Continuidad con método
El proyecto de gobierno con el que Gustavo Petro se hizo elegir recogía los anhelos de buena parte de las mayorías empobrecidas y excluidas de la nación colombiana que habían estado ausentes de la acción institucional por décadas; algunas de ellas por siglos, desde los mismos inicios de la república. Sin embargo, la materialización de ese ambiciosísimo plan ha tenido varios obstáculos: el corto periodo de gobierno para transformaciones estructurales, el blindaje constitucional anti-reformas, la recalcitrante y violenta oposición colombiana, y el mismo Petro.
La responsabilidad que le asiste al primer mandatario en el fracaso de algunas reformas vitales en el proceso de dignificación popular de Colombia es, sin duda alguna, la falta de método para concretar esas transformaciones constitucionales, legislativas o simplemente ejecutivas.
La construcción de Paz que debió haber sido el principal legado de Gustavo Petro en este cuatrienio se malogró por la concurrencia simultanea de múltiples procesos de negociación con estructuras armadas diversas y disimiles que superaban la capacidad del Alto Comisionado para la Paz, cargo en el que el presidente no acertó en sus dos designaciones.
Por otro lado, la inexistencia de un marco legal que asegurara la efectividad de lo negociado con algunos grupos neoparamilitares; pero, sobre todo, por carecer de acuerdos claros en esas negociaciones sobre la ruta de avance y los alcances de cada una. Hoy, después de tres años, un par de esas mesas están tomando definiciones con el Gobierno que debieron haber sido las iniciales para darle rumbo a esos procesos.
En materia legislativa, Gustavo Petro fue ingenuo al pretender que reformas que impactaban el corazón del statu quo en Colombia como los cambios a los sistemas de salud, pensional, político, judicial y tributario iban a ser tramitadas por un Congreso, en el que sus mayorías siguen siendo las mismas que han erigido, sustentado y defendido las estructuras que mantienen la inequidad e injusticia en esos ámbitos para toda la nación. El resultado de esa ingenuidad fue el hundimiento de transformaciones sociales que estaban en el corazón del Plan Nacional de Desarrollo “Colombia Potencia Mundial de la Vida”.
El proceso constituyente avalado por Petro inició tardíamente, ya en el ocaso de su tiempo en el Solio de Bolívar. Indudablemente, desde los primeros meses de su gestión cuando se evidenció que el Poder Legislativo se iba a atravesar en el camino del cambio por el que votaron millones de colombianos se hacía necesario activar el Poder Constituyente para que las transformaciones quedaran realmente en manos del pueblo.
Empero lo anterior, este Gobierno ha materializado cambios reales desde su acción ejecutiva. Los sucesivos aumentos por decreto al salario mínimo han incrementado la capacidad adquisitiva de millones de hogares. La entrega de baldíos y tierras confiscadas a la criminalidad a manos del campesinado, y no a los terratenientes, como ocurría en otrora. Los aumentos a los subsidios de los sectores más vulnerados de la nación, el fortalecimiento de los presupuestos para inversión social y especialmente para educación; y sobre todo, la sensibilidad con los sectores históricamente excluidos de la sociedad colombiana ha marcado a este como el gobierno de las mayorías.
El continuador de este proceso necesario de transformación de una de las sociedades más desiguales e inequitativas del mundo debería ser Iván Cepeda. Él tiene la legitimidad que se la ha dado su coherencia política y talante ético. Los demás que se auto erigieron como candidatos del cambio no tienen la legitimidad que solo es consecuencia de haber ofrendado la vida política en favor de los más desfavorecidos socialmente. Pululan el oportunismo, el individualismo y las desmedidas ansias de poder desde posturas camaleónicas que no se sintonizan con la continuidad de transformaciones que el próximo presidente progresista debe realizar.
En esto último el error también es del presidente. Petro dio vida política a quienes hoy pretenden destruir la unidad de la izquierda y el progresismo. No lo lograrán, se impondrá Iván Cepeda. Y de él esperamos que continúe en la senda transformadora de las realidades de desigualdad, exclusión e inequidad de la nación; pero que, ante todo, actúe con método, proporcionalidad, coherencia, ética y de la mano de quienes desde el corazón están sintonizados con el proyecto de cambio de Colombia.


