La corrección política

Por: Arleison Arcos Rivas

Una decena de libros y varios ensayos más, se refieren a lo políticamente incorrecto como la manera en que ha venido creciendo “la mala leche” contra conductas, expresiones y posturas consideradas indeseables, insensibles o censurables, especialmente por quienes han padecido históricamente el peso nugatorio de las mismas. Más allá del convencionalismo light con el que determinadas categorías políticas suelen aparecer, instalarse en el discurso y edulcorarse por una u otra manera como se los incorpora al habla cotidiana, lo políticamente correcto tiene peso argumental y significación en la teoría del discurso y las filosofías del lenguaje.

El término “políticamente correcto”, acuñado a partir de un caso presentado a la Corte Suprema de Estados Unidos en 1793 y luego emerge con fuerza en el progresismo de izquierda estadounidense para referirse a la “political correctness”; afirmando la necesidad de rigor y precisión enunciativa que apoye el uso bienintencionado y justo en las referencias a quienes, también, deben ser sujetos de consideración ecuánime y ponderada. Más que la corrección idiomática inclusiva, la corrección política refleja la urgencia de implicación de públicos diferenciados que no suelen ser incluidos de manera proporcionada ni en los discursos ni en las prácticas; lo que evidencia un sentido débil y uno fuerte del término comentado.

El sentido débil de lo políticamente correcto invita a evitar el uso peyorativo referido a determinadas causas y personas, sustrayendo palabras y expresiones que conllevan la carga del tutelaje, la poquedad o el señalamiento. Palabras como “negro”, “puta”, “mariquita” o “feminazi” dan cuenta de la manera como el lenguaje puede usarse de manera ofensiva, denigratoria y sintomática de la manera como las y los otros suelen asomarse en los discursos instituidos a partir de etiquetas.

El sentido fuerte de la corrección política nos lleva a enfrentar las formas en que tales señalamientos, apocamientos y cargas despreciativas son instaladas históricamente desde el lugar del poder en el que la otra, el otro, los otros y las otras son desprovistos de agencia y capacidad enunciativa, bloqueando sus expectativas de inclusión desde la denuncia del sinsentido discursivo, la promoción de polarizaciones y, peor aún, la amenaza de que sus maneras de decir arrastran hacia una insostenible ideologización contraria a la jerga ortodoxa y sus políticas culturales de la lengua.

En ambos sentidos, se evidencia una disputa educativa en la que la consideración de la diferencia se enfrenta a las dinámicas de la distinción que establece prácticas culturales y formas icónicas asociadas a la consideración del otro, a la exaltación de estéticas, a la conformación del gusto y a la aceptación de lo convencional y estable, levantando “cuarteles de nobleza cultural” en el territorio simbólico custodiado celosamente por los cultores del rigor idiomático, el preciosismo del lenguaje político y la anulación de las fricciones sociales.

Desde su emergencia, se han levantado detractores que nulifican las expectativas de quienes reclaman corrección política, alegando que la proporcionalidad y reciprocidad requerida rompe con la sepsia y neutralidad instaladas en el lenguaje. Serrano Castro, al contrario afirma que tal inocente neutralidad “lleva en algunas situaciones a colocar en el mismo plano de igualdad a la víctima y al verdugo, en cuanto sujetos que son valorados sin considerar la relación de dominio e injusticia”  encumbradas en lo sensato; gestando nuevas ofensas que desprecian la corrección política y la tildan de un cliché de las formas “disimuladas e hipócritas” como en la “generación de cristal” todo lo que ofende, molesta o incomoda debe someterse al frágil peso de lo “políticamente correcto”.

De igual manera, la corrección política ha invadido el ámbito lingüístico hasta elevar barreras de mutuo desconocimiento entre quienes aspiran al purismo idiomático aplicando con rigor la gramática instituida, mientras del otro lado se levantan quienes adoptan tendencias a hacer que la lengua hablada y escrita refleje el vaivén de los nuevos movimientos sociales, especialmente los articulados en diálogo directo con el quiebre del binarismo de género y la ruptura de las iconoclastias sexotizadas.

Hay incluso quienes afirman que la corrección política es una verdadera afrenta a la libertad, constriñendo la expresión libérrima con anodinas formas de acoso lingüístico. Sin embargo, lo políticamente correcto ha venido igualmente a enarbolar la bandera de la incorrección política como una figura rebelde frente a las liturgias y canonjías sociales.

De manera irrenunciable, a la ortodoxa necesidad de molestar se antepone hoy la libertaria incomodidad de querer no ser molestado; de manera que la confluencia en el sentido débil y fuerte evidencien la penuria e insuficiencia del lenguaje en uso por las que resulta todavía posible insistir en la vitalidad de lo políticamente correcto como una arista del pensar con riesgo que se enfrenta al riesgo de pensar distinto contra la conformidad del pensar.

Si bien, como advierte el teórico de las relaciones públicas, Edward Bernays, subsiste el peligro de que la corrección política, aun en su sentido fuerte, contribuya al fortalecimiento de “medios técnicos indispensables para poder disciplinar a la opinión pública” incorporados a la masificación de prácticas informativas, a los procedimientos de inclusión protocolaria y a los tratamientos tan meticulosamente cuidadosos que se tornan molestos en el habla tanto como en el discurso escrito;  lo que debería poder ser rescatado, en medio de la resaca lingüística, es el respeto y consideración proporcional del otro y la otra, sin desconsideración, desproporción o subrogación alguna.

Dado que no se trata de agotar los actos de habla y que la insistencia en la politicidad del lenguaje resulta fundamental para establecer un patrón que posibilite la existencia, salvaguarda y participación de las distintas reivindicaciones particulares en el escenario público, la corrección política no debería llevarnos a la generación de malestar ni hacer de la incomodidad lingüística y práxica un indeseable de la cultura política contemporánea.

Por lo contrario, contra toda institucionalización en las políticas de la lengua, resulta urgente proponer una lectura de lo políticamente correcto como resultado del descrédito de las formas normalizadoras con las que el poder de imaginar y nombrar al otro o a la otra suele postergarles y situarles en un lugar despreciado y despectivo; cargado de imagoloquías que funcionan para reproducir la mentalidad de dominación y señorío socialmente instalada; articulada a la propaganda, a la implantación de imaginarios y a la distribución ideológica en la construcción artificiosa de occidente.

Sobre el autor

Arleison Arcos Rivas. Activista afrodescendiente. Defensor de la vida, el territorio y la educación pública. Directivo, Docente e investigador social. Licenciado en Filosofía. Especialista en Políticas Públicas. Magister en Ciencia Política. Magister en Gobierno y Gestión Pública. Doctor en Educación. Cdto. en el doctorado en Ciencias Humanas y Sociales. Es autor y coautor de varios libros y artículos en torno a los estudios de la afrodescendencia. Rector de la IE Santa Fe – Cali.
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En el último párrafo léase IMAGOLOQUÍAS; no imagologías

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