El crimen más grave contra toda la humanidad

Por Última actualización: 26/03/2026

El 25 de marzo de 2026 constituye un día histórico en la larga marcha por la reparación histórica para las naciones africanas y el pueblo afrodescendiente que padecieron el crimen más grave ocurrido en la historia, la esclavización, tal como la ONU ha reconocido en esta fecha, con la patética votación en contra de Estados Unidos, Israel y Argentina, registrando además 52 abstenciones, entre ellas, países cuya riqueza se construyó sobre la desoladora expoliación humana.

La negrificación: base societal de un crimen

En 2001, durante la Conferencia contra todas las formas de racismo y discriminación promovida por Naciones Unidas, delegados europeos disculparon moralmente a los países que participaron en tales negocios, sin reconocer ninguna responsabilidad legal o compensatoria por lo que, en pleno florecimiento iluminista y consolidación  ilustrada, constituyó un ideación criminal continuada por siglos, perpetrada de manera calculada y racional, y sujeta a la más contundente ideación de la dominación que hayamos conocido.

La esclavización es, sin duda alguna, el mayor genocidio en la historia. No sólo constituye un crimen de lesa humanidad, sino que compromete toda la producción económica, filosófica, política y cultural del occidente ilustrado y moderno. Con mayor infortunio, desde aquellas épocas, los africanos, pese a haber sido sometidos al peor crimen configurado contra la humanidad, siguen padeciendo la condena de ser considerados entera y eternamente negros.

La negrificación es la base societal que sustenta la práctica económica colonial de capturar y desenraizar a individuos, familias, clanes y naciones enteras, socavando su voluntad con látigos, cadenas y cepos, cazándoles como bestias, exportándoles como mercancía e importándoles, cual si fueran objetos, y negándoles toda comprensión igualitaria, en la era de la esclavización.

Para producir tal ocultamiento ontológico, los europeos del siglo XVI al XIX se convencieron a sí mismos de no estar traficando con seres humanos sino transportando mercaderías. De hecho, puede afirmarse que con el paso de los años “el tráfico negrero había generado una espiral insoslayable de caza de cualquier ser humano desprevenido o débil, y no ya por la guerra (…) Todo lo admitían los compradores sin parar mientes en su origen. Y no sólo lo admitían, sino que lo provocaban: facilitaban armas de fuego y municiones a unos y a otros para que lucharan entre sí y les vendieran luego los prisioneros, iban cargados de mercancías que trocar por esclavos”.

La cristalización de la inhumanidad

La sociedad articulada en torno a la esclavización, gesta una forma de relacionamiento, un “pensamiento tipológico” cargado de etiquetas y supuestos que cosifican la humanidad de aquel que, como herramienta, se usa, se disfruta y se abusa en plena fase de consolidación del pensamiento moderno, sin ningún miramiento filantrópico ni en las normas jurídicas ni en el trato público, cristalizando la inhumanidad.

Bajo tal signo, los europeos condenaron a civilizaciones enteras a la carga de la ignominia y al desprecio sobre su diferencia y su color de piel, a causa del afán desaforado de la burguesía por ensanchar las fronteras de sus riquezas y la voracidad de los estados por sostener su prestigio y hegemonía.

La contradicción ilustrada

El sometimiento, dominio y cautiverio a perpetuidad de seres negados en su humanidad fue, abiertamente, un crimen contra la humanidad, convertido en negocio por europeos, pese a los esfuerzos intelectuales de quienes se esmeran en extender la culpa de su instalación sobre naciones africanas. Ello porque sobran las evidencias de que portugueses, españoles, franceses, holandeses e ingleses y sus descendientes en América, entre el siglo XVI y el XIX, se concentraron en un trajín altamente lucrativo, cuyo truco consistía en “exportar mercancías o productos valiosos, importar sólo lo que se necesitase y recibir la diferencia en efectivo”. Negocio redondo del que se beneficiaron significativamente las economías europeas en general, las iglesias cristiana y católica, y amplios sectores sociales, a costa de producir efectos devastadores que subdesarrollaron a África, y extendieron la barbarie prolongada por toda América.

La esclavización extiende el largo puente entre la edad media y la modernidad, construida bajo el supuesto del “derecho a no estar sometido sino a las leyes, no poder ser detenido, ni preso, ni muerto, ni maltratado de manera alguna por efecto de la voluntad arbitraria de uno o de muchos individuos”.

