Amanecerá y veremos si son promesas o realidades

Por Última actualización: 06/09/2026

Amanecerá y veremos: El Chocó ya no puede vivir de promesas: necesita resultados

Por Jonh Jak Becerra Palacios
Activista antirracista

Hay palabras que, después de escucharlas durante décadas, dejan de producir esperanza y comienzan a producir sospecha. En el Chocó conocemos bien ese tránsito: primero llega el anuncio; después, la fotografía; luego, la firma; más tarde, el presupuesto y, finalmente, el silencio.

Por eso, frente al anuncio del presidente Abelardo de la Espriella de un «Plan Marshall» para reconstruir y transformar estructuralmente el Chocó, mi reacción no es celebrar ni rechazar. Es más sencilla: amanecerá y veremos.

El terremoto de magnitud 7,4 que sacudió San José del Palmar el pasado 10 de agosto volvió a poner al Chocó en el centro de la conversación nacional. Pero la tierra no creó nuestras fracturas. Muchas estaban allí desde antes: carreteras inconclusas, servicios públicos precarios, hospitales insuficientes, comunidades aisladas y una infraestructura que revela algo más profundo que una falla administrativa.

Revela cómo Colombia ha construido históricamente su relación con el territorio negro.

Yo era adolescente cuando Ernesto Samper llegó a Quibdó. Recuerdo sus discursos a orillas del Atrato y la esperanza que producían aquellas promesas de desarrollo. Se hablaba del Plan Pacífico, de educación, telecomunicaciones, acueducto, alcantarillado y de la vía Quibdó-Medellín.

Con los años aprendí algo que parece obvio, pero que Colombia insiste en olvidar: una promesa de Estado no es una transformación.

El Chocó tiene una larga historia de planes, leyes, documentos Conpes, pactos y presupuestos que muchas veces han producido más expectativas que resultados. Yo lo llamo desarrollo en papel.

Y el papel aguanta todo.

Aguanta la firma de un presidente, la fotografía de un ministro, el discurso de un funcionario y la promesa de una carretera que parece destinada a sobrevivir más tiempo en los archivos que en el territorio.

Por eso tampoco voy a convertir a Gustavo Petro en una excepción moral.

Sé que esta crítica incomoda a algunos sectores del progresismo. Me tiene sin cuidado. Si hablamos de justicia racial, no podemos construir una crítica selectiva dependiendo de quién gobierne. Petro llegó a la Presidencia hablando de racismo estructural, exclusión histórica y deuda con los territorios negros. Su Gobierno promovió acuerdos y programas para cerrar brechas y suscribió compromisos específicos con el Chocó.

Eso importa.

Pero las palabras, por sí solas, no desmontan una estructura.

El antirracismo no puede convertirse en una estética del discurso progresista. No basta con decir «racismo estructural» si la estructura continúa produciendo abandono. No basta con reconocer una deuda histórica si las comunidades siguen esperando infraestructura básica.

El racismo no siempre aparece en forma de insulto.

A veces se manifiesta en una carretera que nunca termina; en una institución que llega tarde; en un presupuesto anunciado en Bogotá que no transforma la vida en Quibdó; en una emergencia que debe convertirse en tragedia para que el país vuelva a mirar hacia el Pacífico.

Hacer que la desigualdad parezca normal también es una forma de poder.

Por eso observo el «Plan Marshall» de Abelardo de la Espriella con atención, pero sin ingenuidad.

No le niego al Chocó el derecho a recibir inversión. Al contrario: quiero verla. Quiero hospitales dignos, carreteras terminadas, energía estable, conectividad, educación, vivienda y empleo. Quiero que nuestros jóvenes puedan construir su futuro en el territorio sin que marcharse sea la única posibilidad.

Precisamente por eso no voy a aplaudir antes de tiempo.

No necesito que un presidente ame al Chocó.

Necesito que cumpla con él.

Y tampoco necesito que ningún Gobierno convierta nuestro sufrimiento en propaganda. He sido crítico con la derecha y seguiré siéndolo. Pero también seré crítico con el progresismo cuando utilice el lenguaje de la justicia racial sin convertirlo en resultados materiales.

La justicia racial no puede depender de simpatías partidistas.

El verdadero desafío del nuevo Gobierno no está en la grandilocuencia del nombre «Plan Marshall». Está en demostrar que esta vez el Estado será capaz de pasar del anuncio a la ejecución, del presupuesto al territorio y del discurso a la transformación.

Por eso vamos a mirar.

Vamos a preguntar.

Vamos a vigilar.

Porque después de tantas promesas, nuestra esperanza ya no puede ser ingenua. Tiene que estar acompañada de memoria.

Los gobiernos cambian. Los presidentes cambian. Los discursos cambian.

Pero la pregunta permanece:

¿Cambiará realmente la vida del pueblo negro del Chocó?

Por eso digo: amanecerá y veremos.

Esta vez, las palabras tendrán que enfrentarse con la realidad.

Y será la realidad —no la fotografía presidencial, no el discurso ni la promesa— la que nos diga si estamos ante una transformación histórica o ante otro capítulo del largo archivo de promesas que Colombia le ha hecho al Chocó.