Por: Melquiceded Blandón Mena
Las sociedades en las que aún persiste el juego callejero como práctica de apropiación social del espacio urbano para el encuentro y la construcción humana, han logrado mantener una de las vivencias más prolíficas para resistir a la homogeneización y alienación colectiva que trae consigo la sociedad del mercado global.
Las generaciones que crecimos y nos formamos jugando en la calle, vivenciamos una de las prácticas de socialización primigenia. La calle como territorio lúdico nos permitió la construcción de lazos comunitarios y la creación de imaginarios, formas de ser, de habitar, de consentir, de relacionarnos, de construir y deconstruir el mundo.
Hoy, es difícil observar infantes, jóvenes o viejos que jueguen en la calle. Esta práctica que caracterizó la cotidianidad de nuestros barrios, se ha convertido en la extrañeza, lo extraordinario y lo extinto del panorama de las vías infestadas de automotores y, aunque en lo social nada extingue completamente, los juegos callejeros asemejan una práctica en “vía de extinción’’.
La pandemia aportó lo propio. Aparte de la individualización de la vida social que promovió el capitalismo durante tres décadas neoliberales donde la identidad del sujeto se construye en el mercado, hoy, la sociedad del tapabocas restringe el contacto humano a su mínima expresión, y aunque hay resistencias, el riesgo como arma biopolítica administra y disciplina los comportamientos ciudadanos. La sociedad pandémica le garantiza al bloque en el poder, que a través del Estado regule los espacios de sociabilidad y encuentro.
Es conveniente afirmar, que históricamente los juegos varían con cada época y/o momento histórico, sus características son una muestra del entramado sociocultural imperante. Mientras en la antigua Grecia el cultivo de la belleza del cuerpo era habitual, entre los romanos se daba la competición. Por tanto, es evidente como el juego, y en general, las prácticas lúdicas han sufrido transformaciones, los juegos, juguetes y programas lúdicos que diseñan y promueven las industrias culturales, reflejan el ideario, valores, tipo de sujetos y proyecto social que pretende consolidar la sociedad capitalista trasnacional. La búsqueda del placer, el entusiasmo por la juventud, el individualismo, la futilidad, la imagen personal, el consumismo, la competitividad, son rasgos característicos de esta época y de los juegos que predominan.
En la sociedad pandémica del mercado global perviven juegos y formas de jugar milenarias heredadas generación tras generación pero, se profundizan otras como los videojuegos que coinciden con una época informatizada y digital, donde la industria del entretenimiento va copando espacios de relación social para mediar hasta el más mínimo espacio de socialización, configurando una sociedad robotizada y automatizada y en búsqueda del placer individualista. La evasión frente a la realidad social parece ser la motivación que dirige gran parte de los hechos cotidianos.
La euforia por las tecnologías digitales produce y reproduce seres autómatas. Es paradójico ver la forma como, no sólo los jóvenes, toda la sociedad se hace dependiente del teléfono móvil, del chat, del audífono, de la televisión prepago trasnacional. Condición que nos automatiza y configura una minusvalía social, es decir, sujetos incapaces de establecer un contacto en vivo, de hablar frente a grupos, de establecer relaciones con otras generaciones, de asumir liderazgos comunitarios, de comprender y criticar su contexto, de crear y construir alternativas de mundo. Es una virtualización de lo social que produce el consumismo de medios masivos y todo el arsenal de mercancías de la comunicación.
Finalmente, lejos de la severidad y pesadez de estos tiempos, sólo nos queda insistir en lo propio. Inventar formas de cuidado colectivo y una relación más armoniosa con la vida y la muerte.
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