¿Cómo no se extendió este precepto a todos los seres humanos? ¿Por qué se negó precisamente la humanidad a quienes, portadores de africanidad, diferencia cultural y mayor pigmentación sí pudieron ser incorporados, sin ambages ni consideraciones morales, a la economía mundializada como fuerza de trabajo cautiva?

Tal denegación evidencia que, en modo alguno, la esclavización fue simplemente un asunto de conveniencia o disponibilidad inocentemente justificado o precariamente pensado, como quiera que figuras como Montesquieu reconocen en ella el producto de la holgazanería y el parasitismo europeo: “el grito en pro de la esclavitud es, pues, el grito del lujo y de la sensualidad, y no del amor y la felicidad pública”.

Ese grito descarnado y multisecular de plácemes constituyó un abuso que reclamaba humanidad, tal como desde temprano y en simultánea demandaban los desoídos sectores antiesclavistas y abolicionistas ofendidos por las prácticas de oprobio y dominación que, afinando la avaricia, naturalizaron el comercio contra quienes resultaron despojados de valía humana, al instalar el pensamiento negrificador como sustento del trato desproporcionado con el que se gesta el cautiverio perpetuo.

Filósofos, juristas y economistas políticos se empeñarán en justificar como natural la esclavización, negando características humanas e intelectuales a las y los africanos que fueron raptados so pretexto de barbarismo y animalidad, confirmando el carácter racial, eurocéntrico, mercantil, ideológico e ideacional del negocio promovido, entre otros, por los cultores del liberalismo político del siglo XVII y XVIII.

Contra la excesiva atención a la genialidad de Locke, Montesquieu, Kant y Hegel, advertimos en sus limitaciones su incapacidad para deslindarse del pensamiento racializado que les impidió reconocer a África como un lugar en la historia, con experiencias humanas inmersas y significativas; cuyas marcas identitarias se extienden por fuera y más allá de las cadenas de la esclavización. A consecuencia de ello, sus tradiciones de pensamiento excluyen o invisibilizan el legado cultural que portaban consigo los africanos esclavizados, mientras África sufre sobre sí y en su territorio la crudeza de la presencia esclavista y colonial europea.

Con tal introducción empezaron a cristalizar las imagoloquías con las que se sembró la internacionalización del negocio negrificador, contando con la aquiescencia de la imaginería religiosa, del cálculo mercantil y del pensamiento filosófico justificador del derecho y la política de la modernidad.

Romper el circuito del mercado de la piel

Para mujeres y hombres pertenecientes al pueblo afrodescendiente, las evidencias del racismo manifiesto reclaman la urgencia de prácticas personales y de diseños institucionales que se propongan no sólo su consagración como crimen humanitario sino su eliminación como práctica societal, todavía instalada como estrategia de obliteración de la diferencia humana, en la medida en que, debe insistirse, “el racismo es la valoración, generalizada y definitiva, de las diferencias, reales o imaginarias, en provecho del acusador y en detrimento de su víctima, con el fin de justificar una agresión”.

Avanzar en una ruta societal que aporte herramientas educativas, comunicacionales, económicas y políticas para socavar las bases históricas y políticas del mercado de la piel instalado con la esclavización implica, consciente y definitivamente, romper el circuito histórico que ha perpetuado el imaginario que se inventa un ser inferior denominado negro, sometido a la barbarie y a la negación de su dignidad.

Ojalá la declaración adoptada en el seno de Naciones Unidas, que constituye un avance insoslayable hacia la reparación histórica, pronto constituya una pieza vinculante en la legislación trasnacional, jalonando y afianzando decididamente el camino hacia la justicia y la dignificación debida a los pueblos africanos y su descendencia.

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Esta entrada se construyó con apartes de la tesis doctoral “Imagoloquía, invención étnica y poderazgo: aportes categoriales y dispositivos interpretativos útiles en la movilización étnica afrodescendiente en Colombia”, en el que podrán encontrarse las referencias bibliográficas correspondientes. UNAL, 2025: https://repositorio.unal.edu.co/items/e611316e-0420-4b4c-97cc-c89a6cedb46f

Sobre el Autor: Arleison Arcos Rivas

Arleison Arcos Rivas