El desangre en República Democrática del Congo
La otrora Zaire, hoy República Democrática del Congo (RDC) paso de una de las dominaciones coloniales más sangrientas y atroces de la historia: la de Bélgica, a padecer la guerra más sangrienta del siglo en curso. Las más de cuatro décadas en que Bélgica durante el reinado del genocida Leopoldo II mutiló a decenas de miles y asesinó según la historiografía a cerca de 10 millones de congoleños son apenas comparables con los casi 6 millones de muertos que las sucesivas confrontaciones civiles han producido en RDC en esta centuria.
Los años en que esta nación africana se convirtió en la única colonia privada del mundo propiedad de Leopoldo II; quien esclavizó y masacró esa población para expoliar sus recursos naturales que propiciaron el incremento exponencial de su riqueza y el crecimiento y desarrollo de esa minúscula nación europea en comparación con la africana; no se distancia del criminal usufructo que varios estados occidentales, y el mismo ruandés, hacen de los recursos de RDC, sumiéndola en un interminable ciclo de sangrientos conflictos fratricidas.
RDC es el segundo país más extenso del continente y posee las reservas naturales más preciadas en la actualidad: el 80% del coltán, mineral conformado por tantalio, el metal necesario para la producción de buena parte de los artefactos de la industria electrónica basados en microchips. El 55% del cobalto del planeta, cuyas aleaciones se emplean entre otras, para la fabricación de motores de avión y de reactores nucleares. Además, es el octavo país en reservas de cobre con inmensas minas de oro y diamantes.
Esa inconmensurable riqueza ha generado paradójicamente un inmenso empobrecimiento para los congoleses y un constante escenario de guerra para un sinnúmero de actores con diferentes financiadores foráneos en busca del control de las rentas asociadas a la extracción del coltán y los demás minerales. Los capitales en paraísos fiscales abundan, el sostenimiento de la industria más poderosa del mundo a costa del empobrecimiento del 80% de los congoleños.
Lo anterior asociado a la inestabilidad política de la región que ha agudizado las confrontaciones, y a que un país fronterizo como Ruanda, que aún no supera las raíces del crimen que en 100 días hace 31 años asesinó cerca de un millón de Tutsis, en el que el sanguinario dictador Mobutu del Zaire (hoy, RDC) apoyó a los Hutus en la perpetración de ese genocidio. Los ruandeses que comparten frontera con RDC reciben ingentes apoyos económicos de las grandes potencias occidentales, y con buena parte de ellos han contribuido directamente al crecimiento y expansión de las milicias del M23, que en la actualidad tienen el control a sangre y fuego de la provincia de Kibu y de la ciudad de Goma con el desplazamiento y muerte de miles de congoleños; en una zona que pervive con los diarios enfrentamientos entre facciones milicianas y el ejército oficial.
En definitiva, son pueblos históricamente golpeados por la barbarie que se enfrentan bajo la complicidad de medio mundo que se beneficia de la extracción de recursos que sostienen la incontrolable voracidad capitalista. No es menor el asunto en RDC. El coltán es un mineral de fácil extracción; por eso el país está repleto de minas que en su mayoría son operadas por niños y personas en condición de esclavitud por parte de estructuras armadas. Cada kilo de este mineral cuesta 100 dólares, lo que hace que el valor de todas las reservas de RDC sea de casi 24 billones de dólares, una cifra muy cercana al PIB de los Estados Unidos.
Entretanto; Ruanda, nación cuya economía crece al 7% anual y que es considerada la “Singapur africana” por cuenta de los apoyos económicos de occidente y de un modelo de crecimiento industrial y comercial, se convierte en un país desde el cual las grandes potencias de manera clandestina conflagran a RDC por vía de milicias con la única finalidad de debilitar su modelo de gobernanza y expropiar sus recursos. Viejo y conocido modus operandi del imperialismo. Todo esto, mientras siguen muriendo miles de congoleños cada semana bajo la mirada de la ONU y del mundo entero que ignora los conflictos que no cobren vidas europeas.
