El país para los niños, niñas y adolescentes
He estado reflexionando sobre cómo ven los niños, niñas y adolescentes (NNA) el panorama político y social de Colombia. Me resulta particularmente interesante indagar qué lectura hacen del acontecer nacional, porque, aunque muchas veces los adultos suponemos que están al margen de estas discusiones, ellos están expuestos diariamente a una enorme cantidad de contenidos mediáticos, conversaciones familiares, opiniones en redes sociales y, sobre todo, a realidades complejas que atraviesan su propia cotidianidad.
En Colombia, casi una tercera parte de la población está conformada por NNA, y quienes orientan políticamente la nación parecen ignorar este hecho o, peor aún, desconocer lo que constitucionalmente se denomina el interés superior del menor. Existe una marcada contradicción entre los fines que el sistema educativo establece para la formación de los NNA y la realidad que el país efectivamente les ofrece.
Desde el nivel preescolar se propugna por una educación para la vida, el cuidado del medio ambiente, la convivencia y la resolución pacífica de los conflictos. Sin embargo, la gobernanza del país parece avanzar en contravía de esos postulados formativos. Se está instalando la idea de que al contradictor hay que eliminarlo moral o físicamente y de que no hay lugar para coexistir con la otredad; que la voracidad capitalista debe imponerse sobre el cuidado ambiental y que la vida, como derecho supremo, puede ser pisoteada hasta considerar la pena de muerte como sanción para quien infringe la ley.
El lenguaje beligerante que utilizan algunos políticos está contribuyendo a configurar sociedades más violentas, ciudades y campos donde el diálogo, la concertación y las formas pacíficas de resolver las diferencias parecen quedar proscritos o resultar inútiles. Los líderes que orientan la sociedad y que deberían ser referentes de conducta terminan enseñando a las nuevas generaciones de NNA que la razón propia puede imponerse por la fuerza, que los argumentos pierden valor cuando provienen del contradictor y que el dinero puede convertirse en el valor supremo, incluso cuando para obtenerlo sea necesario destruir el ambiente, la cultura, al otro o, simplemente, los espacios para la vida.
La ética, la convivencia ciudadana, la democracia, la Cátedra de la Paz y tantos otros espacios formativos obligatorios en las instituciones educativas del país corren el riesgo de quedarse en una discursividad inaplicable cuando la realidad cotidiana les muestra a los NNA que la nación no parece valorar los principios que allí se enseñan. La realidad política y social del país resulta hostil frente al futuro esperanzador que necesitan los niños. Quizás solo las familias y la escuela puedan mantener viva esa esperanza que la realidad, una y otra vez, se empeña en negar.
Se debe gobernar para toda la nación, pero muy especialmente pensando en los NNA. Los escenarios de debate y construcción de lo público, como el Congreso de la República, no deberían convertirse en espacios para el aniquilamiento de la otredad, sino en lugares donde la diferencia y la contradicción encuentren cauces democráticos.
El primer mandatario debería encarnar la unidad nacional, no convertirse en un destructor de la diferencia y la necesaria contradicción, componentes esenciales de toda democracia. Los NNA son las principales víctimas de la degradación social, política e institucional que están normalizando quienes deberían ser los referentes y líderes morales de Colombia.


