Punto al punto de no retorno

Por: Eshú Laye

En La rebelión de los genes (1997) cuenta Manuel Zapata Olivella, que mientras escribía Changó, el gran putas, pasó unos días en Senegal invitado por el poeta, filósofo y entonces presidente Léopold Sédar Senghor. Estando allí se fue una noche a la isla de Gorée, lugar donde se construyó, a mediados del siglo XVI, una fortaleza en la que estuvieron en cautiverio millones de seres humanos africanos para ser transportados en condición de esclavitud a las colonias americanas. En ese lugar, también conocido como el Punto de no retorno, Zapata entró en uno de los calabozos, se acostó desnudo sobre las piedras húmedas iluminado sólo por la luz de la “luna de los difuntos” que se colaba por una pequeña claraboya, y sintió el frío gélido del miedo de esas personas que desfilaban hacia las bodegas del barco. En un momento, una de ellas se salió de la fila y, con su mano encadenada y lágrimas en los ojos, tocó la cabeza de Zapata: “Tuve la inconmensurable e indefinible sensación de que mi más antiguo abuelo o abuela me había reconocido”, contó. 

Durante el sepelio de los cinco niños afrodescendientes asesinados en Llano Verde, una de las familiares de las víctimas contó que mientras buscaban a los niños en el cañaduzal, donde un guardia los intimidaba con sus perros que les ladraban –en esa imagen recurrente de la violencia de la supremacía blanca–, y cuando parecía que los estaban emboscando para asesinarlos, con la anuencia de la policía, como ella denuncia, escuchó la voz de Jair Andrés, unos de los niños masacrados, responder a su llamado. Fueron los ángeles, dijo la mujer en la ceremonia señalando los féretros, fueron estos ángeles los que nos llevaron a encontrarlos porque no quieren que pase más esto en nuestro país.

Ante estas últimas masacres perpetradas sobre los cuerpos de niños y adolescentes negros, y el relato de esa mujer sabia y valiente, recordé la sensación inconmensurable de la que habló Manuel y sentí que tal vez, y con el perdón de él, quien lo reconoció no fue su más antigua abuela sino su hijo, su descendencia aún encadenada. Que esa larga fila de personas que desfiló frente a él estaba compuesta también por gente de hoy, es decir, del mañana de Zapata. Tal vez el mensaje no fue: No olvides tus raíces. Me atrevo a pensar que fue: Cuida de mí, el fruto magullado. 

Mucho se ha hablado de la esclavitud como algo del pasado. Incluso hay quienes hacen un llamado a dejar ese pasado atrás, a abandonar lo que llaman el revisionismo histórico, a dejar las estatuas tranquilas porque tienen un enorme valor estético o porque hacen parte de la historia, que aunque terrible, es La Historia, pero no se han enterado que eso que llaman pasado es el presente. El Punto de no retorno no se quedó en Senegal ni en ningún puerto del África Occidental. El punto de no retorno es un largo punto suspensivo que ya tiene varios siglos a cuestas. Basta con echar un ojo a cómo “viven” los temporeros en Huelva, a los miles de náufragos que se ha devorado el Mediterráneo ante la mirada no solo impávida sino cómplice de la Unión Europea. Basta con revisar la violencia policial que se ceba con la gente negra en Estados Unidos o Brasil.

En Colombia vivimos una suerte de síntesis de todas las violencias y formas de explotación que se ejerce sobre los cuerpos de mujeres y hombres negros. Cualquier tipo de violencia hacia las personas negras en cualquier lugar del mundo, en Colombia se ha padecido. La mano de obra esclavizada, la explotación de nuestros territorios, las masacres, el apartheid, el destierro donde la gente no cruza mares sino ríos para llegar a una ciudad que los revictimiza, enviándolos a guetos donde tienen que convivir con sus victimarios y soportar el acoso de un policía que no dudará en reventarles el cráneo, como lo hicieron con Anderson Arboleda y como seguramente lo hicieron con los cinco niños de Llano Verde. 

Y no hay nada novedoso en todo esto. Desde tiempos coloniales el terror ha sido el mediador entre el Estado colombiano y los pueblos negros e indígenas. El dominio territorial, la extracción de la fuerza de trabajo y la producción de la riqueza ha estado atravesada por un aparato que aúpa la violencia y el genocidio contra las poblaciones. Fue así a principios del siglo XX con la explotación del caucho en la Amazonía y es así hoy en el Pacífico colombiano con la extracción de oro, madera y cocaína. Se tiende a hablar de la ausencia del Estado en los territorios étnicos y en los barrios de las periferias, pero me temo que esto no es cierto. El Estado hace presencia con su funcionario predilecto para mediar con las poblaciones, a saber: el policía o el soldado. Son ellos los encargados de ejercer el dominio y el control de las poblaciones y sus territorios. Y cuando no son ellos, son sus paramilitares a quienes les abren las puertas para que entren a generar el terror. Y cuando no son ellos son el ELN, con quienes se han negado a sentarse a construir un proceso de paz. Tampoco es casual que cada vez que un hecho violento es conocido por la opinión pública, la respuesta del gobierno de turno ha sido enviar más fuerza pública, nunca ha sido construir hospitales, mejorar el sistema educativo o apoyar programas de economías propias. Nada de esto le ha interesado al Estado. Seamos claros: para los pueblos negros e indígenas solo ha existido el lenguaje puro y duro de la fuerza. 

Ante este terrible panorama, es necesario seguirnos preguntando qué hacer para ponerle un punto final al punto de no retorno, a esa herida abierta. Volviendo a la imagen del desfile que vio Manuel Zapata Olivella en Gorée, cada vez me resulta más difícil no verme a mí o a cualquiera de mis hermanos y hermanas desfilando hacia los barcos, saberme una suerte de sacrificio aplazado. Y aunque es dura esa sensación, también la tomo como un llamado a la acción. Bastante hemos aprendido estas décadas sobre las raíces, bastante hemos hablado de ellas –aunque nunca será suficiente– pero es tiempo también de construir una política del cuidado del fruto, del cuidado de la casa grande, como dice Francia Márquez. Necesitamos pensar en formas de desobediencia civil. Necesitamos pensar en mecanismos que vayan desmontando la lógica de la estratificación y la segregación sociorracial de las ciudades. Tenemos que tomarnos las ciudades. Basta ya de protestas frente a la Fiscalía y el Palacio de Gobierno donde nadie ve ni oye ni siente ni padece.

Vamos a los barrios de las clases altas, a sus calles bien asfaltadas, a jugar a sus parques arreglados, con sus columpios bien engrasados, para que vean esos cuerpos vivos que solo quieren ver muertos en la prensa. Abandonemos el discurso idiota y cada vez más recurrente de decir que ni la izquierda ni la derecha. No existe el centro. No hay forma de convivencia armónica dentro de un sistema que vive de la muerte. No hay posibilidad de coexistencia entre quienes manejan la máquina de guerra y quienes ponen el cuerpo sacrificable para que subsista el Dios mercado. No hay centro entre el colonialista y el colonizado, entre quienes celebran la muerte o la miran de reojo y quienes defienden la vida.

Sigamos preguntándonos cómo ponerle un punto final al punto de no retorno. Escuchemos a los ángeles del cañaduzal. 

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