrocolombianas en Cali. Ediciones Abya Yala, Quito, 2012. Autor del libro: Cogiendo su pedazo. Dinámicas migratorias y construcción de identidades Afrocolombianas en Cali. Ediciones Poder negro, Medellín, 2017.
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