En los ojos de Martin Luther King: los melanocitos del alma

Por: Juan Esteban Araújo[i]

La voz del profesor salía casi nítida; ondas y ondas recorrían todo el auditorio. La polémica, las risas y los comentarios a voz baja se recostaban sobre el recinto. “Melanocitos”, titulaba la filmina que se proyectaba desde hace algunos segundos. Caminando con elegancia, en tono más coloquial y pausado, el académico cuestionó “¿cuántos afrodescendientes hay en esta clase?”. El tumulto se redujo a la mudez. Las miradas, en los 360 grados a mi alrededor, apuntaban a mi brazo que lentamente se levantaba para dar a entender la afirmativa.

A no mucho de aquí, hace cincuenta y dos años, un francotirador hacía lo mismo con el fin de penetrar la garganta de quien hoy es un emblema para el pueblo Negro, en mayúscula: Martin Luther King. Ser afrodescendiente y desconocer tal legado, es desconocerse a sí mismo.

Antes de que el mundo lo viese vestido en todo su esplendor, a sus seis años, Luther ya sufría a causa de la tendencia segregacionista de los 30; no fue raro que un par de amigos blancos le revelaran que no podían jugar con él. En su adolescencia, ingresó a un instituto de educación superior reservado para personas negras, el Morehouse College, donde poco después se graduó como sociólogo en 1948 y, de inmediato inició sus estudios de teología. En esas, a mediados de los 50 ya era doctor tanto en Teología como en Filosofía.

Si bien, hoy por hoy, “la discriminación racial es un problema que se camufla en la sociedad”, según expertos en el tema, esta sigue siendo una vigencia que toca los sentires de quien destape la historia. En esos años no muy lejanos a los que me remonto, la situación era un descaro: una mujer negra no quiso dejarse manipular por las leyes segregacionistas y le dijo “no” a levantarse de su asiento en el que recorría la ciudad de Montgomery para cedérselo a un hombre blanco. Fue ahí cuando Luther King desató, junto al resto de la población Negra que lo apoyó, el reconocido boicot de los buses, una protesta que buscaba acabar con tal barbaridad, lucha que se prolongó más de un año, a pesar de todas las agresiones que se sumaron en medio de las protestas. Ya siendo 1956, la Corte Suprema de Estados Unidos declaró ilegal que un afroamericano no pudiese utilizar la misma silla, restaurante, baño o escuela que un blanco. Pero la segregación cogía fuerzas al mismo tiempo que Luther King.

Inspirado así, participó en 1957 de la fundación de la Conferencia Sur del Liderazgo Cristiano, que desde entonces presidió. Al año siguiente, destapó su ideal defensor en su libro “Marcha hacia la libertad: la historia de Montgomery”, que casi lo lleva a la muerte cuando al firmar ejemplares de su obra una mujer con diferentes ideales se abalanzó en su contra para rozar su aorta, mientras lo acusaba de comunista.

En los 60, no desfalleciendo, discursando ante todos y movilizando a los suyos, consiguió que un negro pudiese votar (o al menos que la legislación lo empezara a tener en cuenta) y ser respaldados por los mismos derechos “humanos” que un blanco (en una sociedad inhumana). Varias veces hubo intentos por llevarlo a la cárcel y mantenerlo silenciado, pero este recibió apoyo hasta del mismo John F. Kennedy, cuando fue encarcelado en la ciudad de Birmingham. La violencia racial en esa década no tuvo límites, tanto así que en esta misma ciudad las tiendas tenían cajas de pago especiales para los blancos.

Se dio entonces “la cruzada de los niños” quienes fueron animados por el movimiento para salir a marchar, recibiendo en el acto agresión policial, arrestos y agua con violenta presión que hizo volar por los aires a una niña que participaba en la manifestación pacífica. Aunque muchos, como el ministro de defensa de la época, se pronunciaron para criticar el uso de niños en las marchas, Martin Luther King se sintió inspirado por el eco social que había causado tal acontecimiento, lo que sacó a la luz internacional toda la segregación que ondeaba en Estados Unidos.

Ya en Washington, en 1963, apoyado por otros grupos defensores, se protagonizó la manifestación más grande aun jamás vista en la capital estadounidense, donde más de un cuarto de millón de personas de diferentes etnias se pronunciaron ante el mundo. En aquel acto tuvo lugar el famoso discurso de Luther King “I have a dream”, en español, “Yo tengo un sueño”. Al siguiente año, recibió el premio Nobel de la Paz, por su resistencia no violenta que buscaba eliminar los prejuicios raciales.

Sus pronunciamientos en temas como la Guerra de Vietnam y la campaña de los pobres hicieron que fuese aún más reconocido, dejando a su paso por la existencia un legado de admirar. En 1968, en la ciudad de Memphis, en la recepción de una cena informal con sus amigos, un francotirador apuntó a su cuello y disparó sin conmiseración. Pienso que quiso, literalmente, cegar su voz, pero la historia hoy aún la mantiene viva.

Duele saber que, a todas luces, esta cuestión histórica de odios y muertes se reduzca a una simple cuestión de melanocitos: unas células de la piel que no solamente le dan su color, sino también responden a cuánto valor tiene una persona en la sociedad. Soy consciente de que la realidad de Colombia no es la mejor, sobre todo si se estudia en una universidad pública, se está en una clase de más de doscientos alumnos y se sabe que solamente el 1% de los que te rodean llevan tal legado en la piel.

Cuando les comparto lo anterior, algunos de mis oyentes asumen con indiferencia, y a veces con gracia, que la discriminación racial sea un problema aún en auge. Entonces, embriagado en lo que soy y siento, les pregunto por qué al mostrar mi piel a los vientos bogotanos aún soy observado con mirada cruel, fría y fija; al subir a Transmilenio; al recorrer una calle; en el centro comercial; en el ascensor; en un baño; en un restaurante; en la Facultad de Medicina. Personas que aceleran el paso antes de la siguiente esquina como si de algo maquiavélico huyesen.

A todas estas, la motivación para sentirme más que bienaventurado y conocer la historia de lo que soy, en un mundo de masas que llevan y traen a través de las generaciones información prejuiciosa, puede provenir de cualquier lado, y esta vez no fueron los libros que se atiborran en las bibliotecas ni la indiferencia de quien me mira y acelera; provino de la fuente más singular e inexplicable, un profesor de morfología humana que, frente a un difunto en un anfiteatro, me demostró que no desconoce una única y universal verdad: en la vida y en la muerte, todos somos iguales.

[i] Escritor y estudiante universitario afrocolombiano. Nació el 2 de septiembre del 2000 en Tumaco, Nariño, Colombia. Fue galardonado en 2015, con el Premio Despertar del Pacífico colombiano en la categoría Excelencia Académica. Admitido en 2017 a la Universidad Nacional de Colombia al programa de Nutrición y Dietética de la Facultad de Medicina. Actualmente es líder juvenil, youtuber y representante estudiantil. Como escritor, sus obras aparecen publicadas en antología en libros como “Que los derechos no sean un cuento” (2017) e “Historias de aeropuerto” (2019).  

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